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Mi afición a la lectura.

Publicado el 26 marzo 2010 por Miguelmalaga

Groucho decía aquello de "nací a muy temprana edad". Mi vocación por la lectura también fue muy temprana, aunque recuerdo perfectamente que me costó mucho aprender a leer (lo mismo me ocurrió con el permiso de conducir y ahora hago muchos kilómetros todos los días).
En realidad mis primeras influencias lectoras vinieron dadas por dos vertientes: por un lado una colección de cuentos de hadas que había en casa y por otro los comics que iba adquiriendo poco a poco en los kioskos. Nunca se reconocerá lo suficiente la buena influencia que un arte que ha sido tan vilipendiado como el cómic ha tenido en la formación de muchos futuros lectores.
Al principio yo veía más los dibujos que las letras, solo leía por encima para complementar la información que me proporcionaba la representación gráfica. El resto lo completaba mi imaginación.
Poco a poco fui pasando a lecturas más serias. El primer libro que recuerdo haber leído completo y al que le tengo un gran cariño fue "Corazón", de Edmundo de Amicis, una novela de título cursi, pero cuyo contenido quedó grabado a fuego en mi mente impresionable de niño, pues resaltaba valores como la amistad, el compañerismo o el valor del conocimiento. A otras "virtudes", como el patriotismo, no le dí tanta importancia, pues yo no era italiano. No he vuelto a leer ese libro. Quizá algún día lo haga, pero por ahora me gusta recordar el placer que me proporcionó hace ya tantos años.
Con la lectura de "Corazón" puedo decir que abrí la veda de caza y captura de volúmenes apetecibles, que continua vigente a día de hoy. Los primeros que leí fueron los clásicos, todos ellos editados en una colección de editorial Bruguera que aunaba el texto completo de la novela con un resumen en forma de historieta. Así fueron pasando por mis manos los clásicos de Julio Verne, Daniel Defoe o Robert Luis Stevenson. Muchos de ellos fueron releidos a edades más maduras, adquiriendo interpretaciones insospechadas, pero esta es una experiencia común para cualquier lector.
Mis lecturas juveniles estuvieron ante todo condimentadas con aventuras y fantasía. Recuerdo que entre tanto clásico a veces se colaban las aventuras de los Hollister, una serie de libros al estilo de "Los cinco", dedicados a una familia que resolvía misterios. Un hito para mí fue el descubrimiento de "La historia interminable", de Michael Ende, una novela que me deslumbró por la creación de un mundo absolutamente nuevo. Durante algunos años fue mi libro favorito. Puede que pronto vuelva a leerlo.
He hablado antes de Julio Verne. Para mí es uno de los grandes escritores de la historia, no tanto por la calidad de sus relatos, sino por la capacidad que poseen sus escritos para enganchar a tantas generaciones de jóvenes a la lectura. Recuerdo que me gustó particularmente "Dos años de vacaciones", donde un grupo de estudiantes naufragaban en una isla desierta y lograban organizar una sociedad unida para afrontar su situación de la mejor de las maneras posibles. Años después leí la otra cara de la moneda, "El señor de las moscas", de William Golding. La situación de partida era la misma, el resultado radicalmente distinto, el salvajismo atávico de los niños dominaba la situación. Este libro me hizo comprender que existía una literatura distinta más allá de lo que yo estaba acostumbrado a leer hasta aquel momento.
El lector antiguo tiene por costumbre hacer continuamente nuevos descubrimientos de autores y buscar a otros aficionados para compartir la experiencia lectora. De ahí nacen los clubes de lectura, en los que tanto se aprende en cada sesión. Ahí nos damos cuenta de que la grandeza del libro reside en ser capaz de generar tantas interpretaciones y conclusiones como lectores tiene. Y aún el mismo lector puede encontrarse con un libro completamente distinto en sucesivas relecturas.
Los libros nos transportan a otros mundos, a otras épocas. Vivimos otras vidas, leemos los pensamientos y sensaciones más íntimos de esos seres de papel que simulan perfectamente la vida humana, es decir, nuestra propia existencia.
Nunca podré agradecer lo suficiente a los libros lo que me han enriquecido, cuanto me han ayudado a evadirme en los malos momentos y reforzar los buenos. Quien ha leído mucho sabe de la insignificancia de nuestra propia existencia en proporción a los millones que nos han precedido y a los millones que nos sucederán. Cuando llego a la última página de una buena narración, siempre tengo presente que algún día, espero que remoto, también acabará la historia de mi vida.

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