
"There ain´t no mountain high enough, ain´t no valley low enough, ain´t no river wide enough to keep me from getting to you"
(Marvin Gaye)
La gente normal, cuando hace cambio de armario, sube dos plantas de su bloque de viviendas, entra en el altillo, recoge las cajas y las mete en su armario. Yo, cuando hago cambio de armario cada temporada, salgo de mi casa, recorro 370 kilómetros en coche, voy al altillo de mi hermana (la guarda del calabozo), cojo las cajas, hago otros 370 kilómetros y sudo la gota gorda para meter a presión las maxicajas en mi minipiso.


Para algunos, será un infierno. Para mí, la ocasión de pisar la nieve antes de llegar a la meta.



Para mí, la primera nieve significa la excusa para faltar un día al cole, el argumento para sacar del armario las botas de agua, el único momento en el que resulta placentero calarse hasta los huesos y que las manos se te queden paralizadas de frío. La nieve es el momento de sacar la bufanda, los guantes y las medias de lana gorda sin que nadie te tome por loca.





Solo cuando vas bien abrigada, puedes permitirte el lujo de llevar por debajo un vestido negro, aparentemente sencillo, que esconde un secreto. Un original escote en la espalda, con varios lazos unidos, que se convierte en helador en contacto con el frío viento polar.


Y sí, ver por fin la ropa de invierno colocada cuidadosamente en los armarios es un enorme placer. Pero a veces te lo pasas mejor en el camino.
Hay etapas de montaña frías e inhóspitas que son mejores que cualquier meta.



