
(En voz alta). Una obra fundamental. Recuerdo haberle seguido la pista al tan afable y familiar Martí i Pol después de aquellas Campanades a morts, del primer Llach, que me llevaron (ahora lo preciso) a descubrir Un pont de mar blava. Y luego, en diálogo con otros grandes de su lengua y aledaños, como el maestre de Sinera o el cotidiano y elegante Vicent Andrés Estellés, que nos llegaban envueltos en ciertas reivindicaciones de poesía civil y ciudadana, aunque hubiera en ellas muchas esquirlas del pasado rural y otras arqueologías. Quizás en ‘la pell de brau’ no somos del todo consciente de la inmensa riqueza que implica tener a nuestro alcance tantas variantes vivas del latín profundo, y ese misterio atávico que es el euskera, al que de niños nos acercábamos algunos escolares con la curiosidad y la alegría del que descubre que el mundo también cabe en puras fonaciones. Y es que, en la primera condición y más evidente muestra de su naturaleza, tal vez la poesía no sea otra cosa, en su más alto grado. Con la correspondencia y amplitud sinestésica que supone su traducción visual y gráfica, en la escritura.
