Revista América Latina

Los sonidos que anhelo en Lima

Publicado el 17 febrero 2026 por Apgrafic
Los sonidos que anhelo en Lima“Rhythm & Blues”, Piero Quijano (2025)

Escrito por P.F.M

Mientras presenciamos la realidad distorsionada de quienes se creen dueños del mundo —presentando maquetas inmobiliarias sobre el genocidio de un pueblo, o Estados en decadencia atacando naciones soberanas o asesinando a sus propios ciudadanos a plena luz del día— igual que Dina en el 2023, vengo a hablarle de los sonidos que esta ciudad necesita.  

Las listas de fin de año nunca han sido lo mío. Desconfío del impulso totalizador que pretende sentenciar “esto es lo mejor”. Supongo que nace del entusiasmo, el mismo que también siento cuando escucho algo nuevo que me eriza la piel.

Esta lista va en sentido contrario. No es un ranking ni una curaduría definitiva. Es un deseo. Artistas que quiero oír en vivo, porque no hay experiencia comparable a la música tocada sin intermediarios. Todos de géneros distintos, justamente para evitar el bucle del mismo sabor y que entreguen algo distinto al oído de esta ciudad que no solo sean bocinas.  

Sin orden jerárquico, estos son algunos de los conciertos que Lima necesita.

Lucrecia Dalt

La primera vez que escuché No tiempo me enamoré. Caí en un espiral de sonidos extraños, sí, pero sostenidos por una arquitectura hermosa y rigurosa.

Su trabajo se mueve entre la electrónica experimental, la composición conceptual y una sensibilidad casi científica del sonido. No es “música rara” por pose: hay pensamiento detrás. Se percibe su interés por la física, la filosofía y la narrativa fragmentada. No es casualidad: antes de dedicarse por completo a la música estudió y trabajó en ingeniería civil, especializándose en geotecnia, participando en proyectos de minas y pozos.

Discos como Anticlines o No era sólida no funcionan como colecciones de canciones, sino como sistemas: atmósferas, hipótesis, tensiones. ¡Ay! es más accesible, sí, pero sin traicionarse; ahí demuestra que puede dialogar con estructuras más clásicas sin perder filo.

Su voz es un instrumento conceptual: a veces íntima, a veces distante, casi clínica. Eso desconcierta a quien espera emoción subrayada. La emoción está, pero no se explica sola.

Dalt abre un espacio sonoro que muy pocos exploran con esa coherencia.

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Diles que no me maten

Su música se mueve entre el post-rock, la experimentación y una melancolía profundamente latinoamericana, sin caer en el cliché folclórico ni en la épica vacía.

El nombre —tomado de Rulfo— no es decorativo. Hay una relación clara con la espera, la culpa, lo que no se dice. Sus piezas crecen lento, casi a desgano, y cuando estallan no lo hacen para impresionar, sino para tensar. No buscan el clímax fácil: prefieren la acumulación, la respiración larga, el desgaste.

Funcionan mejor como experiencia que como “canciones”. Aquí mandan la textura, la repetición y el trance. A veces pueden rozar lo monocorde si el oyente no entra en el estado mental adecuado. No es música indulgente.

Lo interesante es que no imitan servilmente al post-rock anglosajón. Hay aspereza, contención emocional, algo muy propio del contexto mexicano: duelo sin catarsis, violencia sin espectáculo, paisaje sin postal.

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Mariano Massolo

Armonicista de jazz, blues y swing, y compositor que trabaja desde la discreción radical. No hace ruido —ni literal ni simbólicamente— y eso, en el campo de la música contemporánea y electroacústica, es una postura fuerte.

Su obra no busca deslumbrar: busca afinar la escucha.

Viene de la música académica y se nota, pero no en forma de rigidez, sino de control. El sonido está pensado como materia, no como gesto expresivo inmediato. Hay interés por el espacio, por la duración, por lo que sucede cuando casi no pasa nada. Eso exige paciencia, y no todo el mundo está dispuesto a concederla.

Justamente por eso, escucharlo en vivo sería un lujo.

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Orquesta Akokán

Akokán es un ejercicio de arqueología musical hecho con respeto y con nervio. Música cubana y latin jazz de altísimo nivel, conocida por revitalizar el mambo de mediados del siglo XX con un pulso contemporáneo.

Su estilo combina el sonido de big band con ritmos como el mambo, el son montuno, el cha-cha-chá y la guaracha. Su gran acierto es entender que la música cubana de los años 40 y 50 no era nostalgia, sino modernidad radical en su tiempo.

El sonido está cuidadosamente trabajado: arreglos elegantes, metales con peso real (no decorativo), ritmos que caminan con swing. Se siente la influencia de Pérez Prado, o Beny Moré, pero sin caer en la copia de museo. Akokán suena vivo, no restaurado.

Su apuesta es la fidelidad estilística. Funciona especialmente bien si se entiende su propósito: no es música para sorprenderte, es música para recordarte por qué esto era —y sigue siendo— poderoso.

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Toda la música de la lista es made in América Latina: Colombia, México, Argentina y Cuba. Sonidos distintos, pero una misma pulsión vital.

Lima necesita escuchar más.

Aguante Latinoamérica unida y soberana.


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