Preguntó a los hombres y mujeres que encontró por el camino y le hablaron maravillas sobre Él. Pero de su casa, nada. Hasta que preguntó a un hombre que le respondió lo siguiente:
— Si quieres encontrar su casa, vente conmigo y la descubrirás.
Aquel hombre le llevó hasta una aldea cercana, donde el hambre amenazaba a todos sus habitantes. El hombre le dijo que se desprendiera de todo lo que tuviera de comer y de valor y lo compartiera con aquellas gentes. El joven, contrariado, le dijo:
— ¿Y eso qué tiene que ver con encontrar a Dios? Si les doy todo lo que tengo me quedaré sin nada.
Y aquel hombre le respondió:
— Cuando tu corazón esté desapegado de todo, y no te importe quedarte sin nada, descubrirás dónde vive Dios.
El joven comenzó a compartir todo lo que tenía con aquellos necesitados, y mientras lo hacía, comenzó a sentirse bien, más lleno que nunca. Empezó a entender por qué brincaban los animales o las flores lanzaban al viento su aroma: todos hablaban maravillas de Dios.
La casa de Dios estaba dentro de su corazón. Lo que buscaba por fuera lo tenía dentro. Ahora se había creado el espacio suficiente para que Dios pudiera vivir en su interior.
Tu Amigo, Daniel Espinoza ¡Consuela a mi Pueblo! Blog
