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Luis XIV de Francia

Publicado el 15 julio 2020 por Universo De A @UniversodeA

Luis XIV de Francia

Luis XIV, el “Rey sol”, el paradigma de la monarquía absoluta, la gloria monárquica llevada al paroxismo… etc, podría ser tomado como una persona que simplemente hizo gala de su privilegiado nacimiento o incluso como un megalómano narcisista… pero el hecho de llegar a esta conclusión demostraría poco interés, superficialidad, e incluso ignorancia. Y es que, Luis XIV de Francia (al igual que otros personajes históricos del estilo, no menos señeros y muy recalcados por las historiografías nacionales), no tuvo una vida precisamente fácil, tuvo que ganarse aquello por lo que hoy es conocido… y podéis creer que en todo lo que hizo, no daba puntada sin hilo; de hecho, su legado aún pervive en Francia.

Introducción biográfica

Luis XIV de Francia (francés: Louis XIV), llamado «el Rey Sol» (le Roi Soleil) o Luis el Grande (Saint-Germain en Laye, Francia, 5 de septiembre de 1638-Versalles, Francia, 1 de septiembre de 1715), fue rey de Francia y de Navarra1​ desde el 14 de mayo de 1643 hasta su muerte, con 76 años de edad y 72 de reinado.4​ También fue copríncipe de Andorra (1643-1715) y conde rival de Barcelona durante la sublevación catalana (1643-1652) como Luis II.

Luis XIV fue el primogénito y sucesor de Luis XIII y de Ana de Austria (hija del rey Felipe III de España). Incrementó el poder e influencia francesa en Europa, combatiendo en tres grandes guerras: la Guerra franco-neerlandesa, la Guerra de los Nueve Años y la Guerra de Sucesión Española. La protección a las artes que ejerció el soberano Luis XIV fue otra faceta de su acción política. Los escritores Moliére y Racine, el músico Lully o el pintor Rigaud resaltaron su gloria, como también las obras de arquitectos y escultores. El nuevo y fastuoso Palacio de Versalles, obra de Luis Le Vau, Charles Le Brun y André Le Nôtre, fue la culminación de esa política. Al trasladar allí la corte (1682), se alejó de la insalubridad y las intrigas de París, y pudo controlar mejor a la nobleza. Versalles fue el escenario perfecto para el despliegue de pompa y para la sacralización del soberano.

Luis XIV, uno de los más destacados reyes de la historia francesa, consiguió crear un régimen absolutista y centralizado, hasta el punto que su reinado es considerado el prototipo de la monarquía absoluta en Europa. La frase L’État, c’est moi («El Estado soy yo») se le atribuye frecuentemente, aunque los historiadores la consideran una imprecisión histórica, ya que es más probable que dicha frase fuera forjada por sus enemigos políticos para resaltar la visión estereotipada del absolutismo político que Luis XIV representaba, probablemente surgiendo la cita «El bien del Estado constituye la Gloria del Rey», sacadas de sus Réflexions sur le métier de Roi (1679). En contraposición a esa cita apócrifa, Luis XIV dijo antes de morir: Je m’en vais, mais l’État demeurera toujours («Me marcho, pero el Estado siempre permanecerá»).

Es uno de mis “Grandes Personajes” porque…

Principalmente, como la mayor parte de mis “Grandes personajes”, porque tenía un concepto, una imagen del mundo, y consiguió llevarla fuera de su mente, a la realidad, y hacer que otros también la vieran, compartieran o aceptaran. Con toda seguridad, Luis XIV es uno de los más triunfales ejemplos en ese aspecto.

Pero nada de ello le fue fácil o le vino regalado, en absoluto, y es que la Francia en la que nació, no tenía nada que ver con la que dejó al morir.

Nacido tras más de veinte años de matrimonio, entre unos padres cuya relación siempre había sido problemática, Francia aún no había atravesado del todo el proceso de fortalecimiento de la monarquía y centralización del estado, además llevaba décadas desangrada por continuas guerras religiosas (que venían de la anterior dinastía, los Valois), algo a lo que no había contribuido nada el hecho de que su abuelo Enrique IV fuese asesinado, o que su padre, Luis XIII mantuviese una relación de amor-odio con su imprescindible y dominante primer ministro, el cardenal Richelieu (que era de los que más cizaña había echado entre el mal avenido matrimonio).

Si las cosas estaban cada vez más manga por hombro en el país, y especialmente para una monarquía que más era gobernada que gobernaba, a la muerte de Luis XIII, la cosa fue incluso peor. Casi todos los países han tenido un momento clave que define la balanza entre quien ganará, si el poder aristocrático (el interés privado, la división) o el monárquico (el estado, la centralización), y el de Francia se dirime, definitivamente, a partir de ese momento.

Ciertamente era un punto clave (y débil para la monarquía), Luis XIV, el Rey, tenía cinco años, y aunque Ana de Austria consiguió anular el testamento de Luis XIII, que en su inquina a su esposa española, seguía sin verla apta para gobernar, lo cierto es que tal triunfo fue muy poco duradero.

La Reina Confió en el cardenal Mazarino como su nuevo primer ministro para ayudarla a gobernar (acerca de su relación, han corrido ríos de tinta, incluyendo el tema del matrimonio morganático)… pero eso sólo lo empeoró todo, rechazados ambos por extranjeros, pronto la nobleza quiso tomar el poder, y se ocupó de intentarlo mediante las guerras civiles de la fronda.

En esos años, muchos historiadores coinciden que fueron los de la auténtica educación, en todos los sentidos, de Luis XIV, que quedaría traumatizado por los acontecimientos; y no es para menos: tener que huir y escapar continuamente de París, su capital; ver como los nobles (algunos de tu sangre) se rebelan e intrigan contra ti; soportar a un pueblo continuamente azuzado en tu contra (el momento culminante, fue cuando la ciudadanía de París exigió comprobar que el monarca no abandonaba la capital, y la Reina tuvo que montar el teatro de que sus hijos dormían, y llevar a toda la turba a su habitación para que lo pudieran comprobar por sí mismos… según salieron, escaparon de la ciudad); guerras y batallas interminables en las que tus propios súbditos se alían con potencias extranjeras… etc. Y en medio de todos esos avatares políticos, un niño, que poco a poco va descubriendo que el trono no es algo seguro ni garantizado, y que ser Rey no garantiza no acabar durmiendo entre paja mohosa pagada carísima, tener que huir, o que haya que vender lo necesario para comer y pagar la resistencia.

Para cuando Luis XIV llega a la mayoría de edad, ya probablemente vislumbra como tiene que ser el futuro de su país, y sabe que no puede continuar como hasta ahora: con una nobleza que hace lo que le da la gana y no da cuentas a nadie de ello, y con un parlamento que sólo potencia la discordia porque los poderosos se niegan a perder un sólo privilegio en favor del país. La prueba de ello es que, ya en estos años comienza a experimentar el uso del arte áulico, muy especialmente a través del teatro, la música y la danza, que son extremadamente simbólicos, y que comienzan a definir el famoso estilo francés, son los primeros pasos de la llamada “grandeur” francesa.

No obstante, será paciente con su padrino, el cardenal Mazarino, esperará a su muerte, y llegada esta, no esperará a seguir su consejo de “Sire, no tengáis primer ministro”, dicho en el lecho de muerte. Dejará muy claro a todos que él piensa gobernar personalmente, que no se hará nada sin su autorización y decisión, además de que no piensa volver a reunir al parlamento.

Y así sería, en su largo reinado, Luis XIV conseguirá hasta quitarle la hegemonía al decadente gigante español (y además, conseguir esa corona para su nieto, gracias a los derechos de su esposa María Teresa de Austria -a la que, irónicamente, no hizo demasiado caso, excepto para esas cuestiones-) y conseguir llevar la estabilidad y la modernidad a un país que era lo opuesto cuando él había nacido. Los problemas religiosos se solucionaron y se disminuyó el poder de la Iglesia, además del de la nobleza.

Aunque lo que mejor esclarece eso, es su uso de las artes (existen múltiples obras que lo tratan, yo recuerdo una en particular, sumamente interesante, titulada “La fabricación de Luis XIV”), ya hablé del uso del teatro y la danza para crear obras que escenificaran y simbolizaran su poder y triunfo; pero a todo ello se complementaron el resto de las artes y artesanía: desde las más imaginables y típicas como la pintura y escultura a tapices y medallística, todo valía para expresar el triunfo del Rey mediante la mejor propaganda monárquica jamás diseñada. Y para colmo, el propio monarca hasta se metió a filósofo para legitimar su concepto de la política.Toda una campaña de saturación publicitaria en pleno siglo XVII.

Aunque sin duda, el culmen de todo lo anterior, fue sin duda alguna, su obra maestra, el símbolo por excelencia de su reinado, su legado definitivo al mundo, aquel del que se hablaría en su momento y aún hoy día: Versalles… los mejores palacios del mundo se comparan con él, pues es el ejemplo por excelencia de lujo y belleza; aún hoy, ser comparado con este palacio francés, es el mejor halago que se puede decir de uno de estos edificios.

Y es que Versalles simbolizaría el concepto de cómo debía ser el estado para Luís XIV, era su Reino en miniatura. En ese palacio se comenzó con el estilo y gusto francés tal y como lo conocemos hoy, desde la decoración a la cocina, pasando el ballet (que si bien Rusia hizo popular, muchos olvidan que Petipa, el creador de las más famosas coreografías, que aún hoy se siguen usando, era francés) y un largo etc.

Pero, al igual que su propia vida, Versalles no siempre fue así: no era más que un simple pabellón de caza en medio de un pantano insalubre. Fue Luis XIV quien se propuso dominarlo, domar a la naturaleza cual había domado a los hombres (el jardín de estilo francés, con su cuidada y geométrica artificialidad, es toda una declaración de intenciones); y fue así, como aquellos terrenos yermos, en principio absolutamente inválidos, fueron transformados en uno de los palacios más bellos, famosos y renombrados del mundo. Le Vau creó el edificio, y Le Notre los jardines; y luego la decoración interior corrió a cargo de diversos pintores como Le Brun o Mignard; si a eso le añadimos la música de Lully o los textos de Molière, el monarca ya tenía bien dispuesto el mejor escenario posible, y no son estas palabras aleatorias, puesto que Luis XIV (y eso le ayudó mucho durante su vida), tenía mucho de actor, conocía muy bien la importancia de saber hacer una buena puesta en escena y siempre supo usar tal cosa en su favor (como ya se ha ido comentando anteriormente).

Prueba de lo anterior fue la etiqueta de corte que creó, perfectamente diseñada para convertir al Rey en el permanente objeto de homenajes, en el centro de un universo en el que cada actividad diaria se transformaba en una brillante ceremonia de la que el monarca era el absoluto protagonista. Se habían acabado los nobles rebeldes, los guerreros se habían convertido en cortesanos, y ahora, todos luchaban no por mantener su autonomía, caprichos y privilegios, sino por estar más a la moda o por obtener un puesto cerca del Rey y evitar a toda costa caer en desgracia. Además, la alta nobleza quedó relegada y la burguesía favorecida.

No obstante, el mismo entendió que aquello que le había llevado a apuntalar el Reino y la monarquía, no podía mantenerse para siempre, y había que cambiar el método, por ello, en su lecho de muerte aconsejó al futuro Luis XV no seguir su camino en su gusto por el fasto, las construcciones o las guerras. Desgraciadamente no siguió su consejo, y el tren de vida estilo Luis XIV acabaría pasando factura (entre otras tantas razones) un reinado más tarde cuando se produjo la revolución francesa, sufriéndola el pobre Luis XVI, monarca que, el pobre, tal como era como persona, no lo merecía. No obstante, el sol de Luis XIV se había puesto ya, prácticamente en todos los aspectos, con la muerte propio monarca que se apodó así, puesto que sus sucesores fueron incapaces de seguirle el ritmo, en ninguno de los sentidos, alguien como él nace sólo una vez… y eso el Rey sol fue incapaz de preverlo.

Sin embargo, respecto al Reino de España, aunque las relaciones de Luis XIV con este fueron un tanto ambivalentes y contradictorias durante todo su reinado (era su rival natural, y sin embargo más adelante, su aliado; y paradójicamente, finalmente, a día de hoy, el lugar único lugar dónde reina su dinastía), lo cierto es que gracias a que se casó con la infanta española María Teresa de Austria, y su nieto Felipe, Duque de Anjou, fue propuesto como sucesor en su testamento por Carlos II, último Rey de España de la casa de Austria, la dinastía de los Borbones entra hasta el día de hoy en nuestro país; así pues, podemos tener el orgullo de decir que nuestros Reyes son los descendientes directos del tan notorio y excelente personaje histórico al que le estoy dedicando este artículo (eso, siempre ha supuesto para mí un motivo más para admirar nuestra monarquía).

Por tanto, considero que Luis XIV de Francia, el “Rey sol”, es un personaje histórico muy admirable por su espíritu de superación, su orgullo o sentido de la dignidad al no dejarse derrotar ni amilanar, su constancia, su confianza en sí mismo y trabajada autoestima, el saber aprender y observar de lo que sucede a su alrededor desde muy joven, su facilidad para adelantarse al futuro o vislumbrarlo, su capacidad para reconocer el talento y ver lo que puede ser útil y bello, su aptitud para la promoción de sí mismo o de su Reino, además de sus virtudes de actor, su potente imaginación y creatividad… etc.

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