Revista Cultura y Ocio

Miedo al hombre

Por Elircourt
MIEDO AL HOMBRE

     Suelo atravesar un inquietante pasillo cuando realizo el paseo nocturno con mis perros. Debido a la desaparición de la acera, ocupada por la barriga cuadrada de un gran edificio, me veo obligada a desviarme del camino en línea recta. No llega ni tan siquiera a un minuto el tiempo que tardo en recorrer ese pasaje, flanqueado a un lado por la espalda del edificio y al otro por un largo muro. Sin embargo, durante esos eternos segundos me asalta un miedo incontrolable.

     El pasillo tiene algunos entrantes. Una persona podría ocultarse en uno de los rincones y atacar de forma desprevenida a cualquiera. En verdad, mi imaginación se encarga de inventar el peligro mientras atravieso el callejón oscuro. Huele a meado, reina en él la suciedad y está desierto. Solo se ve a poca gente cruzándolo para alcanzar de nuevo la bulliciosa calle. ¿Por qué entonces la inexplicable sensación repentina de amenaza?

     Elizabeth Hardwick ofrece algunas pinceladas en Noches insomnes sobre el miedo atávico de numerosas mujeres. Sus palabras me llevan a asociar el pasillo con la noche negra y despoblada, en silencio. Me invitan a preguntarme si los hombres sienten el mismo miedo que las mujeres cuando andan solos de madrugada por la calle y se cruzan de pronto con un desconocido. Los hombres, creo, podrán temer un atraco o un ataque violento. A las mujeres les aterroriza antes una posible agresión sexual, una violación. 

     Nosotras acostumbramos buscar la ayuda de los hombres. Paradójicamente, le tenemos miedo a la figura masculina. El miedo al hombre debe de fraguarse desde muy pronto, en la infancia, pensé la última vez tras salir del pasillo. Regresé con el pensamiento al pasado común a muchísimas niñas.

     Elizabeth Hardwick se refiere con acierto en su libro a la compartida vivencia temprana de la enmarañada naturaleza del soborno. En algún lugar, un hombre de sonrisa amable y cariñoso, nos regalaba chocolate o caramelos a cambio de meternos la mano debajo del vestido. Así comenzó todo, tal vez. En palabras de Hardwick, con el primer regalo de un depredador.



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