Revista Insólito

Mentiras y clichés que te contaron de los piratas

Publicado el 12 marzo 2021 por Tdi @RLIBlog
Mentiras y clichés que te contaron de los piratas


La información sobre la piratería es elusiva, pues los negocios de los piratas no se beneficiaban de registrar todas sus actividades. Por ello, muchos de los detalles que conocemos provienen de la información proporcionada por la justicia. Esto nos proporciona un retrato sesgado, pues excluye a aquellos que lograron eludirla con éxito y vivir de sus riquezas cuando abandonaban la vida en alta mar.

Por esta razón, se creó un cuello de botella en las características conocidas de los piratas. A pesar de esto, los autores románticos crearon multitud de historias de piratas crueles o idealistas pero, independientemente de la calidad del producto, los piratas ficticios se diferenciaban muy poco entre sí.

Como en las otras entradas de la serie, repaso los tópicos de los piratas, señalando su veracidad. Además recalco también en el título el uso del cliché, porque muchos de esos tópicos no son necesariamente falsos, sino generalizados absurdamente.

Mentiras y clichés que te contaron de los piratas

Desde su popularización con la literatura romántica, la imagen clásica del pirata es la de aquel que asalta galeones españoles en busca de oro, pero el mundo ha experimentado la piratería en todos sus rincones. Los registros más antiguos datan del siglo XIV a.C., situados en el Mediterráneo oriental. Aunque tengan nombre propio, los vikingos asaltaron Europa, el norte de África y Asia menor entre los siglos VIII y XII d.C.. Durante siglos, en el Mediterráneo y el Sudeste Asiático, muchos piratas vivieron de la captura y venta de esclavos. Además la edad de oro de la piratería no se limitó al Caribe, sino que las épocas más florecientes de la piratería en el océano Índico, el mar de la China meridional y en el norte de África se solaparon entre los siglos XVI y XIX.

A pesar de su actitud pendenciera y su desacato por la ley, todos respetan el código del pirata, una serie de normas que servían como legislación a bordo. Así lo decía Charles Johnson en Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas (1724), donde hacía hincapié en el código de Bartholomew Roberts. Estas normas regulaban, entre otras cosas, el acceso al alimento, el alcohol salvo en épocas de extrema necesidad, el reparto equitativo del botín, los límites del poder del capitán y los castigos, como el abandono en una isla. Estos artículos eran compartidos por los capitanes Edward England, Howell Davis, Edward Low, George Lowther, Francis Spriggs y John Phillips. En Bucaneros de América (1678/1684) de Alexandre Olivier Exquemelin, se menciona un caso donde quienes ingresaran voluntariamente en una tripulación debía firmar todos los artículos del acuerdo, donde renunciaba al honor y a la compasión. Además, aunque los códigos se mencionan en los juicios, apenas se habla de sus artículos, siendo posible que los documentos se destruyeran al poder incriminar a la tripulación.

Ahora bien, aún teniendo confianza en su existencia, su aplicación estaba restringida incluso en el propio barco. Los esclavos y siervos estaban excluidos. En el código de Roberts también lo estaban los irlandeses. Por otra parte, su aplicación y efectividad es cuestionable, pues los abandonos en islas eran comunes. En algunos casos, como el de Harry Glasby, tripulante de Roberts, tras su captura fue absuelto por haber sido obligado a firmarlo. En caso de firmarse voluntariamente, debían tener confianza en el documento y en la tripulación, no solo por atestiguar su pertenencia a una banda criminal sino porque el analfabetismo era habitual. En definitiva, por la propia naturaleza de los piratas, desconocemos muchos detalles de su organización. Pudo haberse aplicado en mayor o menor medida entre los piratas del Caribe en torno al siglo XVII, pero su existencia fuera de este contexto es cuestionable.

Mentiras y clichés que te contaron de los piratas


Aunque la bandera pirata o jolly roger existió durante la edad dorada de la piratería, no fue popular hasta comienzos del siglo XVIII. Se cree que el primero en usarla fue Emanuel Wynn en el 1700. En el Caribe se extendió su uso, pero se seguían alternando las banderas según las necesidades, como se había hecho hasta entonces. Aunque se suele mostrar la clásica bandera negra con una calavera con huesos cruzados, utilizada por Richard Worley y Edward England, estas tenían una iconografía distinta según el mensaje que se quisiese transmitir. A diferencia de la bandera negra, que planteaba la posibilidad de muertos, la bandera roja significaba que se lucharía sin cuartel y se mataría todos si había resistencia.

Aunque se dice que la jolly roger, independientemente del color, viene del francés joli rouge, los franceses la llamaban sans quartier. El viejo Roger también era un nombre para el diablo, el pene o el coito.

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El consenso entre los historiadores es que los piratas no obligaban de forma ritualizada a sus víctimas a caminar a ciegas por una tabla en la borda, cual trampolín de piscina, hacia las fauces de los tiburones. Igualmente, los historiadores consideran que los piratas cubanos inventaron esta práctica en el siglo XIX para atormentar a los prisioneros. Como informaba el Jamaican Royal Gazette en 1822, también podía hacerse a la inversa, pues unos prisioneros hicieron caminar por la tabla a un capitán. En El pirata (1822) de Walter Scott se muestra como un castigo conocido entre piratas, pues los piratas Hawkins y Derrick se quejan de que Bunce y Fletcher, compañeros, no prisioneros, "merecen que les obliguen a caminar por la tabla" por intentar traer dos mujeres al barco.

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La edición de 1788 de A Classical Dictionary of the Vulgar Tongue explica la expresión tal y como la conocemos y aplicada a los amotinados que querían evitar la pena de muerte. Sin embargo, los motines eran castigados con la muerte y la única manera de escapar era aceptar ser abandonado. Realmente, más que con la piratería, los ejemplos de caminar por la tabla son más frecuentes en el tráfico de esclavos. No obstante, eso no quiere decir que los piratas no la practicaran en absoluto. Antes de ser ejecutado el 15 de noviembre de 1793 por piratería, George Geery admitió que en un motín se obligó a quienes se oponían a caminar por la tabla, pero como medida disciplinaria y girándolos en el extremo.

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Un pirata no es un pirata verdadero si no canta alguna vez "Ron, ron, ron, la botella de ron", basada en la canción que canta Billy Bones en la posada del Almirante Benbow durante el primer capítulo de La isla del tesoro. Aunque eran apenas unas pocas líneas, Young Ewing Allison la completó en Derelict (1891). Por supuesto, al ser una creación posterior, ningún pirata real la habría cantado.

Aún así, la música servía para pasar el tiempo tanto en barcos de comerciantes, de piratas como de corsarios. Entre los piratas, los músicos eran tan codiciados como los cirujanos, los toneleros o los fabricantes de velas. Por eso eran capturados y obligados a tocar bajo la amenaza de palizas, según el código de Bartholomew Roberts, seis días a la semana. Además la presencia de estibadores caribeños y marinos negros contribuía a la variedad musical.

Abrigo rojo

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Mientras la mayoría de los tripulantes van andrajosos y sin zapatos, el capitán lleva un largo abrigo rojo como el capitán Garfio. Esta imagen se basa en la vestimenta de Bartholomew Roberts en su última batalla. Johnson lo describe con chaleco de damasco carmesí, pantalones bombachos, pluma roja en el gorro, una cadena de oro en el cuello con una cruz de diamante, espada en mano y dos pistolas colgando de una tira de seda sobre su hombro. Esta imagen iría homogeneizándose con los años. Por ejemplo, en el panfleto Historia general: la historia y vidas de todos los piratas más notorios y sus tripulaciones (1790) se muestran 21 xilografías que realmente alternan entre tan solo siete donde se muestran hombres con chaleco y la espada desenvainada. Esto llega al absurdo cuando Barbanegra, sin barba, comparte imagen con Mary Read y Edward Low. Sucede lo mismo con Anne Bonny, John Avery y Francis Spriggs. Aunque no tan descaradamente, las ilustraciones de La isla del tesoro (1883) de Robert Louis Stevenson tampoco son tan detalladas como las descripciones en el texto, tendiendo a mostrar menos diferencia entre un pirata u otro. En la misma época, las ilustraciones de Howard Pyle en sus libros de piratas consiguieron transmitir su imagen al gran público.

Tatuajes

Los tatuajes se hicieron más comunes a partir del primer viaje del capitán Cook en 1769 al sur del Pacífico. De hecho, la palabra tatuaje proviene del samoano tátau. Aunque existían antes, probablemente no fueran tan habituales.

Garfio, pata de palo y parche

Las amputaciones y otras lesiones eran relativamente comunes para quienes batallaban en el mar, pero no eran exclusivas de los piratas. Por ejemplo, el vicealmirante Horatio Nelson era tuerto y manco, aunque el almirante Blas de Lezo lo superaba, pues además era cojo.

Loro

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Los loros y monos eran usados como mascota o para su venta como animales exóticos. En La isla del tesoro, John Silver lleva un loro llamado Capitán Flint que, como otros detalles del personaje, acabó influyendo en la imagen típica de los piratas.

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Ni Exquemelin, ni Johnson, ni los autores románticos del siglo XIX mencionaron la forma de hablar de los piratas, aunque podía intuirse por sus lugares de origen. Fue Stevenson quien describió la forma aspera y ronca de hablar de varios de sus personajes. Teniendo en cuenta que la posada donde comienza la historia se sitúa en Bristol, es posible que tuvieran el acento rótico y retroflejo de West Country. En el cine, los actores que representaban a piratas bien podían mantener su acento natural o usar acento escocés, francés, español o cockney. Incluso se muestran tripulaciones con varios acentos para destacar su multiculturalidad.

En La isla del tesoro (1934), Wallace Beery interpreta a John Silver el largo con acento de Somerset, con roticidad, pero no con retroflexión. Esto lo haría Robert Newton en la adaptación de 1950 y en su secuela de 1954, así como Charlton Heston en la adaptación de 1990. Robert Newton además mostraba características tanto del acento de la costa oriental de Irlanda como de la occidental de Inglaterra. En ambas películas incluso gruñe con una erre retrofleja. En El pirata Barbanegra (1952), aunque no habla con el mismo ritmo ni con acento irlandés, mantiene la retroflexión. A pesar de que su interpretación no entusiasmó a los críticos y en el cine se oigan gran variedad de acentos, aunque no siempre coherentes, el público aceptó su forma de hablar como la arquetípica del pirata.

Mentiras y clichés que te contaron de los piratas

La leyenda de los tesoros enterrados se la debemos al escocés William Kidd. Residente en Nueva York, pasó su vida en el mar desde que era un grumete hasta capitanear un barco, llegando a actuar de corsario en el océano Índico. Aunque gozaba de buena fama, las faltas de respeto hacia la Marina Real británica y el asalto a el barco francés Quedagh Merchant, capitaneado por un inglés, le hicieron ganarse la consideración de pirata. Sabiendo que era perseguido, vendió su barco en el Caribe y se dirigió a Nueva York en una balandra. Allí enterró parte de su tesoro en la isla Gardiners para usarlo como herramienta de negociación. Bellomont, un inversor que temía verse implicado, le ofreció clemencia, pero le traicionó encarcelándolo. Finalmente, en Inglaterra sería condenado a la horca el 23 de mayo de 1701. El mismo año, se publicó La balada del capitán Kidd , que viajó rápidamente a las colonias. La canción hablaba de los lingotes de oro y monedas de plata que ocultó. Sin embargo, el pequeño tesoro que ocultó en la isla Gardiners fue entregado por Bellomont a Inglaterra como prueba

  • Burwick, F., & Powell, M. N. (2015). Pirate Clichés. In British Pirates in Print and Performance (pp. 139-159). Palgrave Macmillan, New York.
  • Timberlake, P. (2003). "A Voice So Cruel, and Cold, and Ugly": In Search of the Pirate Accent. Voice and Speech Review, 3(1), 85-97.
  • Paine, R. D. (1922). The Book of Buried Treasure: Being a True History of the Gold, Jewels, and Plate of Pirates, Galleons, Etc., which are Sought for to this Day. Macmillan.

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