
Reto: Camino a la gloria
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La cola en el súper era rematadamente larga. Yo buscaba un pañuelo en el bolso para limpiarle los mocos al pequeño. Hacía poco que había empezado a andar y justo en aquel momento quería bajarse de su sillita, berrinche incluido. El mediano, con tres años, quería los caramelos que convenientemente ponen a pie de caja como cebo. Además, mi teléfono comenzó a sonar... Mi marido se retrasaría algo más para recogernos. Atasco en la M-30. La mayor, menos mal, una santa a sus diez años.
Con el vaso de mi paciencia a punto de rebosar, roja por el agobio de un viernes por la tarde en la abarrotada tienda, vi aparecer a Enrique, un antiguo compañero de instituto. Estaba igual. Más mayor, obviamente, pero igual de guapo.
—¡Marta! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida? ¿Y estos niños tan guapos?
—Hola, Enrique... Son mis hijos. Ya ves, comprando un viernes. Viviendo al límite —dije pensando en lo horrorosa que debía estar delante del que fuera el chico más carismático de nuestra quinta—.
—¡Qué gracia! La pequeña Marta, madre de tres criaturas. Son guapísimos, clavaditos a ti.
—Gracias. ¿Y tú? ¿Tienes hijo?
—No, que yo sepa —dijo carcajeándose—. Es más, hace una semana que vuelvo a estar soltero. Yuleidis no aguantaba mi ritmo. Creía que me gustaba demasiado la juerga, pero ¿Qué malo hay en ello?
—Nada, hombre. Cada cual lleva la vida que quiere, o puede.
—¿Sabes, Marta? Siempre me gustaste. Pero eras demasiado seria, siempre centrada en tus cosas, sin querer hacer locuras.
—Querrás decir que yo ra una de las que no iba enseñando cacho para deleite de los muchachos, tú el primero.
—Que no, mujer...
—Da igual. También me gustabas, pero maduré. Además, me pillas en un mal momento. ¡Anda! Por ahí viene Jorge, mi marido.
