
Leo, con absorbente fascinación, el deslumbrante tomo Ligero de equipaje (el contraste entre el título y las más de ochocientas páginas de la obra es llamativo), con el que Ian Gibson (Dublín, 1939) nos entrega su biografía de Antonio Machado. En ella consigue (como consiguió con las varias obras que ha dedicado a Federico García Lorca) que yo sienta al poeta andaluz, que lo perciba como un niño con múltiples raíces (hijo de, nieto de), como un chico que anhela encontrar el amor, como un afanoso joven que busca trabajo, como un adulto que se siente prematuramente otoñal, como un anciano derrotado por los acontecimientos. En este volumen he leído con mucha ternura las páginas dedicadas a Leonor Izquierdo, su única y jovencísima esposa, con la que apenas pudo convivir unos meses, hasta que la enfermedad se la arrebató; y de la que (el irlandés nos lo comunica con pesadumbre) sabemos relativamente poco. También he leído con especial pausa las páginas dedicadas a Pilar de Valderrama, aquel “amor” que Antonio descubrió en los años finales de su vida. Y entrecomillo el sustantivo porque el biógrafo me suministra datos suficientes para ratificar mi impresión de siempre: que Machado quiso saberse enamorado, pero que la mediocre poeta madrileña jamás lo dejó traspasar la frontera de lo “espiritual”, en un injusto desequilibrio que sin duda torturó al sevillano. Valderrama padecía una situación doméstica insatisfactoria (su marido tenía amantes) y con ese débil argumento impuso una relación monacal con el enfebrecido y atribulado poeta, al que posiblemente utilizó para su promoción literaria (“la siempre ambiciosa Pilar de Valderrama”, anota Gibson). “Pilar, tú no sabes bien lo que es tener tan cerca a la mujer que se ha esperado toda una vida, al sueño hecho carne, a la diosa”, le escribe. Pero ella, rígida, se aparta y deja de hablarle cuando Antonio intenta alguna aproximación, aunque sea labial; y le ofrece a cambio una etérea serie de “visiones oníricas”: a determinada hora, ambos pensarán en el otro, para sentirse cercanos (“el tercer mundo”, llamaban, por iniciativa de Pilar, a esa reunión fría e incompleta). La humildad casi rastrera que Machado muestra en sus cartas (llamándola “diosa” a pesar de su gelidez distante o mostrándose comprensivo con todos sus melindres) llega a producir cierto bochorno. Bien es cierto que, como dijo Pessoa, todas las cartas de amor son ridículas; pero las de Antonio Machado a Pilar de Valderrama (las pocas que se conservan, porque ella quemó o mutiló la mayoría) producen sonrojo.
También este libro me ha ayudado a entender ciertas líneas del pensamiento filosófico de Antonio Machado que, por mi deficiente preparación en ese ámbito, siempre me habían resultado más impenetrables. Y qué decir de la crónica (tan detallada como conmovedora) de sus años finales, zarandeado por el infortunio sangriento de la guerra civil: la angustia de Madrid, el apoyo incondicional a la legalidad republicana, el traslado a Valencia, el desplazamiento a Barcelona, la lluviosa salida (en su último tramo, a pie) hacia Francia… No sé cuántas veces habré leído esa crónica (en obras de Gibson o de José Luis Cano), pero siempre me produce la misma y dolorosa sacudida emocional, donde veo el estupor del poeta, su callado estoicismo, su desgarro, su silencio horizontal en el cementerio de Collioure. Aplaudo con lágrimas.
