Revista Cultura y Ocio

Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena

Publicado el 28 febrero 2014 por Covadonga Mendoza @Cova_Mendoza
Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de TenaEditorial: Planeta 448 páginas 8,95 € Argumento: La detective Alice Gould entra como paciente en un sanatorio psiquiátrico para investigar un asesinato. Comentario: Desde el primer momento la novela toma el punto de vista de su protagonista, Alice Gould de Almenara, lo cual es uno de sus mayores aciertos, en varios sentidos. En primer lugar, es una forma impecable de presentar lo que es la vida en un psiquiátrico a un público ajeno a sus entresijos. Alice, la recién llegada, prueba en sus carnes la humillación de ser registrada y que la despojen de sus propiedades, algo que le produce inseguridad y la hace vulnerable, sobre todo cuando le quitan su ropa y sus cremas, que le dan seguridad en sí misma, como si la protegieran. Paso a paso la protagonista se adentra en el inquietante mundo del sanatorio, es sometida a pruebas psicológicas que supera con una enorme capacidad de dialogar y disentir que sirve para dar vida a una personalidad arrolladora y carismática que fascina tanto al personal del centro como a los pacientes y es trascendental para conseguir una identificación con ella que permita ignorar algunas incongruencias posteriores. Alice Gould es un personaje con vida propia, capaz de despertar todo tipo de emociones. Rebautizada como Alicia para no destacar, pronto afirma que ella no es una paciente, sino una detective infiltrada en el lugar para investigar un asesinato ocurrido un par de años atrás, y que el director, ausente por vacaciones (buena estrategia para posponer algunas situaciones) es la única persona que conoce su personalidad y el caso que la retiene allí. Algunos de los pacientes resultan conmovedores en sus enfermedades y los posibles motivos para sufrirlas en un lugar que sólo en los últimos tiempos les trata como seres humanos (la novela fue publicada en 1979) y les proporciona tratamientos que le sirven de ayuda e incluso de curación. Hacia la mitad de la novela, cuando ya se ha conseguido que todo el psiquiátrico se ponga de parte de Alicia regresa el director, y es el único que no sucumbe a sus encantos, además de declarar no conocerla de nada… En este punto comienza otra parte de la novela, en la que la protagonista se ve presionada a probar que dice la verdad para no ser tomada por loca. Las reflexiones de Alicia, los impresionantes diálogos/enfrentamientos entre ella y los médicos, sobre todo los enfrentamientos con Alvar (a veces algo artificiales y/o rebuscados), mantienen una intriga cuya resolución vacila entre unas y otras revelaciones con un ritmo que apenas flaquea y cuya única pega es la poca credibilidad de algunos hechos y actitudes. Si bien la novela está en las categorías de aventura y misterio, el autor incluye subtramas de mayor profundidad al recrear los casos de los enfermos y hasta resolver algunos de ellos mediante el reconocimiento de estos del origen de su problema, lo que ahonda en la fragilidad y la capacidad de autoengaño "en defensa propia" de las personas hasta límites desgarradores. Aunque tiene varias décadas, la obra no ha perdido la fuerza, la capacidad de sorprender, impresionar y maravillar pese a que el paso del tiempo se hace notar, especialmente en la forma de estructurar las frases, que resulta algo arcaica, o en cómo se refiere a lugares y personas que ahora se mencionan de forma diferente. 
Curiosidad: el autor se internó voluntariamente en un centro psiquiátrico durante dieciocho días para preparar la obra. 

Fragmentos del primer capítulo de la novela: 


—Dígame, señora: ¿sabe usted qué casa es ésta? 
—Sí, señor. Un manicomio —respondió ella dulcemente. 
—Ya no los llamamos así —corrigió el doctor con más aplomo—, sino sanatorio psiquiátrico. Sanatorio —insistió, separando las sílabas—. Es decir, un lugar para sanar. ¿Puedo hacerle unas preguntas, señora? 
 —Para eso está usted ahí, doctor. 
—¿Querrá usted responderme a ellas? 
—Para eso estoy aquí. 
El doctor trazó, como al desgaire, unas palabras en un bloque: "aplomo", "seguridad en sí misma", "un dejó de insolencia...". Intentó conturbarla. 
—No ha contestado directamente a mi pregunta. ¿Qué es lo que le…
—Que si querré responder a su interrogatorio. Y mi respuesta es afirmativa. Soy muy dócil, doctor. Haré siempre lo que se me ordene y no daré a nadie quebraderos de cabeza. 
—Es un magnífico propósito —dijo sonriendo el médico. 
*** —Y usted, señora, ¿qué estudios tiene? 
—Soy licenciada en Ciencias Químicas. 
—¿Se dedica usted a la investigación? 
—Usted lo ha dicho, doctor. Pero no a la investigación científica, sino a otra muy distinta: soy detective diplomado. 
—¡Ah! —exclamó con simulada sorpresa el médico—. ¡Qué profesión más fascinante! 
Pero lo que verdaderamente pensaba es que no había tardado mucho la señora de Almenara en declarar uno de sus delirios: creerse lo que no era. Pretendió ahondar algo en este tema. 
—Realmente fascinante... —insistió el doctor. 
—En efecto: lo es —confirmó Alice Gould con energía y complacencia. 
—Dígame algo de su profesión. 
—¡Ah, doctor! Su pregunta es tan amplia como si yo le pidiera que me hablara usted de la Medicina... 
—Reláteme alguna experiencia suya en el campo de la investigación privada. Seguramente serán muchas y del máximo interés. 
—Cierto, doctor. Son muchas e interesantísimas. Pero todas están incursas en el secreto profesional. 
*** —¿Conoce su marido el despacho donde usted trabaja? 
—No. 
—¡Es asombroso! 
Alice Gould le miró dulcemente a los ojos. 
—¿Puedo hacerle una pregunta, doctor? 
—¡Hágala! 
—¿Conoce su señora este despacho? 
El médico se esforzó en no perder su compostura. 
—Ciertamente, no. 
—¡Es asombroso! —concluyó Alice Gould, sin extremar demasiado su acento triunfal. 
—Este lugar —comentó el doctor Ruipérez— ha de estar obligadamente rodeado de discreción. El respeto que debemos a los pacientes... 
La detective no le dejó concluir. 
—No se esfuerce, doctor. También yo he de estar rodeada de discreción por el respeto que debo a mis clientes. Nuestras actividades se parecen en esto y en estar amparadas las dos por el secreto profesional. 
—Bien, señora. Quedamos en qué su marido no conoce su despacho. Pero ¿sabe, al menos, a qué se dedica usted? 
—No. No lo sabe. 
—¿Usted se lo ha ocultado? 
—De ningún modo. El no lo sabe porque se empeña en no saberlo. Por ésta y otras razones, creo sinceramente que es un débil mental. 
—Muy interesante, muy interesante... 
*** —¿Conoce usted, señora, con exactitud las razones por las que se encuentra aquí? 
—Sí, doctor. Estoy legalmente secuestrada. 
—¿Por quién? 
—Por mi marido. 
—¿Es cierto que intentó usted por tres veces envenenar a su esposo? 
—Es falso. 
—¿No reconoció usted ante el juez haberlo intentado? 
—Le informaron a usted muy mal, doctor. No estoy aquí por sentencia judicial. Fui acusada de esa necedad no ante un tribunal sino ante un médico incompetente. Jamás acepté ante el doctor Donadío haber hecho lo que no hice. Del mismo modo que nunca confesaré estar enferma, sino "legalmente secuestrada". 
—¿Fue usted misma quien preparó los venenos? 
—Es usted tenaz, doctor. De haberlo querido hacer, tampoco hubiera podido. Pues lo ignoro todo acerca de los venenos. 
—¡Realmente extraño en una licenciada en Químicas! 
—Doctor, no sería imposible que durante mi estancia aquí tuvieran que operarme de los ovarios. ¿Sería usted mismo quien me interviniese? 
—Imposible, señora. Yo no entiendo de eso. 
—¿No entiende usted? ¡Realmente extraño en un doctor en Medicina! 
—Mi especialización médica es otra, señora mía. 
—Señor mío: mi especialización química es otra también. 
Rió la nueva reclusa, sin extremarse, y el doctor se vio forzado a imitarla, pues lo cierto es que lo había dejado sin habla. De tonta no tenía nada. Podría ser loca; pero estúpida, no. 
—En el informe que he leído acerca de su personalidad —comentó Teodoro Ruipérez— se dice que es usted muy inteligente. 
Alice sonrió con sarcasmo, no exento de vanidad. 
—Le aseguro, doctor, que es un defecto involuntario. 
*** —Afirma usted, señora, carecer de motivos para haber intentado envenenar a su marido.
 —En efecto. Nadie tiene motivos para destruir un espléndido objeto ornamental. Mi decepción, respecto a la vacuidad de su carácter, no puede obcecarme hasta el punto de negar que su exterior es asombrosamente perfecto. Créame que me siento orgullosa cuando leo en los ojos de otras mujeres un punto de admiración hacia su espléndida belleza. ¡Cierto que experimento la misma vanidad cuando alguien en el hipódromo elogia la armonía de líneas del caballo preferido de mis cuadras! ¡Y no se me ocurre por ello matar a mi caballo! 
*** —Hay algo, señora de Almenara, que quisiera advertirle. Apenas cruce esa puerta entrará usted en un mundo que no va a serle grato. 
—Si hubiera podido escoger —dijo ella sonriendo— habría reservado plaza en el hotel Don Pepe, de Marbella, y no aquí. 
Sin hacer caso de su sarcasmo, Ruipérez prosiguió: 
—No toleramos que unos pacientes hieran, humillen o molesten voluntariamente a los demás. Si un enfermo, por ejemplo, sufre alucinaciones y cree ver al demonio, no toleramos que otro u otros, por mofarse de él, le asusten con muñecos o dibujos alusivos al diablo. Los castigos que imponemos a quienes hacen eso son muy duros. 
—Hacen ustedes muy bien. 

*** T *** 
Los comentarios están moderados con lo cual tardan un poco en salir. Gracias por tu opinión.

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