No sé por qué. Pero se lleva en la sangre. Aunque no se quiera.
Les dije que podía pasar. Que no era buena idea preguntarme. Si sabían que no querían oír la respuesta. Y sin embargo lo hicieron. Me siguieron preguntando. Agobiándome con sus insistentes interrogantes. Que qué era. Qué era lo que sabía. Que qué me creía.
Yo soy yo. Bueno. Como cualquiera. Pero yo tengo algo que ellos no tienen. Y por eso sus preguntas. Soy un bicho raro. Un elemento extraño. Entre sus perfectas clasificaciones. Entre todos esos métodos perfectos de clasificar. De delimitar. De denominar todo. Esa maldita manía humana de querer conceptuar cualquier cosa. Y ponerle un nombre. Apostillarlo.
No lo tenían muy claro. Aquellos tipos tan encorbatados y con gafas de sol. A pesar de que hace tiempo que el sol no hace acto de presencia. Es invierno permanente. Y es evidente que no tenían ni idea de las condiciones tan terribles de esta época del año en este recóndito lugar del mundo.
Me preguntaban que qué era. Pero era incapaz de responderles. Que qué soy. Soy uno más. Como cualquiera. Como ellos. Como tú. No sé por qué iba a ser diferente. Con dos ojos. Una boca. Un corazón. Dos brazos. Dos piernas. Un cerebro. Una lengua.
Les hablaba de cuestiones que no comprendían. Que aquello no era raro. Ni extraterrestre. Ni ajeno. Daba igual que en la conciencia de todos ellos hubiese desaparecido. Que incomprensiblemente para ellos nada tenía sentido.
A pesar de todo. Allí sentado. Con el cansancio y el agotamiento les recité unos versos de mi padre. Él había tenido la idea de trasladar a una superficie plana y mediante un líquido visible o un dedo en el suelo los símbolos reconocibles de su pensamiento. Él llamaba a aquello letras. Y que antiguamente. Hace docenas de años. Se conocía como escritura. Los versos que mi madre me susurraba en aquellas noches de miedo y de silencios comunes. En las que no había luz para disfrutar de aquellos tesoros. Y que decían.
Mueres. En la ignorancia de cada insulto. En la negación de cada grito. Mueres. En la muerte de un niño. De una idea. De un beso. Por eso. Vive. Vive en cada nacimiento. Vive. En cada abrazo. Vive. Queriendo.
Mi madre me besaba la frente. Después de haberme susurrado aquella letanía. Hermosa. Y triste. Y cada vez que un abrazo suyo me abrigaba. Sentía la razón de aquellos versos.
No queda nada de todo eso que antes llamaban literatura. Y que mi padre enumeraba de memoria. En nombres irreconocibles para mi. Homero. Wilde. Becket. Eyre. Cervantes. Machado. Blake. Murakami. Allende. Hernández. Shakespeare. Vian. Todos eran para mi apenas un juego infantil. En el suelo. Cuando aprendí que aquellos signos dibujados. Reconocibles. Visibles. Significaban letras. Y signos ortográficos. Y que unidos. Eran un lenguaje. Un idioma. Un modo de comunicarse.
Mueres. En la ignorancia de cada insulto. En la negación de cada grito. Mueres. En la muerte de un niño. De una idea. De un beso. Por eso. Vive. Vive en cada nacimiento. Vive. En cada abrazo. Vive. Queriendo.
Mi madre me lo recitaba. Mi padre me lo escribió. Sí. Sé hacerlo. Sé leer. Sé escribir. Y puedo gritároslo. Pienso. Luego escribo. Escribo. Entonces pienso.
Maldita herencia. Masculló uno de aquellos. Torciendo el gesto. Antes de apretar el gatillo.
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