Estos días de “puente” y fiestas quizá merezca la pena recordar esos sitios donde refugiarse del mundanal ruido y de las hordas turísticas. Son los pueblos abandonados que merodean la geografía buscando alguien que les de vida de nuevo. En algunos será imposible, como en este de Cáceres, una antigua ciudad romana con miles de años de historia que acabó bajo las aguas de uno de los innumerables pantanos mandados a construir por Franco en la década de los sesenta.
Al verlos me he acordado de esas personas que son expulsadas de la “civilización”, del “progreso” por un exceso de esto mismo, los hipersensibles -a los tóxicos, a los campos electromagnéticos-. Personas que en muchos casos no viven donde quieren sino donde pueden (en ocasiones un rincón sombrío de su casa, como me contaba en una ocasión una chica de Asturias electrohipersensible) y que quizá pudieran encontrar en estos rincones el suyo propio. Qué bonito sería si hubiera mecenas que invirtieran en la recuperación de estos pedazos de memoria rural o si se organizasen cooperativas que los revitalizasen, a los pueblos y a las personas que los hacen. Quizá volver atrás para coger impulso. Volver al campo y recuperar un espacio que va a desaparecer para rehacer una sociedad.
