
La semana pasada tuvo lugar a nivel mundial el estreno de la película “Mayday”, expresión inglesa que designa una señal internacional de petición de ayuda o socorro. Es posible que cuando los responsables del proyecto eligieron tal nombre implícitamente quisieran expresar algo más que el título del largometraje. “Mayday”, que se emite a través de la plataforma Apple Tv, debe encuadrarse dentro de la subcategoría de la parodia, una especie de comedia con reglas propias que recurre al absurdo como vehículo para provocar la risa. A mi juicio, sin embargo, se trata de un peligroso camino. El sentido del humor resulta siempre muy subjetivo y cada persona se divierte a su manera, por lo que, al bordear dicho absurdo, se corre el riesgo de cruzar la delgada línea entre la comicidad y la extravagancia carente de gracia. A mí me ocurre, por ejemplo, con la saga “Agárralo como puedas”, protagonizada por Leslie Nielsen, donde algunas concretas escenas contempladas individualmente provocan hilaridad, pero dentro de una proyección de dos horas terminan por indigestarme.
En ese sentido, “Mayday” cuenta con un elenco de actores conocidos, una realización técnica correcta y varias secuencias de innegable agudeza capaces de hacer sonreír al público, si bien esos recursos no sostienen los ciento diez minutos de duración, además de que, en determinados momentos, se introducen determinados elementos más propios del género de acción e intriga y que no acaban de combinar adecuadamente con el resto del guion. Se trata de una cinta de espías con numerosas referencias burlescas a “Top Gun” y que se presenta como una “bromance”, concepto que desconocía por completo hasta que me topé con la promoción del film y que, al parecer, se refiere a una relación afectiva intensa, muy cercana y de apoyo mutuo entre dos o más hombres, y que trasciende la amistad tradicional, aunque prescindiendo del carácter sexual. Acudir a esta clase de palabras prefabricadas ya supone, en mi opinión, otra parodia.
John Francis Daley y Jonathan M. Goldstein, responsables de “Noche de juegos” y “Dungeons & Dragons: Honor entre ladrones” comparten la labor de dirección y guion. Se nota que se divierten y que poseen un estilo desenfadado y disparatado. Incluso logran, al menos por lo que a mí respecta, transmitir esa sensación de entretenimiento jocoso en algunas partes del metraje. Sin embargo, se torna demasiado infantil y facilón en su conjunto.
Un teniente de la Marina estadounidense es enviado a una misión secreta a territorio de Rusia en mitad de la Guerra Fría, pero la operación termina fracasando y queda atrapado tras las líneas enemigas. Un extraño hombre ruso, ex agente de la KGB, aunque enamorado en realidad de la cultura norteamericana, lo encuentra. Entre ellos surge una insólita alianza, al tiempo que los altos mandos soviéticos buscan al intruso.
Sorprende ver en este proyecto al actor y realizador Kenneth Branagh, quien se dio a conocer por medio de sus adaptaciones de obras de William Shakespeare y cuya filmografía se alza tan dispar como errática. Tan pronto dirige “Belfast” o “Hamlet” como una innecesaria versión de “Cenicienta” o sus recargadas y saturadas representaciones sobre el detective Hércules Poirot. Cabe esperar de él lo mejor y lo peor. En esta ocasión no se le puede atribuir ningún demérito, por mucho que a mí me cueste entender qué le interesó de esta propuesta. Interpreta al individuo encandilado por el mismo personaje que encarnó Tom Cruise en “Top Gun”. Ryan Reynolds, muy alejado de mis preferencias artísticas si exceptúo las varias veces que he visionado “Definitivamente, quizás”, da vida al piloto perdido. Junto a ellos intervienen David Morse (“La milla verde”, “Contact”, “En tierra hostil”) y Maria Bakalova, quien se ponía en la piel de Ivana Trump en “The Apprentice (La historia de Trump)”.
