Revista Cultura y Ocio

Manga ancha – @Imposibleolvido

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

¿La ves?, allí al fondo del local, cree conseguir pasar inadvertida. Vaqueros, camiseta negra, gafas de pasta, una coleta alta, ¿te fijaste en ella nada más entrar, verdad?.

Te preguntas porqué prefiere estar sentada en el taburete doblando repetidamente una servilleta de papel. La has visto colocarse un mechón rebelde detrás de su oreja, mecánicamente,  sin ser consciente de lo atractivo del gesto. Has seguido escuchando el parloteo incesante de tu pareja, sonriente frente a ti, pero sin prestarle atención.  Tu atención está completamente subyugada por unos dientes que muerden el labio inferior, en una chica concentrada en dar forma, “nosabesmuybiendequé”, a un papel mientras el reggueaton, los gritos, la gente bailando la rodea y ella resiste allí,  en su rincón completamente ajena a lo que a su alrededor acontece. Sonríes.

Quieres ir hacia ella. De repente es lo único que cobra sentido en ese antro latino, ella. Tu novia te vuelve a repetir algo que no has oído,  tú no te das ni cuenta, se gira siguiendo tu mirada y la ve.

No se conocen, nunca se han visto pero ella sabe perfectamente quién es. Se gira de nuevo hacia ti y te mira interrogante. Te limitas a encoger brevemente los hombros. No hay mucho que decir.

Tu chica abandona el bar, esperando que salgas tras ella. Tú sigues con los pies anclados en el mismo lugar y la mirada en aquel rincón junto a tus cinco sentidos.

De pronto “la chica” levanta la mirada, la cruza con la tuya, su semblante muestra el reconocimiento, se sonroja,  agacha de nuevo la cabeza y tú te mueres por cogerla de la barbilla y levantársela.

Una mano te zarandea, te giras y tu novia comienza a gritar, te insulta, te empuja, te tira el teléfono al suelo, y tú,  tú vuelves a girarte buscando aquellos ojos detrás del cristal, compruebas que sigue allí y suspiras aliviado.

El camarero se acerca y os invita a abandonar el  local.

Sales a la puerta, intentas calmar a tu chica pero ella no atiende a razones.

-¿Esa era tu mujer, verdad?

-Ella nunca fue de nadie-le contestas, admitiéndotelo a ti mismo.

-Eres un puto cabrón,  he visto cómo la mirabas, eres un capullo. ¿Qué coño te pasa?

-Estás sacando las cosas de contexto.

-¿Ah, sí?,  pues ahí te quedas!

Te quedas mirando cómo se aleja, hasta perderse el eco del repiqueteo de sus tacones.

Al volverte hacia la puerta para volver a entrar,  la puerta se abre saliendo ella.

-Eva, no te vayas.

-¿Dónde está la peque?, ¿otra vez con tu hermana?, eres un puto capullo.

-Pero, espera, quiero decirte que…

-¿Acaso no me has oído?, C-A-P-U-L-L-O. Bah, aparta, mañana tengo que madrugar.

Y volverás a tu casa silbando, sin ser consciente de qué ha pasado, con la sensación de que o te toman por tonto o tienes mucha tela sobrante en las mangas.

Provocando enfados que no logras comprender cuando tu única falta es no saber dejar de querer.

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