Revista Opinión

Mi tío tenía razón

Publicado el 05 mayo 2016 por Bocanegra @raul_bocanegra

El árbitro acababa de pitar el final del partido. Yo levantaba en brazos y abrazaba a un crío que no llegaría a los 10 años. En ese momento los dos nos vimos y aunque no nos conocíamos de nada nos encajaba perfectamente desahogar nuestra alegría de forma efusiva con un perfecto desconocido. Pocos minutos después me sonaba el teléfono. Era mi tío, creo que muy pocas veces en la vida había hablado con él por ese diabólico aparato que odiaba y del que rehuía siempre que podía. ” – Niño, nos hemos traío la copa. La copa. – Claro que si tito, la copa es nuestra”, le respondía yo con lágrimas en los ojos. Él tenía en ese momento casi 80 años y llevaba cinco décadas vagando por campos enfangados y horas y horas de transistor y disgustos de los grandes.

Antes de irse estuvo a punto de ver a su Sevilla ganar una Liga pero no pudo ser. Esa es una de mis grandes penas aunque sé que se fue viendo al equipo de sus amores ganando y reinando y eso no es poco. Por eso, siempre que hay partido, y más en las citas como hoy, entro al campo, me siento en mi bendito Gol Norte y miro al cielo: “Gordo, hoy ganamos”. Y es que yo siempre pienso que hoy ganamos, mañana será otra historia. Y ese, fundamentalmente es uno de los motivos que me hacen mantener esta locura de amor por un equipo de fútbol. No le pido a nadie lo comparte conmigo ni incluso que me entiendan, si que me respeten. Esta locura se transmite y hace que nada vuelva a ser igual.

Diez años hace de ese abrazo con un niño desconocido que hoy será un hombre y de esa llamada de complicidad con mi tío. Y desde entonces, fiel al ADN sevillista, pensaba que esta historia de amor con los partidos importantes, las semifinales, las finales y nuestros capitanes levantando copas como el que reparte caramelos se iba a acabar. Pero no se acaba. Después del gol de Puerta llegó la final Eindhoven, la mano de Palop, el gol de Kanouté, el penalti de Rakitic, el pase de Reyes y así suma y sigue hasta que esta noche volvamos a la batalla con unos viejos conocidos del Sur de Ucrania.

Así que hoy volveré a mi grada sin miedo, con orgullo y con respeto. Volveré a mirar al cielo pidiendo un poco de ayuda. Volveré a cantar con los míos clamando por una nueva final. Volveré a sentir lo que se siente cuando uno no puede vivir sin pisar el Ramón Sánchez Pizjuán. Y ganemos o perdamos habremos vivido otro día único, de esos de los que mi tío tuvo que esperar 50 años para poder ver y nosotros, una generación de afortunados (y más de un desagradecido), estamos viendo prácticamente todas las temporadas. Hoy, cuando el balón empiece a rodar a las 21:05, recuerda Sevilla, no estás solo en esta batalla.


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