(Marta regresa a Castromar, su pueblo natal, para pasar sus vacaciones de verano. Allí se reencuentra con sus amigos de la infancia, Ana y Tomás, y su primer amor, Antón. La estancia que esperaba tranquila e idílica se ve trastornada por un loco que rapta niñas para luego abandonarlas en la playa del pueblo, esperando que se ahoguen. Marta y Ana guardan un terrible secreto de su infancia, relacionado con la muerte del padre de Andrés el Canicas, un compañero de colegio, que se temen pueda estar detrás de esos secuestros. Marta y Antón inician una relación que siempre han tenido pendiente. La hija de Ana desaparece de su casa y al ir a rescatarla, son atacados por el secuestrador, que huye. En el hospital, Antón logra por fin que Marta y Ana le cuenten que indirectamente causaron la muerte del padre de Andrés, al huir de su acoso. El resto del mes transcurre con normalidad, hasta llegar las grandes fiestas del pueblo. A la noche, Marta y Ana acuden a la playa para hacer frente al secuestrador de niñas. Mientras Marta habla por teléfono, Andrés el Canicas consigue atrapar a Ana y dormirla, antes de enfrentarse a Marta y confesarle que ellas no mataron a su padre, que él lo vio todo y no hizo nada por salvarlo. Ana se enfrenta a él, que la ataca furioso, para luego arrepentirse.)
– XXVIII – “No quería hacerte daño” había dicho Andrés el Canicas después de hacerme caer contra las escaleras de cemento y romperme la boca contra la barandilla metálica a la que trataba de sujetarme para huir de él.–Me has partido el labio, hijo de puta –le escupí, pasándome el dorso de la mano por los labios hinchados, mientras con la lengua comprobaba que tenía todos los dientes en su sitio. Extendí hacía Andrés la mano ensangrentada–. Menos mal que no querías hacerme daño –ironicé. Fue un error. Pude ver como enrojecía de furia.–No te irás de aquí –me amenazó.Ana había despertado y se estaba acercando, con paso vacilante, a la espalda de Andrés. Procuré no descubrirla intentando distraerle.–¿Qué vas a hacer conmigo? –tiré con fuerza de mi brazo hacia atrás, pero la mano con la que me sujetaba no aflojó ni un ápice– No soy una niña pequeña a la que puedes drogar y dejar en la orilla para que la marea me lleve.–¡Cállate! –me gritó y acercó a mi cara el pañuelo blanco empapado en cloroformo. Estábamos muy cerca, así que no lo medité ni un instante, alargué la mano libre con el puño cerrado y traté de golpearle. Consiguió esquivarme, pero para ello tuvo que soltarme. Me giré de nuevo hacia las escaleras. Subí apenas tres peldaños y me volví, con un solo impulso, para golpearle con el pie en el pecho.Detrás estaba Ana, que aprovechó para lanzarle una patada a las rodillas. Lo vi caer mientras me invadía esa sensación de estar viviendo algo ya conocido. Lo mismo le habíamos hecho a su padre, veinte años atrás. Su cabeza golpeó contra la arena, pero no había ninguna piedra allí que lo dejara inconsciente, como había ocurrido entonces. Aprovechando el momento de desconcierto, me lancé sobre él, le arranqué el pañuelo de la mano y se lo apreté contra la cara, al tiempo que le hincaba una rodilla en la garganta. Ana también se arrodilló y le sujetó las manos, levantándoselas por encima de la cabeza. En pocos segundos estaba inconsciente, no supe si por acción del cloroformo, o por falta de oxígeno. Tampoco me paré a comprobar si respiraba. Miré a mi amiga que estaba sentada sobre la arena, tratando de recuperar la coordinación. A nuestras espaldas oí gritos y un gran bullicio. Por el paseo de la playa vi llegar a Antón y Tomás, seguidos por un grupo numeroso de gente alertada por ellos. Me senté junto a Ana y la abracé como no había hecho en la vida.–Ese cabrito... –escupió con rabia– Se me acercó por detrás y me sujetó con una mano el cuello mientras con la otra me apretaba el pañuelo contra la cara. Intenté escabullirme, pero es más fuerte de lo que parece –asentí, jadeando aún por el esfuerzo que había tenido que hacer para mantenerlo quieto mientras lo drogaba–. Pensé que lo mejor era hacerme la desmayada para que me dejara en paz. Pero la verdad es que esa porquería me ha afectado bastante –de repente soltó una carcajada– Me siento como aquella vez que nos bebimos una botella de vino dulce a medias. No pude evitar una sonrisa al recordar nuestra primera borrachera.Así es Ana, en el peor momento puede soltar una broma y conseguir que te olvides del mal rato sufrido. Incluso del ataque de un loco, secuestrador de niñas, que ha estado a punto de acabar con tu vida.
