Revista Cine

Mar de agosto - cap. 3

Por Teresac

(En anteriores capítulos: Marta regresa a Castromar después de muchos años y se reencuentra con Tomás, amigo y compañero de colegio, que le cuenta sobre el secuestro de una niña y la complicada situación matrimonial de su mejor amiga, Ana.)
MAR DE AGOSTO - CAP. 3- III –-¿Marta? ¿De verdad eres tú? Ana se quedó parada en la puerta como si no se decidiese a dejarme entrar, estaba igual que siempre. La melena oscura y lisa, ahora con unos ligeros reflejos dorados, la piel intensamente bronceada, una camiseta de tirantes y unos vaqueros ajustados a sus curvas generosas; juraría que había hecho un pacto con el diablo para quedarse por siempre en los quince años.-¿Vas a dejarme entrar o tengo que pedir audiencia para visitarte?La casa tampoco había cambiado mucho en aquellos años, no es que a Ana le importase mucho la decoración, más allá de tener los muebles necesarios y los mínimos adornos inútiles. Eso sí, la estantería del salón estaba abarrotada hasta los topes de libros.Después de dos cafés, de ver las fotos de su hija y sobrinos, y de salir al balcón para contemplar el mar y llenarnos los pulmones con su aroma, poco a poco la conversación fue haciéndose más íntima y al fin llegamos a sus problemas conyugales.-Si preguntas te dirán que Xan bebe mucho, pero tampoco quiero tacharlo de borracho ni voy a permitir que nadie lo haga. Le sigo queriendo, creo que le querré siempre, ya lo sabes, me enamoré de él con doce años, hemos pasado más de la mitad de nuestra vida juntos, y es el padre de mi hija, no voy a permitir que nadie hable mal de él en mi presencia –me soltó de repente, sin pararse a respirar.Asentí con la cabeza, comprendiendo su actitud y anotando la advertencia. Inquieta, Ana cruzó y descruzó dos veces las piernas, se acarició la melena pensativa y bebió otro sorbo de café.-No ha cambiado nada, ¿sabes?, nunca lo hizo. Es el mismo chaval del que me enamoré, sigue saliendo con los mismos amigos, jugando sus partidillos de fútbol, tomándose las cañas el domingo por la mañana en el puerto y saliendo de marcha los sábados por la noche –su tibia sonrisa trataba de quitar hierro a sus críticas palabras-. Así era al principio, siguió siendo igual aún cuando me quedé embarazada y tuvimos que casarnos de prisa y corriendo, y nada cambió ni cuando nació Sarai, ni después. Yo he cumplido treinta años pero él sigue anclado en la adolescencia. -Creo que te entiendo, tú has madurado, pero él ni lo ha intentado siquiera. -Hasta su padre está enfadado con él. Le ha dicho que para lo poco que hace en el varadero, mejor sería que se fuera a trabajar con su hermano a Tenerife.-¿El quiere irse? –pregunté sondeando los sentimientos de mi amiga. Ana encogió los hombros con indiferencia, con la mirada perdida más allá de la terraza, en el movimiento tranquilo de la corriente en la ría. Bruscamente cambió de tema, empezó a contarme lo mucho que había crecido el pueblo en pocos años, que estaba trabajando en un supermercado y que su hija formaba parte del equipo de atletismo del colegio, con el que ya había ganado varias medallas.-¿Dónde está ahora Sarai?-¿Quién sabe? –Ana sonrió y comenzó a recoger las tazas de la mesa- Una niña de doce años en vacaciones, ¿acaso nuestras madres sabían dónde nos metíamos todo el verano?-Pero... –sonreí ante el recuerdo de nuestras correrías infantiles, sin embargo había algo que me preocupaba-. Ya sabes, lo de la hija de Marina...-Sí –frunció el ceño pensativa-, claro, todos estamos preocupados por eso, pero bueno, este es un pueblo muy pequeño, todos nos conocemos y nadie va a poder hacerle nada a ningún niño a la luz del día, y por la noche... Bueno, será cuestión de cerrar bien puertas y ventanas.

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