A temprana edadme salieron dos alas.
Diminutos muñones de algodón
como los del niño ese
con nombre de perro
de una película que hizo llorar
a toda una generación.
Crecieron paulatinamente
al mismo tiempo que yo
y como predijo Baudelaire
me impedían caminar de forma normal:
No podía, por ejemplo,
penetrar con ellas en los callejones
estrechos y taimados
sucios y abandonados
en los que pronto adiviné
que se desarrollaba la vida
al menos la que a mí me interesaba.
Mis alas comenzaron a ensuciarse
por el roce con las paredes
a oxidarse por la ausencia de vuelo
a afilarse por exceso de suelo
a oscurecerse con cada calada de realidad
que traspasaba mis maltrechos pulmones.
Perdí su albura en algún sombrío punto intermedio
entre la adolescencia y la juventud.
Pero no me importó demasiado
de hecho se podría decir que me gustaba
el aspecto que tenían ahora
aquellas alas de demonio horrendo
que tampoco volaban pero arañaban la tierra
con la impostura arrogantemente necesaria.
Y sin embargo es curioso;
desde que te conocí se podría decir
que vuelven a clarear un poco,
incluso me atrevería a asegurar
que brilla alguna pluma entre la negrura.
Pero ya sabes por qué sabe más el diablo
de modo que me digo a mí mismo
para tranquilizar a mi fea conciencia
que será que me han salido canas.
