NOTA PRELIMINAR: Esta es la octava entrada de la serie acerca los distintos presidentes que he tenido la oportunidad de racionalizar, o mejor, digerir. Se sugiere al lector revisar los anteriores ingresos antes de revisar este. Lo anterior, dado que hay hechos tratados allí que se dan por conocidos en este ingreso, por razones de espacio.
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Cuando finalizó el gobierno Santos II, los índices de aprobación del entonces presidente eran pésimos. Haber forzado el acuerdo de paz con las FARC a pesar de que el país había votado expresamente en contra de eso, tuvo un costo. En consecuencia, las elecciones presidenciales de 2018 fueron una muestra clara de eso. De los candidatos presidenciales que había en primera vuelta, los que menos votación tuvieron fueron precisamente Humberto De La Calle y Germán Vargas Lleras, el jefe negociador del gobierno con las FARC y el Vicepresidente de Santos, respectivamente. En tercer lugar había quedado Sergio Fajardo, y la disputa final fue entre Gustavo Petro (quien finalizó segundo) e Iván Duque, quien finalmente ganó la presidencia en segunda vuelta.
Duque venía de ser senador por el Centro Democrático, el partido de Álvaro Uribe Vélez. Para esa campaña en específico, Uribe no estaba dispuesto a cometer el mismo error que cometió con Santos. Necesitaba a alguien servil a él y a su causa, y no a alguien con demasiada iniciativa. Entre los candidatos de ese partido, estaban principalmente Duque, María Fernanda Cabal y Paloma Valencia "en el sonajero". De cara a la población, básicamente los votantes teníamos cuatro opciones: 1) El continuador de Santos; 2) La izquierda post-acuerdo de paz; 3) El que (o la que) diga Uribe; y 4) La opción del centro. Siguiendo ese mismo orden, los candidatos eran: 1) Vargas Lleras o De La Calle; 2) Gustavo Petro; 3) Iván Duque; y 4) Sergio Fajardo.
En la primera vuelta, la repartición de votos fue relativamente pareja. Lo único claro es que la gente no quería nada que oliera a Santos y sus candidatos fueron severamente castigados en las urnas. Sergio Fajardo tuvo una votación decente y podría ser determinante para determinar quién sería presidente. Debía decidir si apoyaba a Duque o apoyaba a Petro, y en ese momento tomó una decisión que lo seguirá hasta la tumba: se negó a tomar postura, dijo que se iba a ver ballenas, y se ganó por siempre la etiqueta de "tibio", algo que en la política colombiana es imperdonable, por el ambiente polarizado post-Uribe.
Quien ganó, entonces fue Duque, pero realmente no por mérito suyo. De hecho, Duque no tenía ningún tipo de amplia trayectoria que respaldara su candidatura. Su único mérito era ser el candidato en el que confiaba Uribe. 18 años después de su elección, Álvaro Uribe Vélez seguía siendo muy relevante en la política colombiana. Finalmente ganó el que dijo Uribe. Obsérvese que ya de entrada, la expectativa frente a Duque no parecía muy alta. La gente mayoritariamente no confiaba en él sino confiaba en el voto de confianza que había puesto Uribe en él. Esa no es una muy buena carta de presentación, porque en la práctica, tanto sus seguidores como sus detractores esperaban que en la práctica se comportara como una marioneta de Uribe, y eso en sí mismo es patético.
Ya en el poder, el pueblo realmente vendría a saber qué tan capaz y qué tan independiente sería Duque. Esos primeros momentos serían claves porque permitirían al pueblo saber el carácter de su Presidente. Lamentablemente, Duque no pasó la prueba. La gente recordará por ejemplo, los siguientes tres momentos que demuestran que no estaba a la altura del cargo: 1) Duque y su equipo, recién inauguarado, bailando rock en CATAM a la espera del avión presidencial; 2) Duque cantando en todas las reuniones con gobernantes de otros países; y 3) Duque diciéndole a Felipe VI de España que el Presidente Uribe le enviaba saludos, mientras se iban a tomar la foto de jefes de Estado.
Si uno revisa el gabinete ministerial de Duque, igualmente se da cuenta de que gran parte de ese gabinete no lo ponía él, y adicionalmente nunca se le vio realmente mando y liderazgo sobre su gabinete. Un gobierno uribista, según se ha visto en otros ingresos, debería caracterizarse por tener dos carteras muy fuertes: Defensa y Hacienda. La cartera de Defensa fue seriamente cuestionada durante los 4 años que duró su mandato, y realmente la mayoría de ministros que lideraron esa cartera dejaron mucho que desear. En Hacienda, inició terriblemente mal, con la designación del Ministro Alberto Carrasquilla (quien ya había sido ministro de Uribe, y había sido muy cuestionado en su momento, pero con desempeño más o menos bueno); quien pasó de ser un decente ministro de Uribe a ser un pésimo Ministro de Duque y debió ser relevado, por nefasto.
El sello de Uribe no se veía en el gobierno Duque, pero tampoco se veía un sello propio. Duque fue en general un Presidente mediocre, y su gobierno no parecía suyo, sino de María Paula Correa, que era la jefe de gabinete de Duque. A diferencia del mandatario, Correa no era mediocre y fue quien medianamente estableció control en el gobierno. Quien esto escribe, por ejemplo, al escribir la opinión sobre el Gobierno de Duque, realmente no estoy opinando sobre el Gobierno de Duque, sino sobre el Gobierno de María Paula Correa, y sobre Iván Duque como figura pública, porque genuinamente creo que él no era el que gobernaba realmente. En las pocas cosas que sí incidió, como ayudar a nombrar a su compañerito de clase como Fiscal General de la Nación, fue un error costoso de cuatro años.
A nivel internacional, pocas apuestas fuertes hizo Iván Duque, y la más importante que sí hizo, le salió terriblemente mal. Anunció que Colombia había montado un "cerco diplomático" que iba a generar la caída de Nicolás Maduro, y que iba apoyar al "legítimo Presidente" Juan Guaidó. Intentó formar un frente internacional que obligaría a la dictadura venezolana a capitular. No lo logró. De hecho, no estuvo ni cerca de hacerlo. Por el contrario, mostró nuevamente que nunca tuvo el peso político que aspiró a tener.

Imagen tomada de: www.senalmemoria.co
Durante cuatro años, se estuvo ante un gobierno bastante regular, y un Presidente mediocre. Sin embargo, así como se destaca esto, hay que necesariamente destacar lo que sí hizo bien: lidiar con la pandemia COVID-19. Luego de haber visto lo que fue el gobierno de Gustavo Petro, no quisiera saber lo que habría pasado si este último fuese al que le hubiere tocado lidiar con la pandemia de COVID-19. Duque puede ser mediocre, pero no es un tipo mal intencionado, como su sucesor. En consecuencia, quizo actuar bien, y se dejó asesorar bien. El Ministro de Salud, Fernando Ruiz, gestionó muy bien la crisis de la pandemia. Costó mucho dinero y costó vidas, pero muchísimas menos de las que podría haber costado si no se hubieran adoptado las medidas correctas, como la adquisición de las vacunas, el encierro obligatorio, la adopción de la virtualidad en muchas gestiones con la administración pública, y otras muchas medidas que permitieron que el país no cayera en el abismo. Debo ser claro: no es un logro menor. En este país, que menos de un año después del encierro "desaprendió" lo que debió haber aprendido en la pandemia, era claro que ese tipo de medidas coercitivas, que limitaban muchas libertades, era lo que había que hacer con un pueblo que no suele hacer lo correcto, sino que sigue envidiando a "los vivos".
Años después de finalizar el gobierno de Duque, se decía por los simpatizantes de la derecha, que Iván Duque Márquez había sepultado a la derecha con su mal gobierno. Es parcialmente cierto. Sin embargo, lo que no contaban es que la derecha iba a resucitar por culpa del sucesor de Duque.
