Revista África

Memorias del dolor

Por Jorge Luis Rodríguez González
Memorias del dolorLa conocí en Pretoria. Estaba rodeada de coterráneos y se movían de un lado a otro entre la muchedumbre multinacional que por esos días de diciembre acogía la capital sudafricana, durante el XVII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Parecía que se les iba la vida en cada razón que daban para defender a su pueblo saqueado.
Su melhfa*, de color blanco y azul, la mostraba como una mujer común entre tantas saharauis reunidas en el campus de la Universidad Tecnológica de Tshwane. Sin embargo, bajo esas telas se encontraba una piel y un alma que habían soportado es
toicamente las atrocidades de las fuerzas represivas marroquíes.
Tres años no es nada para desterrar malos recuerdos; una vida no le basta a Sultana Jaya para dejar de sentir en su cabeza el impacto de la porra, ni en los labios el sabor de su sangre…

Desde 2005 se encontraba en Marruecos, adonde había sido desterrada por las autoridades de Rabat, por su implicación en la Intifada iniciada ese año. El 9 de mayo de 2007 Sultana se encontraba participando en una sentada de solidar
idad con los saharauis prisioneros en las cárceles marroquíes y para celebrar la creación del Frente POLISARIO.
Sabía que había riesgos, pues una semana antes muchos jóvenes de la Universidad de Agadir habían sido atacados por estudiantes marroquíes de
extrema derecha, a que contaban con el apoyo del Gobierno de Rabat, cuyas tropas también violentaron el distrito universitario para arrestar ilegalmente a los educandos y torturarlos.
El destino de Jaya no fue distinto al de otros jóvenes de Agadir. Súbitamente, centenares de guardias cargaron contra las decenas de estudiantes saharauis que coreaban consignas de solidaridad con sus coterráneos presos en las cárc
eles de Marruecos. La bella Sultana fue salvajemente golpeada.
«Salimos hacia el barrio universitario para protegernos; pensamos que estaríamos seguros allí, pero los soldados se lanzaron como perros de caza.
¡Eran 700! Nos tiraron gases lacrimógenos, botellas con gasolina; nosotros no teníamos armas», narró Sultana Jaya. La joven fue alcanzada por un policía que no se cansaba de apalearla en la cabeza, le metió la porra en el ojo, y le estalló el globo ocular.
«Cuando de repente me vi con el ojo en las manos, se lo dije al guardia, pero ni se conmovió; al contrario, me dio más porrazos y le dijo a otro policía que me sacara el otro ojo».
Mientras más sangraba, más se envalentonaban los policías. Incluso
el que la masacró se enorgullecía de su atrocidad. «Decía jubiloso: “Yo fui quien le sacó el ojo”», cuenta la joven.
A pesar de su estado crítico, Sultana fue detenida. La llevaron a la comisaría de Jamaa Lafnaa, donde permaneció varias horas. Durante todo el camino en una furgoneta siguieron los golpes. Otros estudiantes a su lado corrieron la misma suerte.
«Uno de los agentes dijo: “Vamos a violarlas”; otro propuso quemarnos, y hubo hasta qu
ien dijo ser especialista en agresión psicológica».
El interrogatorio en Jamaa Lafnaa tuvo los mismos ingredientes. «Allí se tortura», me dice Jaya, como advirtiéndome que aún le quedaban muchas bestialidades que contar.
No fue la única «huésped» de Jamma Lafnaa. Cuando llegó allí ya se encontraban otros estudiantes universitarios sufriendo su propio calvario.

«Durante las sesiones de suplicio nos obligaban a decir consignas promarroquíes; querían que aceptáramos la ocupación. «Seguía perdiendo mucha sangre. Cuando se cansaron de golpearme, me montaron en una ambulancia para llevarme al hospital. Yo no quería ir, porque temía más represalias. Durante el camino, un policía me metía los dedos en el ojo.
«Uno de los especialistas me dijo que no me podía atender, y me llevaron a una habitación donde había dos mujeres marroquíes; les pedí gasa pero no me la dieron. Fue muy triste encontrar allí ese odio. «Luego un médico preguntó: “¿Dónde está la Polisario?”, y yo le respondí: “Aquí”. Entonces me cogió por el cabello, me dio zapatazos por la boca, me puso el pie sobre la cabeza, y me dijo: “Tienes que tomarte la sangre; esta basura tienes que bebértela”.
Al día siguiente, Sultana Jaya estaba en la misma situación. Ni tan siquiera una mujer marroquí, familiar de una enferma, pudo hacer algo por ella. «Apenas marcó un número de teléfono que le di para que llamara a mi familia, los policías que estaban vigilando la habitación la abofetearon, solo por intentar ayudarme. Luego me aislar
on en otro recinto», cuenta la joven de 30 años, y recuerda que allí una enfermera le dijo que tenía que comprar el hilo si quería que la suturaran.
Memorias del dolor
Un marroquí se ofreció a ayudarla y le pidió un número de algún contacto para marcarle. Al momento, dos amigos saharauis llegaron en su socorro. «En un principio se negaron a que me vieran, porque los marroquíes querían coserme los párpados sobre la cuenca del ojo, directamente, sin ninguna intervención quirúrgica. Pero mis amigos amenazaron al médico con denunciarlo ante un tribunal internacional si no asumían su responsabilidad como galenos».
Los consecutivos maltratos y la tardanza de un tratamiento médico causaron a Sultana el daño irremediable de perder el ojo.

El 27 de mayo Jaya tuvo que comparecer ante un juicio sin garantías procesales y con muchas presiones y chantajes. «El procurador del Rey (de Marruecos) me dijo que si quería estar libre, tenía que decir que quienes me habían maltratado habían sido mis compañeros de la Universidad. Por supuesto me negué, y eso me costó ocho meses en prisión».

Una vez que estuvo libre, Sultana pudo viajar a Europa, con un visado humanitario gestionado por una ONG sueca de apoyo al pueblo saharaui, sin que las autoridades de la monarquía se percataran, y en Barcelona fue sometida a una delicada operación para colocarle una prótesis ocular.

Dos años después regresó a El Aiuún, capital de los territorios ocupados, donde la esperaron muchos saharauis, pero el recibimiento fue sofocado cruelmente por las fuerzas ocupantes. Todos los accesos a esa ciudad permanecieron bajo estricto control policial, militar y de seguridad a lo largo del día, en previsión de la llegada de Sultana. Lo mismo sucedió en Bojador, localidad a la que pensaba trasladarse la joven, y a lo largo de todo el trayecto que une ambos puntos.
Asimismo, tuvieron lugar varias cargas policiales con enorme brutalidad y se violó el domicilio de numerosos ciudadanos saharauis, especialmente aquellos relacionados con la defensa de los derechos humanos en el territorio del Sahara ocupado por Marruecos. En esa ofensiva resultaron heridos varios civiles.

Mientras, la policía marroquí se seguía ensañando en Sultana, a quien en octubre de 2009 le incautó su documentación en el aeropuerto de El Aiuún para que la joven no pudiera viajar a Barcelona, a revisarse la prótesis ocular en una consulta que debía ser cada seis meses. Actualmente su familia sigue bajo constante vigilancia.

Sultana Jaya, hoy vicepresidenta del Foro de Mujeres Saharauis, anhela regresar a su Bojador, pero las autoridades de Rabat se lo prohíben. «Si entro me estaré exponiendo a las torturas, pues estoy fichada por la policía y existe una orden de detención contra mí».
De hecho, en abril de 2010, cuando regresaba de los campamentos de refugiados saharauis de Tiundouf (Argelia), acompañada de otros activistas, el grupo fue atacado por colonos marroquíes.
No obstante, ella afirma muy resuelta: «Regresaré para continuar en mi país la lucha por la autodeterminación de mi pueblo. El Sahara tiene que ser libre».

Expediente criminal

Historias de dolor y sufrimiento como la de Sultana Jaya siguen repitiéndose en el Sahara Occidental, con total impunidad y el silencio de Estados Unidos y Europa, las potencias cómplices de la ilegal ocupación por Marruecos de ese pueblo del norte de África. Una de las agresiones más recientes y escandalosas fue el saqueo del campamento de la dignidad de Gdeim Izik, en noviembre de 2010, por el ejército marroquí.
Desde entonces se desató una gran ofensiva militar, policial y de los servicios secretos contra los participantes en esa iniciativa pacífica para exigir el derecho del pueblo saharaui a su independencia.
Los detenidos han sido expuestos sistemáticamente a diversos tipos de tortura y violaciones de los derechos humanos por la policía, tanto en su detención como durante el tiempo en que han estado ilegalmente recluidos.
Muchos como Abdallah Lekhfaoni, Mohamed Al-Ayoubi (diabético), Zaoui Elhoucein, Abdallah Toubali, Daish Daf y Hassan Dah fueron violados por los militares, quienes para ello usaron palos. Mohamed Elbachir Boutiguza fue sometido a la misma violación, pero con un objeto metálico. Todos ellos y otros cuyos nombres bastarían para llenar esta página recibieron palizas y agua fría y orina sobre sus cuerpos desnudos, en las largas sesiones de tortura.

A Mohamed Elbachir Boutiguza, miembro de la Comisión de Diálogo del campamento de Gdeim Izik, le practicaron torturas tan sádicas como las llamadas «el avión», en la que atan un palo a la espalda del prisionero con los brazos abiertos y lo cuelgan del techo; le queman con cigarrillos encendidos y le introducen botellas de coca cola por el ano. También sufrió la técnica del «pollo asado»: le dan con maderos en las rodillas, lo cuelgan de un palo simulando un pollo que cocinan a fuego lento y le impiden dormir durante varios días.

Las descargas de electricidad, especialmente en las uñas de manos y pies, los simulacros de ahogamiento, la privación de sueño y alimentación, aparecen también en la amplia lista marroquí de procederes para torturar, tanto en sus comisarías como en cárceles tan tristemente famosas como la de Salé, donde fueron encerrados muchos de los saharauis que participaron en el Campamento de la Dignidad.

*Melhfa: ropa tradicional de la mujer saharaui; es un vestido amplio y ligero confeccionado a partir de la unión de dos telas de cuatro metros de largo.

Foto 1: tomada por el fotorreportero Roberto Ruiz Espinosa
La foto 2 muestra el estado en que dejaron los policías marroquíes a Sultana Jaya.

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