
"El Espíritu Santo, Jesús y la Virgen María están planeando a dónde se irán de vacaciones.
El primero dice: Tengo una idea, vamos a Belén.
Jesús contesta: No, no, ya hemos ido muchas veces.
El Espíritu Santo piensa un momento y dice: ¡Ya está, vamos a Lourdes!.`
La virgen María da un salto y dice: ¡Sí, sería genial!. Ahí no he ido nunca."
(Fragmento de la película)
El eje axial sobre el que giran lugares como el Santuario de Lourdes o el de Fátima, se basa en el concepto de negocio (tal y como podemos advertir en ese primer plano fijo que abre el film "Lourdes" de Jessica Hausner y editada por la siempre sorprendente y sugestiva Cameo) en el que nada puede fallar, todo esta medido al milímetro y ha de alimentarse como sea, en los peregrinos que allí acuden, la Fe ciega e incondicional sobre algo material y científicamente imposible (llegando a estados de manipulación mental y condicionamientos sociales dignos de cualquier secta).
Si buscamos el significado de Fe, obtendremos la siguiente definición: "virtud sobrenatural que nos inclina a creer lo que no hemos visto por habernos sido revelado. Existe también una fe humana, origen de la mayoría de nuestros conocimientos, que versan sobre objetos que no hemos visto ni demostrado."
La Fe religiosa, desorbitada y descontrolada (controlada por otros), es muy peligrosa, ya que requiere, en el sujeto paciente, una sumisión y una resignación tales que pueden llegar incluso a la pérdida de la identidad propia.
Creer por creer, sin una prueba tangible (y real) en la que asentarse, es harto complicado y requiere de mucha predisposición (tal vez de ahí radique, entre otro factores, mi galopante ateísmo); "la filosofía cristiana es un hierro de madera" decía Heidegger, y es que eso es la creencia en un ser superior, en un posible milagro sanador, una inexistencia, un imposible, una adulteración de la realidad.

"Lourdes" es un film para disfrutar con calma, en casa más que en el cine, que como los buenos vinos, ha de paladearse con paciencia. No porque sea una película densa y compleja, sino por el surtido de sensaciones que transmite.
En ella, Jessica Hausner nos cuenta los días que Christine ( (in)creíble e inmensa Sylvie Testud), una joven paralítica de cuello para abajo, pasa en Lourdes, donde acude por medio de uno de los incontables viajes organizados que hay. Vive una existencia gris, donde los días pasan unos iguales a otros, atada a su silla de ruedas, teniendo que ser vestida, lavada, alimentada por otras manos que no son las suyas.
En ese ambiente de peregrinaje, triste y desolador lleno de miserias, en el que ahora se encuentra, con discapacitados, enfermos de todo tipo (que curiosamente, y gracias al inconmensurable trabajo de la directora, no despiertan ningún tipo de lástima, sino de desagrado e incomodidad), misas solemnes dignas de un show televisivo, curiosos y ayudantes voluntarios de la Orden de Malta con ansias de ganarse la salvación a base de buenas obras de cara a la galería (pero más preocupados de los sanos que de los vivos), la vida es algo más que una necesidad diaria. Es una utopía.
Christine no va hasta allí porque ansíe curarse, no, va hasta Lourdes por el mero hecho de que es la única excusa que tiene para salir de casa y poder viajar acompañada de otras personas. Aún así, sin que el deseo de sanación sea su principal motor de peregrinaje, no puede, una vez allí, evitar sentir rencor hacia las personas que están (aparenetemente) sanas por no ser como ella es. Se pregunta, como haríamos todos en su situación, egoístamente, el motivo por el que le ha tocado a ella y no a otra persona; "¿por qué yo?", dice en confesión. Y a pesar de que nos incomoda esa postura, la de desear que hubiese sido otro el que se viera aprisionado a la silla de ruedas de por vida y poder ella vivir la vida que le pertenece a otra persona, no podemos engar que cualquiera de nosotros se sentiría enfurecido por ello y pensaríamos lo mismo (o algo peor) que Christine, que no hace sino liberar con palabras su alma atormentada.
Menos justificación tienen (ninguna) las reacciones de algunos compañeros de tour llegado un determinado momento de sanación, donde los resquemores, los celos, los chismorreos, son la nota predominante entre todos.

La ambigüedad y la incomodidad están presentes a lo largo de toda la cinta (aún me pregunto cómo la Iglesia Católica, siempre vigilante, dio permiso para que se rodara allí la cinta y no se molestara en ver qué se estaba llevando a cabo) y eso es gracias a la posición que adopta la directora, que se limita a mostrar los acontecimientos sin más, sin tomar parte en ellos y sin dar juicios de valores que puedan adulterar el resultado final.
Hay un personaje que me tiene "cautivado" y que es todo un misterio para el espectador. Me refiero a la compañera de habitación de Christine, a la anciana señora Frau, un personaje extraño que parece saber en todo momento lo que va a ocurrir y que pareciera más un ser predestinado a presenciar los acontecimientos que están por venir y que sucede(ra)n entre los largos silencios y los dilatados encuadres fijos que componen el film. Interesa más el dilema moral que plantean las imágenes, los pensamientos y motivaciones de los protagonistas, que el que se lleve o no a término un posible acto milagroso que nos deja en el suspenso de un iteresante final abierto que cada uno puede interpretar libremente según sus convicciones (mi versión es bastante ocura, como podrán imaginar). Lo único que queda patente en este punto, es que para la Iglesia es un motivo más con el que pretender hacer caja aunque sea a costa de mejoras transitorias (que en el fondo es lo que pretende Jessica Hausner, hacer un film "sobre la injusticia de la vida; sobre que puedes poseer la felicidad y de pronto se esfuma").
Afortunadamente, aquí, al final, hay poco de divino y mucho de humano. A Dios gracias.
