Revista Cultura y Ocio

Mira, pero disimuladamente – @tearsinrain_ + @NaEnEspiral

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

No debería haber venido. Solo acercarme al edificio he empezado a sentir la presión y he sabido que ella estaba allí. Al entrar, el vértigo me ha invadido como se invade la intimidad de quien confía en ti y los escalones se han hecho más altos, se han multiplicado, casi caigo. Mi amigo Román no sabía si ella vendría pero creía que no. Por eso accedí. Pero sí. Ha venido. Y todo está volviendo a suceder y no sé si voy a poder soportarlo. El aire se comprime y me aprieta por dentro y por fuera, la temperatura en mi zona de confort sube hasta límites imposibles, tragar saliva es sentir latigazos en la garganta, lo veo todo con efecto túnel sin haber probado todavía una gota de alcohol. Cada conversación, cada saludo que recibo, suena infinitamente lejano. Lo primero que hago al entrar es dirigirme a las mesas donde está la bebida, me sirvo antes de nada un vaso de agua fría y después me preparo el gin-tonic de inicio, más suave que los que vendrán, con muchos detalles: echo dos cubitos grandes, una rodaja de limón, elijo la marca de ginebra y la de tónica, tomo unos granos de soja y un par de pistachos pelados y lo añado al combinado. En realidad esto me parece una estupidez, esa afición por convertir un gin-tonic en un doctorado. No necesito buscarla. La noto. Un cable invisible o, mejor dicho, un tentáculo imperceptible, ha salido de mi cuerpo o quizá de mi alma y me ha unido a ella. Está volviendo a suceder. No debería haber venido.

Esa melodía repetitiva y las dos copas de ron que llevo encima están empezando a hacer efecto. Casi imperceptiblemente mis pies han empezado a marcar el ritmo, cierro los ojos, ahora es mi cadera la que juega a balancearse mientras la voz robótica de la canción dicta sentencia “Love is a drug, Love is an illness”. Dicen que enamorarse es una droga, que dispara las endorfinas, que las pupilas se dilatan, el mundo se para y el pulso se acelera. Dice la dulce leyenda que el amor es lo que necesitas, lo único que necesitas. No creo en leyendas, no en que éstas sean dulces, quizá sí puedo compartir que el amor es una droga. Una simple dosis me puede (os puede) matar. No, no quiero ser dramática. No, no es una comparación exagerada. No, no estoy volviendo a fantasear. Y este terrible dolor de cabeza, debe ser garrafón seguro. Pero es demasiado pronto, debería estar disfrutando de los efectos primarios del alcohol barato y no en plena resaca de domingo por la mañana. Me punzan las sienes, me tiembla el pulso. No es mi pulso, quizá el bafle está totalmente sobrepasado por el bombo insistente y machacón de la canción y de ahí el temblor bajo mis pies. Hago un esfuerzo que me parece titánico para mantener el equilibrio, mis tacones se han convertido en los cimientos de un castillo de naipes que de un momento a otro va a caer. Entonces lo siento, lo noto. Está volviendo a suceder. Él está aquí.

Román se disculpa, estaba convencido que ella no estaría aquí. Pregunta si quiere que nos vayamos. Pero ya es tarde, el tentáculo ha salido y no sé hacerlo regresar. Hay una vibración en el aire que nadie nota, el movimiento ligero de sus caderas al seguir el ritmo de una canción que no me gusta desplaza el aire y las ondas y el calor. No me gusta la mayoría de la música y eso que me gusta un montón de música. Doy un largo sorbo al gin-tonic, uno de estos en que el amargor de la tónica no consigue eliminar el sabor a colonia de la ginebra. Si la miro todo estará perdido. Lo que pasó la última vez sigue presente en la memoria y sigue siendo inexplicable para el mundo. Sin embargo casi todo mi cerebro necesita concentrarse para no girar los ojos hacia ella. Podría hacerlo disimuladamente, la tentación es de tamaño desproporcionado, es un monstruo gigante que ocupa todo el espacio y el tiempo y no les deja interactuar, crea una dimensión única en la que uno anula al otro. Román insiste en un vayámonos que casi no percibo, hasta que me coge por los hombros y me mira con sus ojos del color del césped poco regado. Balbucea, habla, mueve los labios emitiendo un sonido que al final entiendo: “no puede volver a suceder”. Respondo algo parecido a que ya lo sé y me giro mirando al suelo. Camino hacia otra banda del salón donde hay gente que conozco e intento adentrarme en la conversación que mantienen, hablan de series de televisión. Río a algún comentario, consigo decir alguna cosa después de los saludos. Pero no estoy allí, estoy a unos metros, estoy con ella sin estarlo. Ella también sabe que yo he venido, y su tentáculo ya se ha unido al mío. O salgo corriendo ahora o resisto estoicamente la tortura de no hacer nada. Y entonces, la conversación en la que estoy cambia, empiezan a hablar de lo qué pasó aquella vez, una noche parecida a esta, que qué fuerte, que nadie lo entiende. “Mírala, pero disimuladamente”, pienso a la vez que una voz repite que no puede volver a suceder. Mi cabeza se ladea, mis ojos van tanto a la derecha como pueden, solamente quiero verla un instante, no sucederá nada.

Su olor, mi pituitaria es una especie de radar cuando él está cerca. Las copas, los diversos perfumes, las hormonas sexuales de un montón de jóvenes deseando hacerse notar, el ambientador que cada cierto tiempo despide una fragancia que presume ser azahar, todo se neutraliza. Sólo su olor. Mi pulso, rápido, tembloroso, como medio embrague preparado para que el pedal de gas se hunda hasta el fondo. Y entonces pasa, nuevamente pasa, una sensación de náusea profunda me invade, mi estómago se vuelca sobre sí mismo, mi vientre que a ojos de cualquiera pareciera plano y trabajado a base de abdominales se empieza a abombar, un destello de luz me nubla la vista, baja por mi garganta a ritmo vertiginoso, llena mi tráquea impidiéndome respirar con normalidad, aterriza en mis vísceras y, desde ahí, empieza su frenética lucha para salir de mi cuerpo. Lo noto rasgándome, golpeando las paredes de mis entrañas, es entonces cuando se abre camino a través de mi ombligo. Ya no hay marcha atrás. Mi luz va hacía él, lo busca y lo encuentra. Noto cuando nos acoplamos porque su apéndice me agarra como un tentáculo gigante, me aprisiona haciendo ventosa.  Pese a lo extraño de esta situación que ya conozco, pese al malestar físico, pese a que conozco las consecuencias, os aseguro que nunca en mi vida me sentí mejor. Necesito verlo, me digo, necesito que toda esta locura cobre sentido, sólo con su mirada sé que me bastará. Escudriño la sala siguiendo el halo de luz que nace en mi cuerpo, y me digo, “Mira, pero disimuladamente”. Ahí están sus ojos marrones, pequeños, comunes, nada llamativos, pero tan llenos de poder. Quizá sólo es una milésima de segundo la que la intensa llamarada que acabamos de crear me deja mirarlo, me basta.

Mierda. No hay marcha atrás. Ahí están sus ojos verdes ciencia ficción. Un espiral enorme se cierne sobre nosotros. A alguien le explota un mechero al ir a encenderse un cigarro, a su lado otro alguien pega un grito cuando le estalla el vaso en las manos. Si no hubiéramos coincidido, habría salvación. Demasiado tarde. El choque de nuestras miradas ha provocado un destello brutal de electricidad estática. Todas las lámparas parpadean, la gente empieza a asustarse, los que han bebido demasiado, demasiado pronto, se ríen y sueltan comentarios graciosos que sólo los que están como ellos ríen. El espiral empieza a cerrarse. Oigo de fondo a Román diciendo que nos vayamos antes que sea tarde. Él sabe lo que pasó la otra vez. Doy un paso adelante poseído por un agujero negro en el centro del espiral que me atrapa. Los enchufes empiezan a soltar chispas, la música sube hasta un volumen intolerable, la exprimidora sale disparada. La nevera escupe. No puedo apartar la mirada, es imposible. Si no hubiéramos coincidido aún habría salvación. Román me tira del brazo, pero por mucha fuerza que haga no conseguirá nada. Otro paso, el agujero se hace más grande, el espiral se cierra. Noto como la sangre empieza a hervir, palpitan todas mis venas, mi respiración se vuelve tan intensa que absorbo el oxígeno de los demás. Los libros y los discos caen de las estanterías, los cristales de botellas, copas y ventanas van quebrándose y luego se hacen añicos. Algunos gritan preguntando que qué pasa. Pronto el mundo más allá de ella dejará de existir, como la otra vez. Otro paso. Sus labios. Su boca medio abierta, oigo y siento su respiración, un hilo de aire nos une también, alguien se desmaya a mi lado. Se van, Román me mira y suplica que no, que por favor no. Luego sale corriendo. Uno que llamaba a la policía o a los bomberos o a la ambulancia chilla de dolor cuando su móvil le arde en las manos. El labio superior ligeramente arqueado, el inferior más delgado. El suelo tiembla, caen algunos muebles.

No tengo ni idea de cuánto es el espacio que nos separa, creo que si alargo el brazo le puedo rozar. De hecho, mi brazo ya tomó la determinación hace unos segundos. Rozo su mejilla, arde, ardemos. Me quema tanto que creo en breve mi piel empezará a desollarse bajo una ampolla enorme. Sonrío. Me mira mientras retira un mechón de pelo de mi frente. Los gritos aumentan. Debería ser razonable y parar esto ahora, retirar mi brazo, mi mirada y mi sonrisa y correr hasta llegar a cualquier lugar donde no esté él. Una gran grieta empieza a crecer a mi espalda, nos rodea. Es un círculo perfecto, se hace profundo a medida que me toca, dejándonos completamente fuera del resto. A su espalda Mario, aquel chico que siempre me miró con la sonrisa triste de quien sabe demasiado pero no pretende ahondar en nada, nos grita, aúlla, finalmente huye, juraría que sin mirar atrás. Yo sólo acierto a distinguir su figura difuminada que se mueve nerviosa intentando apartarnos sin conseguir siquiera acercarse a nosotros. Y Carla, la chica a la que siempre veo tomando café en la facultad, diría que es ella la que yace inconsciente bajo el montón de vidrios de la cristalera. Quiero llorar, separarme de él y esconderme en un rincón a maldecirme por ser la hija de puta que está creando este infierno. Quiero, pero no puedo, sólo sonrío mientras sus labios se acercan a mi boca. Bésame, le implora mi deseo. Aléjate, reza mi mente.

El beso, ese primer beso de la segunda vez, es una implosión del todo. Todos los sabores, todos los colores, todos los sentidos, todos los sentimientos, todas las emociones. De fuera hacia adentro, la reducción del mundo a un momento y a una sensación. El roce de los labios semiabiertos y los ojos cerrados, la piel respirando la piel del otro, la concentración del universo en un átomo. Está volviendo a suceder. No debí mirarla. Igual que la primera vez, las paredes se desmoronan, caen ladrillos como lluvia. Ya da igual. El edificio entero se tambalea y cae, pero nosotros seguimos en pie sobre el aire de nuestra respiración entrecortada. Flotamos por encima de las ruinas. De fondo, llegan las sirenas de bomberos, policías y ambulancias. Gritos de socorro de algún vecino colgado de una ventana que se abre al vacío. Abro los ojos en una pausa del beso y me veo en su retina, soy un ratón en un laberinto, un ratón que se ha olvidado del camino de la comida y elije siempre el de la droga que le matará si el hambre no llega primero. Soy el que va a saltar sobre las nubes sabiendo que no le sostendrán. Por unos instantes creo que podríamos deshacernos, y oigo voces que vienen del suelo y de los lados exclamando que aquello no es posible. Mi mano izquierda rodea su cintura y la derecha le acaricia la cara, no puedo. Y en el segundo beso de la segunda vez, más apasionado y sin miedo a las consecuencias que nos rodean, una onda expansiva arrasa lo que quedaba en pie, se disparan las alarmas de coches y tiendas, se rompen cristales a kilómetros de distancia, se abre el cielo nocturno en un remolino de nubes de tormenta, el ojo del huracán, el epicentro del terremoto que ya se fragua en el temblor del suelo en el que los supervivientes nos miran sin entender nada. Un helicóptero nos alumbra y una voz aumentada nos pide que nos detengamos. Pero es tarde.

Este momento debería ir acompañado de una canción tierna, una voz rasgada junto a una guitarra acústica, un solo de piano, quizás. Pero no, esta no es una historia de amor de fotografía sepia y baile de fin de curso. Esta es la historia de una tragedia para vosotros, del momento soñado para nosotros. Bebería de su saliva aun sabiendo que el fin del mundo se acerca, y así lo hago. Humedezco mis labios y sólo espero a que los suyos se unan para encajarme cual engranaje perfecto, es mi lengua la que le busca y él me sigue en un baile perfecto, unimos las bocas, mi nariz respira de sus poros mientras suavemente sus dientes buscan mordisquear mi labio inferior, acerco mi pelvis a su entrepierna y dejo que el deseo se encargue del resto. Mientras mete su mano en mis bragas un estruendo horrible resuena en mi cerebro, o quizás en mis oídos, no me importa, a estas alturas estoy tan húmeda que sólo una catástrofe nuclear podría evitar que mis manos veloces le desabrochen el cinturón. Exijo lo quiero dentro mío con un gemido y la palabra mágica en su oído. Rápido, sin contemplaciones, me tumba en el suelo y noto como entra sin ningún tipo de impedimento, le beso mientras miro a sus ojos. Una embestida, el estruendo crece, su sonrisa se torna un rictus lleno de horror, el ruido es tan fuerte que si mis manos no estuviesen agarrando su nuca me taparía los oídos. Otra embestida, aparto mi mirada de sus ojos y miro al cielo. ¿Cielo? Donde antes había una cúpula azul salpicada de nubes, ahora sólo hay mancha negra de dimensiones gigantescas. Esa especie de monstruo nebuloso va engullendo a su paso todo aquello que encuentra, lo último que veo desaparecer entre sus fauces es el helicóptero que minutos antes nos enfocaba. Aprieto su culo contra mí para que no se mueva ni un ápice, cierro los ojos. Aún sin verlo sé que vuelve a sonreír.

Silencio. Ya no hay nada, sólo nosotros.

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