
Su abuelo, un saurio malhumorado, odió aquellas plumas con que nació y que le hacían diferente. Su padre, deprimido, las despreció por inútiles y quebradizas. Él no sabía qué pensar: ¿para qué servían? Su hijo aceptó llevarlas sin preguntar. Su nieto aprendió a volar con ellas.

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