Revista Cultura y Ocio

Lila, de Emily Roberts

Publicado el 15 mayo 2011 por Goizeder Lamariano Martín
Lila, de Emily RobertsTítulo: Lila Autora: Emily Roberts Editorial: Ediciones Oblicuas Año de publicación: 2011Páginas: 71ISBN: 9788415067474
Hoy, además de ser San Isidro, patrón de Madrid, es mi cumpleaños. Hoy cumplo 27 primaveras. Y para celebrarlo, os traigo la reseña de Lila. Me ha durado un par de horas y he terminado llorando a moco tendido. Hacía muchísimo que no lloraba con un libro. Lila me ha emocionado, me ha llegado, me ha tocado y me ha hecho llorar. Como una tonta. 
Descubrí este libro en la presentación que Ediciones Oblicuas celebró en Madrid el viernes 29 de abril y ese mismo domingo, el 1 de mayo, empecé el libro por la mañana. Lo empecé y lo terminé. Porque no he podido dejar de leerlo una vez que lo he empezado. Es una historia corta, de tan solo 71 páginas, pero también es intensa, dura, injusta, cruel. Y al mismo tiempo es tierna, dulce, inolvidable, preciosa.
Es una historia de amor, pero también de amistad. Una historia de infancia, de adolescencia, pero también de madurez y de adultos. Una historia real, cercana, auténtica, como la vida misma. Una historia que podría pasarnos a todos y precisamente por eso llega tan adentro.
La historia está narrada por Roger, un joven ingeniero que vive y estudia en Nueva York pero que no puede olvidar a Lila, su mejor amiga de la infancia y de la adolescencia desde que la conoció en Nueva Jersey cuando los dos tenían cuatro años. Roger es tímido, un bicho raro al que no se le dan bien los deportes y al que le encantan las ciencias y las matemáticas. No es valiente, no es guapo, no es nada. Todo lo contrario que James, su hermanastro, el hijo del nuevo novio de su madre. Porque sus padres se separaron cuando él tenía cuatro años. Pero ha tenido suerte, Russell, su padrastro, es incluso mejor que su padre.
Lila, por el contrario, no ha tenido tanta suerte. Sus padres discuten continuamente, en su casa, en la calle, en casa de los vecinos. Les da igual si hay gente delante. Sólo se gritan, se insultan, se echan cosas en cara y se hacen daño, mucho daño. A ellos pero, sobre todo, a Lila. Y ella lo único que puede hacer es refugiarse en la habitación de Roger, donde los dos pasan las horas muertas, viendo pasar la vida mientras escuchan discos de los Beatles o de Led Zeppelin.
Lila sufre mucho, no hay nada que le guste, que le ilusione, que le motive y que le haga amar la vida y desear vivirla intensamente, como la adolescente que es. Ni el instituto, ni sus amigas, ni su familia, ni siquiera Roger. No hay nada que le haga sentirse segura, querida, protegida. Que le haga saber que puede ser ella misma, sin importarle el qué dirán o las presiones familiares. Siente que nadie le quiere, que no le importa a nadie, ni a su madre, ni a su padre ni a su hermano pequeño, Bobby.
Porque nadie es capaz de comprender cómo se siente, sus problemas con ese mundo exterior, con esos adultos que ni le entienden ni los entiende. Un mundo ajeno, hostil, que le ataca y le hace desear con todas sus fuerzas no formar nunca parte de él, no crecer, no madurar, no ser adulta. Porque Lila es la eterna niña pelirroja.
Lila no es como las demás chicas de su edad. No quiere ser animadora, no quiere perder la virginidad. Porque el sexo no le gusta. Le da asco. Le repugna el cuerpo de los chicos y, sobre todo, el suyo propio. Y por eso no entiende por qué todo el mundo le da tanta importancia al cuerpo, al sexo, a la comida, a todas esas cosas absurdas que a ella le dan nauseas. A la enfermedad que padece.
Cuando terminan el instituto tanto Lila como Roger tienen que tomar una decisión. Tienen que elegir su camino, su futuro, sus planes y sus sueños. Ir o no a la universidad, qué estudiar, dónde y, sobre todo, si van a estar juntos o no. Cómo va a ser el resto de su vida, su futuro, pero también cómo quieren que sea su presente y, sobre todo, qué parte de su pasado, de sus recuerdos quieren llevarse con ellos.
Roger toma una decisión y Lila otra. Las dos son distintas, opuestas, pero también complementarias. Y, ante todo, las dos son comprensibles. Cada uno intenta ser fiel a sí mismo, aunque sin sospechar las consecuencias que esa decisión va a tener en las personas que les rodean. Y, sobre todo, sin sospechar lo difícil y doloroso que puede llegar a ser no cumplir una promesa.

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