Revista Cultura y Ocio
Así sea festiva o no lo sea en absoluto, la vida se abre paso siempre, no se cohíbe, solo avanza, arramblando con lo que pilla al paso, malogrando la voluntad de quien se obstina en domesticarla, en hacerla cómplice de sus deseos. He conocido gente entusiasta a la que la vida, esa de la que hablamos, les truncó el entusiasmo, pero les he visto izarse, adquirir un rumbo nuevo que hiciera, en parte, sin que se advierta el roto de adentro, proseguir en la tarea, ir ganando en ilusiones, en esperanzas. He visto también gente a la que no les pasó nada relevante, gente que no tuvo una infancia o una adolescencia difícil, de esas a las que la vida siempre les sonríe, pero que, sin embargo, flaquean, menguan en lo que otros, más heridos, progresan. No creo que sea posible sacar ninguna conclusión, no pienso que pueda penalizarse un modo de obra y ensalzarse el otro. Anoche pensé en M. y recordé todo lo malo que le pasó y pensé también en qué haría ahora, tantos años después: si habría superado la tragedia, si reiría o escucharía jazz de los cincuenta o vería el fútbol en la televisión sin que ningún pensamiento triste, y tendrá los suficientes, le malograra el espectáculo. Pensé en M, del que no sé nada, al que no sé poner ya casi rostro ni voz, y lloré sin que me vieran. No sé si la vida se abre paso finalmente. M. tendrá los ojos muertos de apretarlos para que no se le desboque el llanto o llorará siempre que pueda, a la vista de todos o en la intimidad, recordando el pasado, que no viene siempre de buenas y en ocasiones viene cabrón y homicida. Recuerdo que me habló, poco antes de que ya se fuese definitivamente, de la vida triste y de la alegre, del cine en las tardes de verano, de las terrazas compartiendo cerveza con los amigos. Luego veló el cuerpo de su hijo y se marchó del pueblo, se marcharon. Yo a veces lo echo en falta.
