
Muchas son las luces que emanan de esta Luna de enfrente que Jorge Luis Borges redactó en 1925: la contemplación feliz de ciertas calles de su ciudad natal, el raro esplendor callado de la Pampa, las despedidas de un amor que se fue apagando, el homenaje a ciertos patriarcas de su familia… Pero el conjunto, en mi opinión, queda disperso, diluido, feble. Parece como si el poeta aún no supiera por dónde adentrarse, como si aún no hubiera descubierto cuál es el camino real y auténtico que deben roturar sus versos. Se nota que tiene una voz (textos como “El general Quiroga va en coche al muere” o “Jactancia de quietud” se me antojan hermosos) y se nota también que aún no sabe qué hacer con ella. Mientras avanzaba por sus páginas he recordado con una sonrisa aquel juicio de Francisco Umbral, en el que aseguraba que el joven escritor sabe que es escritor, pero ignora qué escritor es. Así lo siento en Luna de enfrente. De todas formas, aquí y allá te sorprenden las fórmulas verbales de Borges y, aunque solamente fuera por eso, te preocupas de aguzar los sentidos y caminar despacio, para que no se te escapen. Por ejemplo, cuando le habla a la ciudad de Montevideo y le dice: “Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive”. Qué exactitud y qué belleza. Jugamos con ventaja, evidentemente, porque conocimos al adulto y eso nos autoriza a mostrarnos sentenciosos, pero este joven ya coleccionaba brillos.
