
Foto: Sebastián Miquel
María Julia Magistratti | Pueblo
No me gustan las cosas que llegan por la noche.
El circo que ocupaba el descampado con una sigilosa extravagancia montaba sus destartaladas piezas.
Y a la mañana siguiente, en la panadería, unos seres animados e irreales,
ocupaban el espacio,desorientando a los niños, los perros y las viejas
que volvían a sus casas sin el mandado.
No me gustan las cosas que se instalan por la noche
como una amenaza que se dice por lo bajo.
Los soldados que todos los 9 de julio esperaban a los gallos y el desfile,
hacían el chocolate en los tanques despintados,
el frío del amanecer apretaba la entrepierna de los raídos trajes verdes
y el casco helaba el cuero de la cabeza,
los pibes colimbas meaban la leche recién ordeñada.
Abanderados y escoltas aparecían en el horizonte como un sol artificial
con maestras que ya murieron de cáncer y desconsuelo.
La noche anterior, las madres almidonaban los uniformes y delantales apretando la plancha sobre los dobladillos, descargando la furia sin más de entregar a sus hijos a los ojos de interventores, generales, jueces, párrocos y altivas directoras de escuela.
Mi abuela decía “nunca crean en nada que tenga polleras: ni directoras ni ingleses ni sacerdotes”.
No me gustan las cosas que se instalan por la noche
como una verdad susurrada que se dice una sola vez
o una sirena
que no viene de ningún lado
pero viene hacia nosotros.
