No es muy usual que los hombres hablemos de nuestras cosas privadas, pero a veces, estando entre amigos íntimos, algún viejo pretoriano de esa guardia personal que se queda siempre a mi lado y se encarga de hacerme la vida más sencilla me ha preguntado cómo hago para seguir hablándome con personas que me hicieron daño conscientemente, y la verdad es que no lo sé. Me termina saliendo de forma innata.
Sucumbo -como todo el mundo- a ese primer momento de explosión indignante que sucede a una decepción no esperada con alguien en quien habías depositado tus expectativas, pero, pasado el tiempo y calmado el dolor, de una forma u otra intento poner de mi parte para tener el menor número de enemigos posibles. Dicen que la valía de un hombre se mide por la categoría de sus enemigos, y yo tengo algunos de enjundia, pero me cuesta trabajo rechazar o ignorar a alguien que (de alguna manera) me dio anteriormente su afecto. Mi corazón tiene más memoria incluso que mi rencor.
Y sí: es muy cierto que perdono pero no olvido. La memoria me ayuda a no repetir errores, a apartarme de personas tóxicas y de comportamientos poco enriquecedores, a no caer en trampas de esas que terminan produciendo llagas, y a evitar influencias que resten en vez de sumar en esta existencia nuestra que ya suele restar por sí misma sin necesidad de ayuda externa. Pero también es cierto que la memoria puede ser tan subjetiva o tan objetiva como quiera nuestra salud mental, y de eso ando bastante bien.
Valoro mucho los silencios porque hay ocasiones en los que son más que expresivos. No me gusta hablar en caliente aunque a veces no quede más remedio que hacerlo para que, en esta sociedad de la inmediatez, no te tomen por un tibio, un pusilánime o un cobarde. Prefiero que las cosas se enfríen tanto para arreglarlas como para vengarlas si fuera necesario, pues desde la calma se actúa más eficientemente y quien me la ha jugado puede tener meridianamente claro que recibirá su justa respuesta.
Pero es de la mano de esa calma, vengadas las dignidades y deshojados los calendarios, cuando la salud mental recupera de la memoria todo lo bueno que has podido vivir con las personas, sonsacando también de ti una capacidad de perdón que tienes escondida en un recóndito rincón lleno de telarañas, pero que está ahí y te diferencia de los muchos hijos de puta que campan a sus anchas por este mundo plagado de injusticias.
Es entonces cuando valoro fríamente las situaciones y me suda lo que puedan pensar quienes no han vivido las circunstancias en primera persona. Incluso en mi círculo íntimo me han criticado salvajemente por volver a hablarme con algún tipo con el que dejé de hacerlo hace años… y eso me reafirma en mi postura. Me encanta ver las inmaduras caras ajenas de extrañeza cuando, por algún motivo, coincido con mi ex mujer y ven que nos llevamos bien… y eso me reafirma en mi postura. Me gusta saber que algunas personas que han compartido besos, cama, paseos, lágrimas, risas, almuerzos y confidencias conmigo siguen contactándome con cariño y naturalidad de vez en cuando… y eso me reafirma en mi postura.
Y me importa un pimiento lo que los demás piensen sobre todo eso porque a mí me hace sentir mejor, y creo que, si esas personas aún me buscan, será porque también encuentran algún beneficio en poder hacerlo. Las segundas oportunidades son únicamente para quienes realmente las merecen.
La paciencia gana muchas más batallas que la ofuscación y soy un guerrero ya veterano que, para ganar de vez en cuando, antes debió perder en muchas ocasiones. Lo asumo como un gaje del oficio de vivir: procuro aprender de los errores que me hicieron escoger el camino equivocado y me aferro al estandarte de mis creencias para seguir adelante por la senda adecuada. Es posible que esté equivocado, pero ¿quién no lo está?
La clave para no hacer del día a día un infierno cotidiano y poder levantarme cada mañana con ganas de seguir luchando es intentar superar lo que ya pasó poniendo toda la mejor intención en ello. Quien quiera ser recuperable lo será, siempre y cuando haya abandonado sus ganas de herir gratuitamente.
Sólo si ofrecemos lo mejor de nosotros y nos quedamos con lo mejor de los demás sabremos valorar adecuadamente aquello que nos dieron, que hemos conquistado y que nos queda por obtener.
No sabría hacerlo de otra manera a estas alturas, y, qué quieren que les diga: me gusta ser así. No hay más.
Visita el perfil de @DonCorleoneLaws
