Desde la altura de los siglos, contempla impertérrito el azul que lo alegra. No se cansa nunca su mirada ni conoce la inquietud del movimiento que vigila.
Tras los cristales, la tierra se desdibuja con humilde pleitesía. El azul permanece y llena de serenidad los perfiles que enamora.
Unas nubes tintan de grisura la superficie siempre inquieta y ensaya mohínes de alboroto, gráciles signos de disgusto.
El gesto se le descompone en un arrebato libre y una jalea de espumas disuelve la tensión contenida. Estalla en el bullicio sin vergüenza.
Producida la descarga, el inmenso se apacigua y ensaya azules más profundos, marinos de hondura sosegada que se preparan para el roce de la noche.
Nunca teme a la oscuridad que lo corteja cuando el rubio se esconde cansado de su esplendor de fuego.
Se coloca su vestido de fiesta para perderse en la noche que lo aguarda. Jamás ignora el requiebro de la dulce luna vestida de plata.
