Revista Cultura y Ocio

Las máquinas de Stanislaw Lem

Publicado el 28 marzo 2015 por Iván Rodrigo Mendizábal @ivrodrigom
Un dibujo de Stanislaw Lem

Un dibujo de Stanislaw Lem: “Lo que es un autor de ciencia ficción”

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Entré a la obra de Stanislaw Lem mediante el cine, allá por los años 70 del siglo pasado. La puerta de ingreso fue la película de Andrei Tarkovski, Solaris (1972), un impresionante film basado en la novela homónima (1961) de Lem, con la cual, según anotan quienes se han encargado de seguir con más detenimiento su trabajo, fue conocido internacionalmente. Lem escribía desde 1946 y su obra literaria era leída en los países comunistas que estaban dentro de la órbita de la Cortina de Hierro; pero Solaris fue, de cierta manera, el modo por medio del cual el mundo occidental conoció del gran trabajo de Lem en el contexto de la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico: dicha novela recién fue traducida al inglés en 1974 y desde ese momento aparecieron otras traducciones de sus obras en diversos idiomas.

Lem es particularmente uno de los más grandes de los escritores de ciencia ficción. De hecho su obra se distancia de las obras de otros escritores del género en la medida que sus novelas y realtos, si se quiere, especulativos, no tienen nada que ver con aventuras espaciales o con temibles invasiones de seres extraterrestres; por el contrario, se ancla en preocupaciones fundamentales sobre las relaciones entre las tecnologías y el ser humano, sobre la naturaleza de otros mundos que ponen en debate el pensamiento antropomorfizador y antropocéntrico de la humanidad cuando trata de comprender aquellas realidades, sobre la posibilidad/imposibilidad de la comunicación dentro de otros mundos posibles, etc. En otras palabras un amplio desafío a los esquemas de la literatura convencional y comercial que en cierto modo se iba consumiendo en el mundo occidental en el contexto de la ciencia ficción. Así, Lem entrecruzaba inquietudes de su propio campo profesional –pues era un hombre de ciencias–, con preguntas filosóficas de notable profundidad, donde la ciencia ficción era un vehículo para poner de manifiesto sus observaciones sobre las ciencias, las tecnologías, sobre las máquinas, etc.

Dibujo de Lem: Un viejo robot de vapor.

Dibujo de Lem: “Un viejo robot de vapor”.

Una de las observaciones que me parecen interesantes en la obra de Lem es relativa, justamente a éstas últimas: las máquinas.

En la novela El Invencible (1964), una expedición va al planeta Regis III para encontrar a otra nave desaparecida, “El cóndor” y la misión que la pilotaba. El planeta en cuestión se parece a la Tierra, pero no hay vida como la conocemos salvo unas formas magnéticas autoreplicantes que forman extrañas formaciones que desde lejos parecen ser ciudades abandonadas. Desde ya tales formas magnéticas –especie de nanobots– han desactivado a la nave terrestre, por lo cual ha muerto la anterior misión y la nueva debe enfrentarse a correr el mismo destino. Lo que se infiere es que si antes hubo una civilización, la cual pudo llegar a su autoexterminio, producto de una guerra, las máquinas que les sobrevivieron se autoreplicaron y se comportan con su propia lógica instrumental con la que fueron diseñadas, hecho que posteriormente les lleva a un comportamiento autopoiético: ellas conforman ahora un ecosistema magnético.

En Relatos del piloto Pirx (1968) hay una serie de cuentos donde las máquinas de pronto no tienen el funcionamiento esperado. En “La prueba” una mosca produce un cortocircuito en una misión tripulada; en “Terminus” un robot extraviado en una nave trata de comunicarse con la tripulación; en “La cacería” un robot aparentemente tiene un fallo hecho que motiva el tratar de desconectarlo; en “El accidente” una misión debe encontrar a un robot que se ha autonomizado, etc.

En Edén (1959) una nave desvía su curso hacia un planeta desconocido por efecto de un accidente; allá la tripulación trata de explorarlo y se encuentra con un especie de fábrica de algo que les parece incomprensible; luego se topan con unos seres a quienes denominan los “dobles” y tras ellos una especie de civilización con un gobierno que obliga a sus habitantes a que se adapten a las nuevas condiciones que él mismo crea.

Dibujo de Lem:

Dibujo de Lem: “Brutalik”

Quisiera decir, solo con estos tres ejemplos de obras, que las máquinas allá están o: a) inutilizadas por otras condiciones fuera de su diseño; b) no obstante su materialidad o su “falta de vida”, tienen cierta capacidad para autoregularse; c) son mecanismos de control.

La máquina en términos de Gilles Deleuze y Félix Guattari (ver para el caso Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia –2002–) está inscrita, a la par que inscribe prácticas; es denotada por los aparatos o cosas; en otras palabras, las máquinas inscriben o contienen programas de acción o incidencia. Pues bien, en Lem, estudioso de la cibernética, la máquina implica y comporta el diseño y operación de un sistema de regulación; tal diseño permite que funcionamiento funcional a su finalidad. En principio la máquina como aparato es apenas una cosa dispuesta a ser empleada. Las naves espaciales en Lem son precisamente eso, mecanismos, medios de desplazamiento. Pero la cuestión que pone en evidencia Lem es, ¿qué pasa si la máquina, con su diseño social, es incompetente con la contingente? Lem para su tiempo pareciera decir que la exploración espacial se fija en la máquina humana social, más no en las determinaciones del entorno espacial; en este sentido, su obra, si bien tiene rasgos de humor, de maravilloso, de fantástico, al mismo tiempo puede traslucir pesimismo. Pero no es el pesimismo sobre la imposibilidad de explorar el espacio exterior o de contactar con seres de otros planetas, sino pesimismo en el antropocentrismo humano, antropocentrismo que se “lenguajea” –si usamos los términos de Humberto Maturana– en los diseños y, por lo tanto, en las máquinas.

Entonces, Lem nos pone ante una paradoja muy interesante: las máquinas no son solo cosas estáticas, sino que de acuerdo a lo contingente, pueden tener un principio, que es su modo autopoiético y autoreplicativo. Lem no renuncia a la capacidad inteligente humana y no deposita completamente en la máquina la inteligencia, pero también pone en evidencia que la máquina, con sus pocas o muchas funciones, puede alertarnos de una forma de inteligencia que los seres humanos hemos abandonado. Por ello, en El Invencible un robot termina siendo presa del magnetismo y termina vagando por la superficie del planeta; pero más radicalmente el robot de “Terminus” reactiva su programa solo para anoticiar de cómo terminó malamente una expedición anterior; el propio robot de “El accidente”, aunque se haya independizado y quiera cumplir una misión, muestra que todo programa humano al ser abandonado puede ser llevado a cabo por otros. En síntesis, las máquinas de Lem, en el sentido de Deleuze y Guattari, tienen sus programas de acción e incidencia; el humano olvida dichos programas y deposita en el cumplimiento de ellas en las propias máquinas; pero las máquinas obligan al humano a volver al estado originario de su función: es algo así como sucede en Edén, donde la máquina de Estado lleva a que el civilizado vuelva a pensar su condición de sometido por la propia maquinaria creada por él.

Desde ya con Lem, como se ve, no solo entramos a las dimensiones de la fantasía, sino a pensar cuestiones que parecen tan anodinas. La ciencia ficción es, por lo tanto, en dicho autor es la posibilidad para preguntarse cómo el ser humano puede comprender sus limitaciones antes que comprender cómo dominar lo que está fuera de él. La máquina muestra precisamente esta paradoja.


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