Revista Cine

Mar de agosto - cap. 9

Por Teresac

(En anteriores capítulos: Marta regresa a Castromar después de muchos años y se reencuentra con Tomás, Ana y Antón, sus amigos de toda la vida. Ana tiene problemas matrimoniales y discute con su marido por el cuidado de su hija. Sarai, les cuenta a Marta y Antón, que el secuestrador de la niña es "el fantasma de la playa", un vagabundo que ronda por el arenal. Las dos amigas recuerdan la noche de la fiesta del pueblo, veinte años atrás, cuando se quedaron dormidas en la playa. Marta coquetea con Antón, pero una llamada inoportuna de su ex novio les interrumpe. Cuando visita a Antón en la casa en la que está trabajando, una madre preocupada se acerca a preguntarles si han visto a su hija.)MAR DE AGOSTO - CAP. 9– IX – El fantasma de la playa había secuestrado a otra niña. A plena luz del día, a unos cientos de metros de su casa, mientras la pequeña paseaba en bicicleta. Tras ayudar a su madre a buscarla infructuosamente en los alrededores de la casa en la que Antón trabajaba, ambos habíamos llegado a la misma conclusión: la niña no se había perdido ni se había olvidado de la hora que era. Los dos sabíamos que se la había llevado el mismo tipo que había raptado a la hija de Marina y que en aquel momento podía estar con ella en la playa. La niña tendida en la orilla, inconsciente, y el fantasma aguardando que la marea se la llevase. Como se había llevado al monstruo mucho tiempo atrás.Y allí estaba yo, como en una de mis pesadillas, bajando las imposibles escaleras de cemento, arañándome con las zarzas, resbalando peligrosamente con mis delicadas sandalias de verano, poco apropiadas para peligrosas carreras.Y allí estaba él, cruzando la arena camino de la orilla, con la pequeña desmayada en sus brazos. Recé porque solo estuviera inconsciente, drogada, como la primera niña secuestrada.Comencé a gritar, sabía que era imposible que me escuchara, estaba demasiado lejos y el viento soplaba en dirección contraria. Tropecé varias veces y estuve a punto de rodar por aquellas malditas escaleras. Y cuando faltaban apenas dos o tres escalones para pisar la arena se volvió y me miró.Seguía estando muy lejos, lo suficiente para que me resultase imposible reconocer sus rasgos oscurecidos por la gorra de visera. Sin dejar de mirarme se introdujo en el agua, hasta que le cubrió casi por la cintura, y allí dejó a la niña. Su cuerpecito floto por unos segundos y luego comenzó a hundirse, al tiempo que el fantasma daba la vuelta y volvía a la orilla.Corrí desesperada sobre la arena que parecía agarrarse a mis tobillos. De dos golpes secos me deshice de mis sandalias y entonces sí mis pies volaron y entré en el agua helada sin tiempo para pensar en otra cosa que en la niña del vestido rojo que se hundía poco a poco hasta desaparecer de mi vista. Conseguí cogerla entre mis brazos y sacarla a flote no sin gran esfuerzo, parecía que hasta el mar se hubiera puesto en mi contra. Caminé de vuelta a la orilla, dolorosamente, con el cuerpo inane de la criatura entre mis brazos y lágrimas de angustia corriendo por mis mejillas. Me senté en la arena con la niña sobre mi regazo y la giré de lado, golpeándola en la espalda hasta que tosió y expulso apenas un poco de agua, sin despertar; el pulso en su cuello era firme. Froté su cuerpecito hasta que comenzó a recuperar lentamente la temperatura.Allí nos encontraron tiempo después. No fui capaz de moverme más allá de la orilla y mi teléfono se había quedado en el coche. Por suerte los municipales habían recibido el aviso del Ayuntamiento sobre la desaparición de la niña y decidieron dirigirse inmediatamente a la playa.–Está dormida –le dije a Tomás, el primero en llegar a mi lado y arrodillarse ante nosotras en la arena–. Drogada, supongo.–¿Le has visto? –me preguntó, echándose hacia atrás la gorra azul del uniforme.–Huyó hacia el pinar.En pocos minutos la playa se llenó de gente: el médico del pueblo reconoció a la niña a la espera de la ambulancia, Tomás distribuyó a un grupo de voluntarios para revisar a fondo el pinar, y al poco, también, llegó Antón con la madre de la niña.–Lo siento –me dijo mirando mi cara arrasada de lágrimas, salitre y arena–. No debí pedirte que vinieras, pero es que no me imaginé que tenías madera de heroína.–Así soy yo –conseguí murmurar y sonreí al tiempo que las lágrimas volvían a brotar de mis ojos. Antón me rodeó con sus brazos y apoyé la cara en su pecho, con un suspiro.En el pinar, los hombres continuaban buscando.

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