Las mejores vacaciones de Semana Santa de mi vida las he pasado en mi pueblo, entrando y saliendo de vigilias, bendición de panes, procesiones, perdona a tu pueblo Señor y otros recursos imborrables. Tengo la suerte de poder seguir haciéndolo e intentar contagiar el mismo amor que yo siento por la tierra a mí bebé, que ha conocido el amarillo de la colza, el verde del trigo y la cebada y el delicioso marrón de la rosca del Domingo de Resurrección, gracias a su tía. No perdamos nunca las costumbres, por favor.
Para saber a dónde vamos
no podemos olvidar de dónde venimos.
