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Las mentiras que te contaron de Esparta

Publicado el 24 septiembre 2020 por Tdi @RLIBlog
Las mentiras que te contaron de Esparta

Mientras el vikingo se muestra como un bélico salvaje con aptitudes para la navegación y el saqueo, el espartano es presentado como un saco de testosterona con forma humana, la máxima expresión de la disciplina militar, un ser humano nacido y criado para la guerra, cuyo único fin digno es en combate. Como tantos grupos tan iconicos asociados a un pueblo, la realidad no es tan extraordinaria.

La información de las costumbres de Esparta de los siglos V-IV a.C. nos llega de varias fuentes. Las principales son La constitución de los lacedemonios de Jenofonte (431 a.C.- 354 a.C.) y Vida de Licurgo de Plutarco (46 a.C.- 127 a.C.). Leyes I-III de Platón (427 a.C.- 347 a.C.), Política I-II de Aristóteles (368 a.C.- 348 a.C.) y Descripción de Grecia III de Pausanías (110 a.C. - 180 a.C.) también hablan puntualmente de ellas. Plutarco también tiene otros libros de la misma temática, como Dichos de los lacónicos, Costumbres de los lacedemonios y Vida de Agis, pero sin aportar mucho más. Jenofonte es la fuente más extensa y fiable, ya que conoció su época de poderío militar. Plutarco vivió siglos después y hay que proceder con cautela con algunas de sus afirmaciones. Sobre su historia, podemos encontrar información en las obras de Herodoto (484 a.C. - 425 a.C.) y Tucídides (460 a.C. - 396 a.C.).

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Teniendo en cuenta el enfoque en la excelencia militar, el sistema totalitario organizaba matrimonios para producir hijos fuertes que, a los 7 años, abandonarían su hogar para pasar su infancia y adolescencia en los cuarteles para entrenar el cuerpo, la disciplina, la brutalidad y la inclemencia. Básicamente, lo convertían en una máquina para la guerra que cumpliera su cometido exitosa y fielmente, sin objeciones o sentimientos que limitaran su rendimiento.


Hay historias que son ejemplos de ello, como la del chico que, hambriento, capturó un zorro envolviéndolo en su capa, pero este se abrió paso a mordiscos por el vientre del chico, que no se quejó para no desvelar su posición; los relatos de las flagelaciones en el santuario de Artemisa Ortia, donde la resistencia de los jóvenes era puesta a prueba sin quejarse de dolor y donde algunos morían; las peleas donde sacaban los ojos al rival o la krypteia, donde se iban a vivir ocultos en el bosque para luego emboscar a los ilotas y matar a aquellos que pareciesen demasiado ambiciosos.

Sobre la historia del zorro, incluso Plutarco la consideraba un rumor. El rito en el santuario de Artemisa Ortia ( diamastigosis) no era un simple acto de brutalidad y originalmente no era letal. Ni Platón ni Tucídides ni Aristóteles lo mencionan, a pesar de que los dos últimos eran críticos de las costumbres espartanas, y Jenofonte lo describe como un juego escandaloso, que por alguna razón degeneraría al espectáculo de la época de Plutarco. Ocurre lo mismo con la krypteia descrita por Plutarco. Tucídides decía que en la guerra del Peloponeso "desaparecieron" 2 000 ilotas, pero no fueron seleccionados aleatoriamente ni un costumbre cíclica, sino que se realizó en un periodo de crisis. Tampoco eran los jóvenes quienes los mataban. Aristóteles, según Plutarco, decía que eran los éforos (magistrados) quienen declaraban la guerra anualmente a los ilotas para que al matarlos Esparta estuviese libre de asesinatos. Isócrates (436 a.C. - 338 a.C.) añadía que los éforos podían matar tantos ilotas como quisiesen, pero era un privilegio reservado para ellos. Por último, el sacarse los ojos en las peleas pudo ser un fallo de traducción del griego en una frase donde Pausanías quería decir que los jóvenes se contrarrestaban entre sí.


Sobre la educación, Jenofonte atestigua que se realizaba alejada de la familian, en los cuarteles, de los siete a los veinte años, cuando se convertía en un ciudadano adulto. La supervisión era constante y los castigos frecuentes. Se entrenaba con carreras, saltos, natación, marcha y lucha. Se enseñaba avivir en el campo, a dormir al raso, a cazar y robar, entrenándose además para sobrevivir sin comida ni bebida, ni comodidades como la ropa, el calor, la higiene, la comodidad o el descanso. También se enseñaba conducta en la vida social y militar, a escribir y a contar, tocar la lira y bailar según las costumbres clásicas griegas. Era una formación intensa, retrógrada para otros griegos, pero no tan despiadada como la describía Plutarco.

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En la península del Peloponeso se encuentran tanto Esparta, en la región de Laconia o Lacedemonia al sureste, como Argos, en la Argólida al este. Ambas han tenido fama de mantener una enemistad constante desde los albores de la historia, pero realmente no fue así. Tuvieron momentos de conflicto, como describen en el siglo V a.C. Herodoto y Tucídides. Los dos hablan de la batalla de los 300 campeones (545 a.C.), pero ninguno menciona ningún conflicto duradero ni anterior. Es más, Píndaro (518 a.C. - 438 a.C.) alaba a ambas ciudades sin mostrar ningún signo de enemistad y tanto Ferécrates (s V a.C.) como Aristófanes (444 a.C. - 385 a.C.) reprendían a Argos por ser demasiado amistosa con los espartanos. Según Herodoto, tras las reformas de Licurgo, Esparta se enfrentó a Arcadia, la región central de la península, concentrando sus esfuerzos en Tegea comenzando con la batalla de las cadenas (550 a.C).


No obstante, en el antiguo mundo griego había un concepto de animadversión no restringido a las relaciones internacionales, que son cambiantes. Se trataba del enemigo natural, un rival interno producto de las tensiones entre las polis griegas. No solo se vinculó de esta manera a Argos y Esparta, sino a Atenas con Focea, Siracusa y Egina. Esta denominación no se aplicaba con otros pueblos con rivalidades duraderas, como los persas.


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Según Plutarco, los padres llevaban a sus hijos ante un consejo de ancianos que lo examinaban. Si estaba bien formado y era robusto, dejaban que el padre lo criara y le entregaba una de las 9 000 parcelas. Si estaba enfermo y deformado, lo expulsaban al Apotetas, una especie de abismo al pie del monte Taigeto, convencidos de que la vida que la naturaleza no ha equipado bien para mantener la fuerza y la salud no era ninguna ventaja para sí misma ni para el estado.

El problema de nuevo radica en la credibilidad de Plutarco y de sus fuentes ya que, al querer ilustrar sus ideales platónicos, nos ofrece una visión más idealista. Aunque citaba a Aristóteles, también mencionaba a Aristócrates, hijo de Hiparco, quien afirmaba que Licurgo visitó a los gimnosofistas indios; a Hermipo de Esmirna, de biografías sensacionalistas, o a Esfero de Borístenes, quien idealizaba la época de Licurgo. Es decir, sus fuentes no destacaban por su fiabilidad. Sin embargo, el resto de fuentes ni confirman ni desmienten el infanticidio. Jenofonte simplemente habla del emparejamiento de los padres para tener una progenie saludable. Además, Plutarco parece combinar la ceremonia de la anfidromia con el reparto de parcelas, realizado con el primogénito varón, a menos que este muriese.


Si el infanticidio hubiese sido común, la obligación de los hombres de casarse y los beneficios a las familias de tres o cuatro hijos (exención del servicio militar y de pagar impuestos, respectivamente) para aumentar la mano de obra habrían sido contraproducentes, especialmente teniendo en cuenta que la mortalidad infantil por sin intervención humana debía ser alta. Es por ello que se ha interpretado que esta práctica, en vez de rechazar a los hijos no aptos, obligaba a los padres a quedarse con los hijos que podrían llegar a rechazar, aunque no habría sido una medida infalible.


Los hombres permitían y animaban a sus esposas a engendrar los hijos de otros hombres, ya que lo primero era aumentar la progenie por el bien de la ciudad. Aunque es una afirmación de Plutarco, también es compartida por Jenofonte, aunque con algunos matices. Para Jenofonte, era obligatorio que los ancianos que tenían una esposa joven le presentaran un hombre joven para engendrar hijos en su nombre. Según Plutarco, esta medida no era obligatoria, pero el anciano debía organizarla. Jenofonte también presentaba la posibilidad de que un hombre le pidiera a un matrimonio tener hijos con la esposa, algo que no rechazarían. De esta forma se extendería la noble simiente de los varones espartiatas. Polibio afirma que era común que varios hermanos compartiesen una misma esposa. Además, cuando un hombre había tenido suficientes hijos con una mujer, era tradición entregársela a otro hombre. Filón añade que se permitían las relaciones entre medio-hermanos por parte de madre.

Jenofonte comenta que todos los hombres actuaban como padres de los niños espartanos. Los hombres vivían con el resto de espartiatas, con quienes compartían todo, mientras las mujeres vivían con sus hijos hasta que estos iban a los cuarteles, momento en el que las mujeres cohabitaban con sus parejas. Estas parejas se habrían formado por la fuerza, haciéndose pública la relación cuando tenían un hijo.

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No obstante, estos autores describen una situación ideal. Para empezar, y siguiendo la tradición de Licurgo, los hombres ancianos no debían tener esposas jóvenes. El ideal era el emparejamiento entre personas con vigor para producir una descendencia óptima. Es posible que existan circunstancias donde se produzcan estos emparejamientos, como una crisis que reduzca el número de hombres jóvenes disponibles o que un esposo no quiera vivir con su mujer pero que aún así quiera cumplir con su deber con el estado. Dado que el matrimonio era obligatorio, es posible que estas situaciones se dieran por cuestiones de herencias, en el caso de hermanos compartiendo una esposa o el matrimonio entre medio-hermanos, o de homosexualidad.



Dado su duro entrenamiento y disciplina militar excepcional, sería justo pensar que el esfuerzo no acabaría sin recompensa y serían invencibles. A pesar de ello, la batalla de Leuctra en el 371 a.C., donde, a pesar de su superioridad numérica, fueron vencidos por el ejército tebano, marcaría el principio del fin de la supremacía espartana. Con los años, el número de espartiatas en las tropas se fue reduciendo. Esto podría implicar que en el ejército hubiera menos soldados entrenados militarmente desde la infancia. Pero lo más importante es que, aunque Esparta sobresalió militarmente, sus métodos permanecieron sin cambios, mientras el resto de ejércitos griegos se profesionalizaron y sus tácticas mejoraron.

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Sumado a lo anterior, la batalla de Termópilas implicaba a 700 tespios y 400 tebanos, entre otros, además de los 300 espartanos, que lucharon para evitar el paso de los persas mientras el resto de los griegos huían. Leónidas I, entonces con 60 años, cayó junto con el resto, no sin causar un enorme número de bajas entre las filas persas. A pesar de todo, los persas avanzaron y fueron derrotados en Salamina por los atenienses.

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