Revista Insólito

Los ochenta: ¿Una goma de borrar boli?

Publicado el 18 diciembre 2013 por Cartas A 1985 @AntonCruces

Una de las primeras decepciones que vivió mi generación fue la goma de borrar boli. Cuando los de mi quinta vimos aquel anuncio en la tele…

¡¿Una goma que borra boli?!

El futuro estaba a la vuelta de la esquina. ¿Que sería lo próximo?

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Acudimos, sin demora y agarrados de la mano de nuestra madre; nerviosos e ilusionados, a la libreria más cercana y nos hicimos con una goma de borrar boli.

¡Que tacto más raro tenia!

Poco después nos dimos cuenta de la verdad:

Servía para todo menos para borrar.

Podías utilizarla para hacerle daño a alguién, o para lijar las patas del pupitre. Año tras año se apodera de mí la idea que estaba hecha a mala leche.
Si intentabas borrar algo, allá iba la tinta del boli, el papel y la parte más superficial del pupitre, que se quedaba con una mancha negra que TÚ (como un gilipollas) intentabas borrar con la goma Milán de toda la vida. Si, esas que olían a nata. Ahora abordaremos ese tema.

Al final, la goma de borrar boli solo tuvo dos utilidades reales.
1) Ocupar sitio en el mítico estuche ochentero (los estuches… ¡qué submundo! Estos para otro post). Cada vez que ibas a buscar algo sacabas la puta goma de borrar, que por cierto no se alteraba con el paso del tiempo.
2) Si tu compañero del pupitre de adelante, ese que te caía especialmente mal te preguntaba: ─¿Tienes goma? Tu respondías: ─Solo de borrar boli.

Así, para fastidiar.

Ante tal respuesta, el chaval, de mala cara, se volvía a su pupitre todo jodido.


(Todo jodido: Expresión muy de aquí que denota las ganas que tienes de que el otro este realmente jodido).

Los colores que utilizaban para darle vida a la goma son harina de otro costal: naranjas condenado a muerte, azules prisión, rojo cancha de baloncesto…una paleta de colores tan desasosegante que hasta Nelson Mandela empezaría a hostias depués de mirarla fijamente durante un rato.


En definitiva esto es lo que había por aquella época. Poco tiempo después  llegó el Paper Mate que llevaba la goma integrada y aquello sí que fue el “novamás”. Escribíamos intentando equivocarnos para darle la vuelta y fardar de boli, pero no jugábamos mucho a esta ruleta rusa por si uno de los curas acechaba como un depredador.

El colmo de la ingeniería.

El colmo de la ingeniería.


La verdad es que aquello mejoró bastante el producto. Borraba más y lijaba menos. Uno ya no perdía parte de la epidermis al rozar el cachivache por error. La perfecta armonía. Nada visto en España desde la salida al mercado del Blandi Blub, pesadilla de madres, profesores y alfombras.


Por cierto yo pensaba que había sido el único lamepelotas que le había pegado un mordisco a las gomas de borrar de Milán, presa de ese mágico olor a nata…por favor…un poquito de autocontrol que ya somos mayorcitos.

Me voy al baño que me meo.

¡Salud hermanos!


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