Revista Salud y Bienestar

Miedo al cambio

Por Carlosmatabuena

En toda organización, en todo grupo humano hay una inercia. Cualquier novedad que pueda afectar el “status quo” y las relaciones de poder dentro de la misma, se tiende a percibir como una agresión o como un peligro. Esto sucede mucho más y casi de forma invariable, si la iniciativa no parte de la cúpula sino de la base de la organización.

Lo mismo ocurre en las empresas, organizaciones e instituciones, tanto de caracter público como privado (quizás más en las primeras), en las que la innovación, la originalidad, las nuevas ideas, los nuevos proyectos, las tendencias emergentes se estiman más como un peligro que como una oportunidad.

La primera reacción ante el posible “cambio o novedad” suele ser recelosa y desconfiada. Tras ésta primera fase, se suele pasar a una segunda, en la que se solicitan todo tipo de explicaciones a los promotores de la nueva idea, en muchas ocasiones con la intención de que ellos mismos den argumentos que justifiquen su rechazo.

Posteriormente se llega a un tercer paso, que es el de la resistencia al cambio. En éste momento, suelen desecharse las ideas bajo pretextos varios. Los más usados son:

  • la prudencia y el miedo a equivocarse (“mejor ir despacio… tiempo tenemos más adelante, hay que ser prudentes”)
  • la falta de presupuesto (“en momentos de crisis no nos podemos permitir novedades”)
  • la cualificación deficiente (“no estamos preparados para eso”)
  • la prioridad baja (“hay cosas más importantes a las que dedicarnos en la actualidad”)
  • la pérdida de control (“eso se nos puede ir de las manos”)…
  • …etc

Hay innumerables excusas… pero el resultado final en muchas ocasiones es el torpedeo y hundimiento de la idea o propuesta innovadora. Las organizaciones tienden a “aburguesarse”, a enquistarse y a cerrarse en sí mismas. Las sanitarias, también.

Una alternativa que llegados a éste punto utilizan a menudo los “resistentes al cambio” es la de “que todo cambie, para que todo siga igual”… es decir, innovar en lo accesorio para dejar inalterado lo sustancial.

Tenemos múltiples ejemplos de todo lo anterior. Estoy convencido de que aquellos que esteis leyendo éste artículo recordais vuestras propias experiencias que avalan ésto.

Pero estamos en momentos muy especiales, momentos en los que la información fluye… en los que es muy difícil que podamos “comulgar con ruedas de molino”. La sociedad es multiforme, cambiante, oscilante. Todo cambia y quien no esté dispuesto a ello, podrá retrasar el cambio, pero no impedirlo.

Se habla contínuamente de innovación, es una palabra “totem” actualmente, pero la innovación se ha de dar a todos los niveles, a niveles estructurales, jerárquicos también. Las organizaciones han de ser reestructuradas. Sus formas, han de dejar de ser del siglo XX o incluso XIX, para tener una estructura dinámica, fluida, receptiva, promotora de lo nuevo, y no enquistada en las maneras de la postrevolución industrial.

También productividad es un término “de moda”. Pero es bien sabido que uno de los factores que mejoran la misma es la innovación. Por tanto, la resistencia al cambio es una rémora contra la que las organizaciones han de luchar si quieren ser realmente eficaces y competitivas.

Aun así, la palabra cambio, es muy atractiva. Los políticos de uno y otro signo, lo saben bien. En varias elecciones generales han usado su concepto como eslogan para conseguir una victoria. A los electores les cautiva “cambiar”.

Hoy he escrito sobre el “camino oscuro”. Afortunadamente no siempre es así. A veces, las resistencias se vencen, las organizaciones cambian, fluye lo nuevo y se avanza. Se protege al innovador como especie en extinción, se la apoya y se le deja impregnar a toda la organización.

Dejémonos cautivar por el cambio. Gestionemoslo con respeto, pero sin miedo.

Siempre es mejor estar en la cima o cresta de la ola, que ser arrasados por ella. Y éste tsunami no hay quien lo pare.

Miedo al cambio


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