Al contrario de lo que
el título sugiere, esta libro no es un
recetario de cocina exótica aunque nos descubra el poder de seducción de la
gastronomía del Cáucaso.
Rosa Achmetowna es una
magnífica cocinera que se vale de sus buenas artes culinarias para hacer lo que
se le antoja con la vida de los demás, especialmente con la de su hija y la de
su nieta. Los platos más picantes de la cocina tártara (Siruela, 2011) relata
las vicisitudes de tres mujeres que pertenecen a generaciones distintas.
Rosa a veces se avergüenza de sus orígenes tártaros
pero también los explota cuando le benefician. Es una mujer sofisticada con un carácter
dominante que exige constantemente ser el centro de atención. Su hija Sulfia se
queda embarazada a los 17 años. A partir del nacimiento de su nieta, Rosalinda se responsabilizará de las cargas
familiares y de la educación de Animat, arruinando para siempre la vida de su
hija.
¿Soy una mujer mala? (Le preguntó Rosa
a su acobardado marido)
Pero cómo puedes pensar eso, cariño
–tartamudeó mi marido-. Eres tan maravillosa. Eres las mejor. Eres tan
inteligente…Y tan guapa… ¡Y cocinas tan bien!
(…) Cinco días después volví a mi casa y
me encontré una carta de mi marido en el alféizar de la ventana. En la carta
ponía que amaba a otra mujer y que a partir de entonces quería vivir con ella.
Me daba las gracias por nuestros años en común y me pedía de todo corazón que
la dejara en paz.
De fondo, el telón de acero que separa los países socialistas
de los países capitalistas. La Unión Soviética de los años 70 y 80 es una nación económicamente hundida, donde sobrevivir
se ha convertido en la principal preocupación tanto para los rusos como para
los inmigrantes. El soborno está a la orden del día, la forma natural que
tienen los ciudadanos para burlar las trabas burocráticas y solventar la
escasez de productos de primera necesidad. Sin embargo, la situación empeora y
a los ojos de Rosa, la solución pasa por marcharse del país a cualquier precio.
Alemania se presenta como una salida rápida, aunque su hija Sulfia tenga que
casarse con un pedófilo.
El estilo de Alina Bronsky (Ekaterimburgo, Rusia, 1978), áspero, picante y agrio al paladar, y a la vez rápido e inteligente, ha sido capaz de darle la vuelta a este drama y convertirlo en una historia hilarante y muy divertida. La vida del inmigrante, le toca de cerca a su autora. Alina Bronsky (su seudónimo) nació en la parte asiática de los Urales y emigró junto a su familia a Alemania cuando tenía 13 años. Pero su literatura no habla de inmigración sino de relaciones humanas, de la forma particular en la que cada uno entiende la existencia y las consecuencias que acarrean las respuestas individuales sobre el resto de las personas. El lector rápidamente se forma una imagen de cómo es Rosalinda, una mujer con una personalidad extravagante y engañosa. Sabemos que este personaje nos cuenta la realidad desde un punto de vista distorsionado, muy diferente a la que padecen su marido y las mujeres de su familia. Alina Bronsky hace un retrato fiel de la relación perversa que se establece entre una madre castrante y una hija anulada, y como esta comunicación complicada determina el resto de las relaciones que Sulfia tiene después en su vida adulta. Sin embargo su nieta Animat, la tercera participante en el juego, la que aparentemente es más frágil por su edad, será la que termine rebelándose contra la tiranía de su abuela. Un suceso dramático cambiará a Rosa para siempre. Enferma y envejecida, esta mujer tártara descubrirá un amor que habla de respeto y comprensión mutuo. Este amor dulce y silencioso será el que ponga patas arriba la cocina de una mujer que hasta entonces ha sido como una guindilla traicionera en el plato de los otros.
