Revista Cultura y Ocio

Mis lecturas recomendadas de la prensa de hoy

Por Harendt

Hola. Buenos días de nuevo.

Dos de noviembre, día de los Fieles Difuntos en la tradición católica, Día de los Finaos en el folclore canario... No me resisto a reproducir lo que escribí en mi blog, Desde el trópico de Cáncer, tal día como hoy de hace cuatro años: Vivir es tener una historia que contar a quienes vienen después, comenzaba diciendo. Lo comentábamos ayer mi mujer y yo hablando de nuestras vivencias infantiles sobre el Día de los Difuntos. Ella me recordaba con cariño los Ranchos de Ánimas de su infancia, aquellos grupos de cantadores y tocadores cuya finalidad original era recaudar fondos para sufragar las misas de difuntos... Y yo le recordaba las numerosas veladas de mi infancia acurrucado junto a mi madre al calor del brasero, bajo la mesa camilla de casa, ayudándola a desgranar las lentejas que iba a preparar como comida para el día siguiente, mientras oíamos, año tras año por la radio el Don Juan Tenorio de Zorrilla... Sabía a ciencia cierta que esa noche iba a tener pesadillas, pero no me privaba de escucharlo ni un solo año...

Se cuenta que un afamado escritor contemporáneo suyo le preguntó al filósofo británico David Hume si no tenía miedo a la muerte o preocupación por el más allá. La respuesta de Hume fue que si nunca le había preocupado saber donde había estado antes de nacer, difícilmente iba a preocuparle donde iba a estar después de morir. 
Me parece una respuesta inteligente y madura. Hace un tiempo comentaba con dos buenas amigas la impresión que me había causado el libro El corazón de las tinieblas, del escritor polaco-británico Josep Conrad, que acababa de terminar de leer, y en la que cobraba sentido esa pregunta sobre el sinsentido de la existencia: "Luchar a brazo partido con la muerte es lo menos estimulante que puede imaginarse. Tiene lugar en un gris implacable, sin nada bajo los pies, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en los propios derechos, y aun menos en los del adversario. Si tal es la forma de la última sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que alguno de nosotros piensa. Me hallaba a un paso de aquel trance y sin embargo descubrí, con humillación, que no tenía nada que decir".
Tremendo y desolador alegato sobre la existencia, sobre el sentido de la vida... Yo, la verdad, no sé si lo tiene. Soy de los que piensa que no. Que estamos aquí por puro azar. Que somos polvo de estrellas, como dice uno de los personajes de El mundo de Sofía, del escritor noruego Jostein Gaarder. Que al final vamos a desaparecer sin dejar rastro. Que todo lo que ha existido se extinguirá sin dejar recuerdo ninguno de su existencia ni de nuestro paso por el mundo. Y no me refiero al paso personal de cada uno de nosotros, que no tiene mayor importancia, sino al de la humanidad completa. De la que nada quedará, ni siquiera memoria...
Hay pocas cosas que puedan consolarnos de ese sinsentido de la existencia, Entre ellas, el amor, la amistad y los libros. El amor de las personas más cercanas: esposos, hijos, nietos, padres, hermanos. La amistad, el más noble de los sentimientos humanos, el que nos hace solidarios con los otros: un poco de generosidad y el hombre es un paraíso para el hombre, dejó dicho Jean-Paul Sartre. Y los libros y la historia, claro, porque nos permiten conocer lo que otros han hecho antes que nosotros; y dejar constancia de lo que nosotros hemos hecho antes de que lleguen los siguientes.
Leí hace tiempo una bellísima autobiografía del escritor israelí Amos Oz, el mismo del que hablaba en mi entrada de ayer, titulada Una historia de amor y oscuridad. Un relato sobre la historia de su familia, que se inicia a mediados del siglo XIX en Europa oriental y continúa hasta el Israel del siglo XXI: Cuando era pequeño, cuenta Oz en las primeras páginas, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero un libro, añade más tarde, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reikjavik, Valladolid o Vancouver.
En esa misma obra de Amos Oz hay unas páginas que el autor dedica a su relación como alumno con el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Samuel Hugo Bergman. Casi el único tema que trataba nuestro maestro, dice, en unos encuentros privados que mantenía en su casa todos los lunes con su grupo de alumnos preferidos, era la pervivencia del alma, o la posibilidad, si es que existía alguna posibilidad, de una existencia después de la muerte. De eso nos hablaba, dice Oz, las tardes de los lunes de aquel invierno, mientras la lluvia golpeaba las ventanas y el viento silbaba en el jardín. A veces nos pedía nuestra opinión y escuchaba atentamente, no como un maestro paciente vigilando los pasos de sus alumnos, sino como alguien que estuviera oyendo una obra musical muy compleja y entre todos los sonidos tuviese que localizar uno especial, menor, y determinar su autenticidad.
-Nada, sigue contando Oz, -nos dijo una de aquellas tardes inolvidables para mí, hasta tal punto no lo he olvidado que creo que podría repetir sus palabras casi al pie de la letra-, nada desaparece. Jamás. De hecho la palabra "desaparición" supone que el universo es aparentemente finito y que es posible alejarse de él. Pero naaada (alargó a propósito esa palabra), naaada sale jamás del universo. Ni tampoco entra en él. Ni una sola mota de polvo desaparece ni se añade. La materia se transforma en energía y la energía, en materia, los átomos se unen y se vuelven a separar, todo cambia y se transforma, pero naaada puede pasar de ser a no ser. Ni el más minúsculo pelo que pueda brotar en la punta de la cola de un virus. El concepto de infinito es completamente abierto, abierto hasta el infinito, pero al mismo tiempo es un concepto cerrado herméticamente: nada sale y nada entra.
Pausa. Una sonrisa desnuda e ingenua se expandía como la luz del ocaso por el paisaje de arrugas de su rostro rico, fascinante:
-Y entonces por qué, tal vez alguien pueda explicármelo, por qué se empeñan en decirme que lo único que se aparta de esta regla, lo único que está destinado a ir al infierno, a convertirse en no ser, lo único a lo que le espera la aniquilación total en todo el universo, donde ningún átomo puede reducirse a la nada, es precisamente a mi pobre alma. ¿Es que cualquier mota de polvo y cualquier gota de agua va a continuar existiendo eternamente, aunque con otra forma, todo excepto mi alma?
-El alma  -murmuró algún joven y perspicaz genio desde un rincón de la habitación- aun no la ha visto nadie.
-No -aceptó Bergman de inmediato-, pero tampoco las leyes de la física y las matemáticas se las encuentra uno por los cafés. Tampoco la sabiduría, la necedad, el placer o el miedo. Nadie ha metido aun una pequeña muestra de alegría o de nostalgia en una probeta. Pero, mi querido joven, ¿quién te está hablando ahora? ¿Los humores de Bergman te están hablando? ¿Su bazo? ¿Será por casualidad el intestino grueso de Bergman el que está filosofando contigo¿ ¿Y quién, perdóname, provoca en este momento esa sonrisa tan poco agradable en tus labios? ¿No es tu alma? ¿Los cartílagos tal vez? ¿Los jugos gástricos?
Y en otra ocasión dijo:
-¿Qué nos espera después de la muerte? Naaadie lo sabe. De cualquier modo es un desconocimiento que comporta cierta demostración o cierto potencial de persuasión. Si yo cuento esta tarde que a veces oigo la voz de los muertos y que su voz es más clara y comprensible para mí que la mayoría de las voces de los vivos, tenéis todo el derecho a decir de inmediato que este viejo se ha vuelto loco. Que ha perdido un poco la cabeza por el espanto que le causa la cercanía de la muerte. Por tanto no os hablaré de voces, esta tarde os hablaré de matemáticas: como naaadie sabe si hay algo o no hay nada más allá de nuestra muerte, de este desconocimiento absoluto se puede concluir que la posibilidad de que exista algo es exactamente igual a la posibilidad de que no exista nada. Un cincuenta por ciento para la aniquilación y un cincuenta por ciento para la pervivencia. Para un judío como yo, un judío de Centroeuropa de la generación del holocausto nazi, esa posibilidad de pervivencia completamente estadística no es en absoluto despreciable.
Por aquellos años, sigue relatando Oz, también a Gershom Scholem, amigo y admirador de Bergman, le fascinaba al tiempo que le mortificaba la cuestión de la vida después de la muerte. La mañana en que informaron por la radio de la muerte de Scholem escribí: "Gershom Scholem ha muerto esta noche. Ahora lo sabe. También Bergman lo sabe ya. También Kafka. Y mi madre y mi padre. Y sus conocidos y amigos, y la mayoría de los hombres y mujeres de aquellos cafés, aquellos que utilicé para contarme historias y aquellos que ya han caído en el olvido, todos lo saben ahora. Algún día también nosotros lo sabremos. Y mientras tanto seguiremos aquí recopilando diferentes datos. Por si acaso". Por eso he escrito al inicio de la entrada lo de que vivir, a fin de cuentas, no es más que tener una historia que contar a los que vienen después...
Manuel Fraijó, catedrático emérito de Filosofía en la UNED, mi alma mater, escribía ayer un hermoso artículo en El País sobre el asunto de la muerte. Por mucho que se la intente esquivar, dice en él, la muerte jamás falta a su cita y nunca nos encuentra preparados. “Hay que saber llorar”, decía Unamuno a propósito de ese último viaje para el que no sirve cualquier aprendizaje. Se titula Otra vez es noviembre. Y se lo recomiendo encarecidamente,
Dejó escrito Spinoza, comienza diciendo, que el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte. Algunos sociólogos parecen darle la razón al destacar que en las sociedades modernas la muerte pierde visibilidad y tal vez disminuye incluso su carácter dramático. En favor de su tesis aducen, en primer lugar, que gracias a los adelantos de la medicina nuestros padres y familiares más cercanos mueren en edades avanzadas, cuando ya nuestra dependencia de ellos no es tan acuciante; señalan, además, que, por lo general, ya no se muere en casa, sino en los hospitales y clínicas, bajo los cuidados de personas que apenas conocen al paciente y que, por tanto, no pueden sentir su muerte como se sentía cuando esta acontecía en el domicilio familiar; en tercer lugar dan importancia al hecho de que, después del fallecimiento, se hace cargo del cadáver personal especializado —funerarias— que tampoco conoció al difunto durante su vida, algo bien diferente de los tradicionales velatorios en casa. Por último, los cortejos fúnebres suelen evitar el centro de las ciudades. Se argumenta que lo hacen para no entorpecer el tráfico, pero los mencionados sociólogos se malician que los motivos son otros: restar visibilidad a la muerte, evitar a las sociedades bien instaladas en el éxito y el triunfo la contemplación del último viaje, del camino sin retorno. “La verdad de las cosas finitas —escribió Hegel— es su final”. Y un buen conocedor de Hegel, el también filósofo Eugenio Trías, evocó la muerte como “el inicio del más arriesgado, inquietante y sorprendente de todos los viajes”.
Y es que por mucho que se la intente esquivar, añade, la muerte siempre sale airosa, jamás falta a su cita; y nunca nos encuentra preparados. Ortega y Gasset se lamentaba de que ninguna cultura ha enseñado al hombre a ser “lo que constitutivamente es: mortal”. Se trata probablemente del más arduo de los aprendizajes. Religiones y filosofías se juramentaron durante siglos para lograr un correcto ars moriendi; pero el arte de morir siempre será una asignatura pendiente. Ortega se extrañaba, pero ningún mortal aprende a morir, la muerte no se ensaya. Freud pensaba incluso que nadie cree en su propia muerte. El memento mori —recuerda que tienes que morir— resuena a través de los tiempos como constante advertencia filosófica y religiosa.
Una advertencia que en el mes de noviembre se torna —para muchos— meditación y oración y —para todos— recuerdo y gratitud, continúa escribiendo. El “animal guardamuertos”, que según Unamuno somos todos, inicia este mes visitando, adecentando y engalanando con flores sus “moradas de queda”. Así llamaba este genial filósofo, escritor y poeta a nuestros cementerios. Las contraponía a las “moradas de paso”, a las “habitaciones” de los vivos. Y se maravillaba de que, ya en tiempos remotos, gentes que vivían en “chozas de tierra o míseras cabañas de paja” elevasen “túmulos para los muertos”. Con gran vigor concluía: “Antes se empleó la piedra para las sepulturas que para las habitaciones”. Unamuno reposa en su “morada de queda”, en el cementerio de su querida Salamanca. Con razón, a su muerte, escribió Ortega: “Ya está Unamuno con la muerte, su perenne amiga-enemiga. Toda su vida, toda su filosofía han sido, como las de Spinoza, una meditatio mortis”. “Hay que saber llorar” fue la última recomendación unamuniana ante la muerte. Elogió, con su habitual ímpetu, la fuerza de un miserere entonado en días de tribulación.
Aunque Nietzsche calificó a la muerte de “estúpido hecho fisiológico”, añade, lo cierto es que todas las culturas han intentado comprenderla y explicarla. Un antiguo mito melanesio, llamado “la muda de la piel”, la explica así: al principio, los humanos no morían, sino que cuando eran de edad avanzada mudaban la piel y quedaban rejuvenecidos de nuevo. Pero un día aconteció lo inesperado: una mujer mayor se acercó a un río para cumplir con el rito de mudar la piel; arrojó su piel vieja al agua y volvió a casa rejuvenecida y contenta; pero su hijo no la reconoció, alegó que su madre en nada se parecía a aquella extraña joven. Deseosa de recuperar el amor de su hijo, la mujer volvió al río y se puso de nuevo su vieja piel que había quedado enredada en un arbusto. Desde entonces, concluye el relato, los humanos dejaron de mudar la piel y murieron. El origen de la muerte se relaciona en este mito con la única fuerza superior a ella: el amor de una madre.
Otra explicación mitológica, continúa más adelante, muy común en África, es la del “mensajero fracasado”. Según esta leyenda, Dios envió un camaleón a los antepasados míticos con la buena nueva de que serían inmortales; pero al mismo tiempo envió un lagarto con el mensaje de que morirían. Como era de temer, el camaleón se lo tomó con calma y llegó antes el lagarto. Así entró la muerte en el mundo; no se culpa a Dios, sino al pobre y lento camaleón. De parecido tenor es otro motivo, también africano, el de “la muerte en un bulto”. Dios permitió al primer hombre que eligiera entre dos bultos: uno contenía la muerte, en el otro estaba la vida. Como tantas otras veces acontecería a sus descendientes, el primer hombre se equivocó de bulto y nos quedamos para siempre con la muerte.Estamos ante intentos, muy indefensos, de explicar lo inexplicable, señala. Sin olvidar, naturalmente, que también existe el rechazo de toda explicación, la aceptación serena del perecimiento sin ánimo alguno de vencer a la muerte. Fue el caso, entre tantos otros, de Borges: anhelaba “morir enteramente” y “ser olvidado”.
En realidad, sigue diciendo, son las religiones las que con más ahínco se afanan en salvarnos de la muerte. Casi todas quieren consolarnos con la promesa de que las unamunianas “moradas de queda” no tendrán la última palabra. En concreto, toda la historia del cristianismo es un denodado forcejeo contra la nada como origen y como meta final de la vida. Cuenta Hans Küng que una de sus hermanas le preguntó a bocajarro: “¿Crees realmente en la vida después de la muerte?”. La respuesta fue un “sí” espontáneo, decidido. Küng está convencido de que, tras la muerte, “no me aguardará la nada”. Algo en lo que coincide con el maestro de todos los teólogos actuales, Karl Rahner. También él se pasó la vida argumentando su “no” a la nada. Y entendía la muerte en clave de generosidad. Morir, escribió, es “hacer sitio” a los que vendrán después, es nuestro último ejercicio de amor, responsabilidad y humildad. Es incluso nuestro postrer ejercicio de libertad. Rahner escribió páginas memorables sobre la aceptación libre de la muerte.
Noviembre, concluye su artículo, ha conocido evocaciones melancólicas y titubeantes, pero también mereció un día estos versos del poeta Tagore: “La muerte es dulce, la muerte es un niño que está mamando la leche de su madre y de repente se pone a llorar porque se le acaba la leche de un pecho. Su madre lo nota y suavemente lo pasa al otro pecho para que siga mamando. La muerte es un lloriqueo entre dos pechos”. Sería magnífico que los poetas, además de indudables creadores de belleza, lo fuesen también de realidad. En todo caso, sus versos revelan —lo escribió Antonio Machado— que aún “quedan violetas”. También en noviembre". 
Aquí les dejo ahora mis dos lecturas de prensa recomendadas para hoy. En la primera, la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán nos habla sobre las debilidades y fortalezas de las democracias. Populismo, iliberalismo, autocracia, terrorismo: son los viejos enemigos de las democracias, pero estas han demostrado ser resistentes y flexibles como los juncos. Aunque conviene recordar que ningún junco resiste solo, que la autoalabanza puede cegarnos y que la democracia es solo una opción entre muchas, aunque sea la única que nos proteja de veras. Una lección necesaria si queremos defenderla con eficacia.En la segunda, el economista y periodista Joaquín Estefanía, exdirector de El País, destapa las tendencias del denominado "capitalismo de la vigilancia" a ampliar las desigualdades, intensificar la jerarquización social, exacerbar la exclusión, usurpar derechos y despojar la vida personal de todo aquello que la hace justamente personal. Los capitalistas de la vigilancia, dice, lo saben todo sobre nosotros, pero nosotros no sabemos nada de ellos. La conexión digital es hoy parasitaria, concluye diciendo, y resucita aquella vieja metáfora de Marx del capitalismo como un vampiro que se alimenta de la sangre del trabajador, pero le da un giro inesperado: en vez de trabajadores, la fuente de alimentación del capitalismo de vigilancia es cualquier aspecto de la experiencia del ser humano.
Espero que les resulten interesantes. Por mi parte, nada más. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite.Tamaragua, amigos míos. HArendt


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Dibujo de Del HambreDemocracias a la defensivaMÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN31 OCT 2020 - 23:30 WET
Convertir la democracia en un instrumento geopolítico no es nuevo. Se hizo en tiempos de Bush, hijo, y la política exterior neocon para engrandecer el poder americano y se llamó “globalismo democrático”, pero también se ha hecho para consagrarla como camino indefectible hacia el fin de la historia, como trató de explicar Fukuyama embelleciendo con su prosa una suerte de inevitable dominio occidental. Hoy, curiosamente, frente a esa pulsión orgullosa del pasado, lo que tenemos después de Trump y la pandemia es una pléyade de discursos que anuncian la posible defunción de las democracias o la comparan con autocracias, como si nuestro modelo político necesitara relegitimarse.
Hasta el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, vio necesario recordar que Europa es “una poderosa democracia compuesta por 27 democracias eficientes capaces de afrontar la crisis”. Quizá las protestas por la pandemia y el empobrecimiento expliquen sus declaraciones, pero ¿de veras es la eficiencia el criterio para legitimar las democracias? Algo así sucedería con la política exterior de Biden, quien, según decía Anne-Marie Slaughter en el Financial Times, tomaría “la democracia como base para elegir a sus socios”. Durante su primer año celebraría una cumbre para formar la “Liga de Democracias”. Pero ¿cómo abrazar el multilateralismo mientras se fomenta una especie de club selecto de democracias? ¿Acaso los nuevos “problemas sin fronteras”, como el cambio climático, solo se discutirán entre democracias? ¿Es pertinente una división entre modelos en el ámbito de las relaciones internacionales?
Y aunque atruena el silencio sobre la UE en el discurso de Biden, parece que la democracia se ha convertido en una invocación identitaria e ideológica para fortalecer la autoestima de Occidente. Probablemente se deba al buen hacer de sus enemigos internos, los populistas, cuya ineficacia en la gestión ha quedado al descubierto por la pandemia, y al riesgo de que nuestro sistema reciba una dura sacudida si la emergencia sanitaria se prolonga y nuestros dirigentes no siguen una conducta ejemplar. Hay también amenazas externas, como la obsesión china o el nuevo terrorismo 4G, con un islam radicalizado a golpe de redes y un Erdogan desenmascarado, referente de los movimientos yihadistas frente a la doctrina republicana reivindicada por Macron en su discurso de la Sorbona, un canto que debería hacer suyo toda Europa. Populismo, iliberalismo, autocracia, terrorismo: son los viejos enemigos de las democracias, pero estas han demostrado ser resistentes y flexibles como los juncos. Aunque conviene recordar que ningún junco resiste solo, que la autoalabanza puede cegarnos y que la democracia es solo una opción entre muchas, aunque sea la única que nos proteja de veras. Una lección necesaria si queremos defenderla con eficacia.

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Mark Zuckerber declarando ante un Comité del Senado estadounidenseSois liberales solo con vosotrosJOAQUÍN ESTEFANÍA30 OCT 2020 - 18:18 WET
El Departamento de Justicia de EE UU ha presentado una demanda antimonopolio contra Google, acusada de abusar de su posición dominante. El Comité Antimonopolio del Congreso de ese país reclama leyes más duras contra Google, Apple, Facebook y Amazon (GAFA) por lo mismo: estas empresas se habrían aprovechado de su predominio para erradicar la competencia. Al principio del pasado verano, los máximos ejecutivos de dichas tecnológicas comparecieron por videoconferencia ante la Comisión de Justicia de la Cámara de Representantes para negar que fueran monopolios; ante la idea de algunos representantes del poder legislativo estadounidense de que habrían de trocearse (como se hizo con grandes monopolios petroleros o telefónicos), los Zuckerberg (Facebook), Bezos (Amazon), Pichai (Google) y Cook (Apple) avisaron: si la legislación impide que sus empresas sigan creciendo o comprando otras empresas de la competencia, las compañías chinas como Huawei ocuparán su lugar. Además de estos casos, hay más investigaciones en marcha, especialmente sobre Google.
El final de la legislatura norteamericana ha coincidido con los intentos de controlar la concentración de poder, dinero e información (a través de los datos) en manos de unas pocas compañías frente a las que la política se ha mostrado impotente. Son las máximas representantes de lo que la profesora emérita de la Harvard Business School Shosana Zuboff ha denominado en un libro “el capitalismo de la vigilancia” (Paidós). Durante la última década en especial, las GAFA no han estado sometidas apenas a regulación, no han sufrido obstáculos legales para desarrollarse y para arramblar con todo lo que crecía a su lado y podía constituirse en su competencia.
Tras unos inicios en que aparentaban funcionar como fuerzas sociales liberadoras y democratizadoras, poco a poco todo cambió. En el año 2009, por ejemplo, la opinión pública se enteró de que Google conserva nuestros historiales de búsquedas indefinidamente, y que esos datos están disponibles como si fueran materias primas, y a disposición de los servicios de inteligencia y policiales de los Gobiernos. En 2011, Apple, la simpática empresa de la manzana en la que invirtió por casualidad, haciéndose multimillonario, Forrest Gump, logró superar a ExxonMobil —fruto del desgajamiento de la Standard Oil y, luego, de la posterior fusión de dos trozos de aquel monopolio petrolero de los Rockefeller— como la empresa con mayor capitalización bursátil del planeta.
Finalmente, el poder político ha comenzado a investigar —con la intención de regular— a las grandes tecnológicas, en muchos casos ya más poderosas que el sistema financiero. El Comité Antimonopolio escribe: “Controlando el acceso a los mercados, estos gigantes pueden elegir a los vencedores y a los vencidos en nuestra economía, cargando tarifas exorbitantes, imponiendo duros contratos y extrayendo datos personales y de negocios de tremenda importancia”. Lo que pretende Zuboff con su libro es destapar las tendencias del capitalismo de la vigilancia a ampliar las desigualdades, intensificar la jerarquización social, exacerbar la exclusión, usurpar derechos y despojar la vida personal de todo aquello que la hace justamente personal. Los capitalistas de la vigilancia saben todo sobre nosotros, pero nosotros no sabemos nada de ellos.
La juventud de las GAFA y de los que las gestionan y trabajan en ellas, su apariencia casual, alejan a estas empresas de la imagen de rapiña del capitalismo tradicional, y de los potentados con sombrero de copa, puro entre los dedos y frac. Más aún si Trump y su séquito opinan que sus prácticas y contenidos están sesgados hacia “el liberalismo”. Zuboff desnuda el formato de la Red de todo ropaje moral y desmiente que estar “conectados” sea algo inherentemente prosocial, inclusivo por naturaleza o automáticamente tendente a la democratización del conocimiento. La conexión digital es hoy parasitaria y resucita aquella vieja metáfora de Marx del capitalismo como un vampiro que se alimenta de la sangre del trabajador, pero le da un giro inesperado: en vez de trabajadores, la fuente de alimentación del capitalismo de vigilancia es cualquier aspecto de la experiencia del ser humano.
Y para terminar, las viñetas de Morgan en Canarias7, Mingote en ABC, y Peridis, Sciammarella y El Roto en El Pais:
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Mis lecturas recomendadas de la prensa de hoy
Caricatura de HArendt


Entrada núm. 6273
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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

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