Revista Sociedad

Lo que puede cambiar una sonrisa

Por Jmbigas @jmbigas
En las últimas veinticuatro horas he asistido a tres actos de prestación de servicios que, al margen de su calidad intrínseca, los he percibido de muy diferente modo. Y no puedo retenerme de contároslo.He pasado un par de noches en un hotelito de Martigues, Bouches du Rhône. Martigues es una preciosa población de tamaño pequeño o medio, que forma parte de la aglomeración de Marsella y Aix-en-Provence. Conocida como la Venecia provenzal, tiene una isla central y dos concentraciones urbanas a ambos lados, con canales, puertos deportivo y pesquero, y un gran lago que es el llamado Étang de Berre.En la recepción del hotel estaba una chiquita (Yasmine) con la plaquita de "Stagiaire", es decir, en prácticas. De una belleza exótica que te llama inevitablemente la atención, y una timidez ruborosa a la que deberá sobreponerse si quiere seguir en esto de la hostelería, su sonrisa ilumina la mañana, las tardes y las noches.De vuelta de cenar, y antes de acostarme, me acerqué al bar del hotel para intentar que me sirvieran un Rhum-Cocá (un cubalibre de los de toda la vida, vaya). Yasmine sonrió y dijo algo en voz muy baja que no le entendí, me pareció que no sabía muy bien y que iba a enterarse con su compañera senior. Volvió y me contó algo que ni siquiera oí, de lo bajito que habló. Luego vino su compañera a contarme una película del estilo de que en el hotel tenían una Licencia de tipo X que sólo les permitía servir alcoholes fuertes (de más de 18º), acompañados de una comida. En resumen, que podías tomarte un sandwich mixto acompañado de vodka en vena, pero no te podían servir un cubata antes de acostarte. Yasmine me sonrió, como buscando una cierta complicidad. Le pedí en su lugar una cerveza, y tuvimos la noche en paz.El viernes tuve ocasión de visitar una bodega que se ha convertido en un nombre de leyenda en el Languedoc, una tierra de muchos vinos, pero no siempre de calidad. El Mas Daumas Gassac es una gloriosa excepción (en la que ya le acompañan otros productores que han emprendido la senda de la calidad). Desde luego, Mas Daumas Gassac no es un sitio de paso, sino que hay que ir, y muy a propósito. Situado en un valle interior, hay que alejarse unos 30Km de Montpellier en dirección a Millau, desviarse luego por una carretera comarcal y finalmente abordar los últimos cuatro kilómetros por un camino rural. De hecho, en su web te dan directamente las coordenadas en Latitud y Longitud, para que lo introduzcas en el GPS. Así lo hice, y el TomTom me llevó de la manita hasta la puerta de la bodega.Me recibió una chica rubia de ojos deliciosamente azules. Al ver mi interés por comprar algunas botellas de vino de las que producen allí, o de las que distribuyen procedentes de otros productores de la zona, acogidos a una asociación con la calidad como objetivo, me contó toda la historia y la gama de sus productos. Ellos disponen de 60 hectáreas de viñedos para producir solamente el vino tinto y el blanco con la marca Mas Daumas Gassac. Le encargué un surtido de seis botellas, y ella, de repente, con los brazos en jarras como solamente una chica de campo puede hacer sin que resulte ofensivo, me preguntó que de dónde venía. Le dije que esa mañana de Martigues (ella asintió por mi buen gusto), y luego le dije que era español. Pero ella insistió, pero de dónde de España. Le conté mi historia, que nací en Barcelona y que vivo en Madrid desde hace muchos años, y que en la práctica soy casi un apátrida. Hizo un gesto de comprensión (indicando y diciendo que no lo tenía fácil por la rivalidad entre las dos metrópolis).Me despidió abriendo la puerta, con una sonrisa y un brillo algo especial de sus preciosos ojos azules.Llegué por la noche a Barcelona. Había quedado con un amigo para cenar juntos. Fuimos luego a tomar una copa a una presunta Taberna Irlandesa en la Plaza Urquinaona, en pleno centro de la ciudad. El público, bastante extravagante. Ellos, vestidos de harapos; ellas, la mayoría de origen o querencias anglosajonas, extremadamente vestidas, calzadas y perfumadas, graznando por todas partes como gallinas cluecas. Con falditas tan cortas que apenas les cubren los, a menudo, poderosos traseros; enseñando lo que hay, que no siempre es placentero de mirar.El camarero en la barra, al que me apetece llamar Luis Alberto (como los protagonistas malvados de las telenovelas venezolanas), nos sirvió (un par de metros más allá de donde estábamos situados) un par de copas. Yo le pedí Brugal con Coca Cola, y mi amigo una vodka con naranja, que se apresuró a cobrarnos en  el acto. Al primer sorbo, tuve la sensación ya conocida de estar bebiendo un cubata de Lavanda Puig o de limones salvajes del Caribe. Eso sonaba a garrafón a millas de distancia. Le hice un comentario, sin acritud ni agresividad, del tipo de oye, qué ron le has echado ahí. Casi enojado, tocado en su amor propio de camarero profesional, me respondió que de esa botella de Brugal de ahí, que no lo vio?. Le dijo que no lo había visto, pero que tomo eso con cierta frecuencia y reconozco el sabor. Me puso incluso un poquito de lo que había en la botella, para que lo verificara. Nunca tomo ron solo, pero juraría que lo que había allí era Lavanda Puig sin más, si no directamente colonia familiar de marca blanca.Al lado nuestro en la barra había uno de esos seres derramados por la vida hacia senderos ignotos, que quería aparentar ser un abuelo irlandés borracho (eso no lo aparentaba), hablando en inglés y requebrando a todas las niñas que se acercaban por allí. Le hizo un comentario al camarero del estilo de si algún problema con las copas. La respuesta del camarero, en inglés con una sonrisa, fue que no había problema, que ya estaban pagadasEn fin, otro sitio al que no volveré.Como véis, una sonrisa a veces compensa por un servicio ineficiente; a veces confirma y rubrica un servicio excelente; y a menudo solamente esconde la estafa de pensar que ya hay otro cliente engañado. Sin pensar que un cliente engañado ya dejó de ser cliente.Sonreíd siempre que podáis, que para algo servirá.JMBA

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