Revista En Femenino

Mochilas ajenas:

Por Coachingparamamas

cuando cargamos el peso de todos, menos el nuestro

Hay un tipo de cansancio que no viene de trabajar mucho, ni de dormir poco. Viene de cargar, sin darnos cuenta, mochilas que ni siquiera son nuestras.

Son las preocupaciones de otros que adoptamos como propias. Son las decisiones que dejamos de tomar por nosotros mismos porque siempre estamos calculando primero cómo afectarán a los demás. Es esa costumbre, tan aprendida y tan silenciosa, de anteponer el bienestar ajeno al propio, casi como si fuera un requisito no escrito para ser una buena persona, una buena madre, una buena hija, una buena amiga.

Y cuando ese peso se acumula, sentimos algo que solemos llamar culpa, pero que en realidad, muchas veces, es otra cosa completamente distinta: impotencia.

No es culpa, es impotencia

La culpa aparece cuando sentimos que hicimos algo mal. La impotencia aparece cuando sentimos que, hagamos lo que hagamos, no es suficiente, o que no tenemos el control necesario para aliviar el dolor de alguien que amamos.

Cuando vemos a alguien cercano sufriendo, y sentimos ese peso enorme en el pecho, muchas veces no es que creamos haber causado ese sufrimiento. Es que nos sentimos impotentes frente a él, y esa impotencia, sin saber bien qué hacer con ella, se transforma en un impulso casi automático: cargar nosotros lo que le corresponde a otro, con la ilusión de que así aliviamos su peso.

Pero cargar el peso de otro no lo alivia. Solo lo traslada. Y mientras tanto, vamos acumulando mochilas que no nos corresponden, hasta que ya no sabemos distinguir cuál es nuestro propio peso y cuál es el que tomamos prestado de alguien más.

Un patrón que casi siempre empieza mucho antes

Esta forma de relacionarnos con el peso ajeno no suele nacer de un día para otro en la vida adulta. Muchas veces se aprendió mucho antes, en la infancia, en hogares donde, sin que nadie lo dijera abiertamente, algunas niñas aprendieron a leer el ánimo de los adultos antes de poder leer sus propios sentimientos. Donde aprender a calmar, a mediar, a estar atentas al humor de otros, se convirtió casi en una función más dentro de la familia.

No es que esas niñas eligieran ese rol. Fue, muchas veces, la forma más segura que encontraron de sentirse útiles, queridas, o simplemente de mantener la calma en casa. Y esa estrategia, que en su momento tuvo sentido y hasta cumplió una función protectora, se queda instalada como piloto automático mucho después de que ya no haga falta.

De adultas, esa misma costumbre se disfraza de generosidad, de empatía, de ser «la fuerte», pero por debajo sigue funcionando la misma lógica de siempre: anticipar lo que el otro necesita antes de preguntarnos qué necesitamos nosotras.

Cuando dejamos de decidir por nosotros mismos

Uno de los efectos más silenciosos de cargar mochilas ajenas es que, poco a poco, dejamos de tomar decisiones pensando en lo que nosotros necesitamos, y empezamos a decidir únicamente en función de cómo afectará a los demás.

¿Qué come uno hoy? Lo que no incomode a nadie. ¿A qué hora se descansa? Cuando ya todos los demás estén bien. ¿Qué proyecto personal se persigue? El que menos preocupe a la familia.

Y el problema no es pensar en los demás. Pensar en los demás es hermoso y necesario. El problema es cuando esa consideración se vuelve unidireccional, y nosotros dejamos de estar en la ecuación por completo.

El riesgo de la parálisis (o del exceso contrario)

Hay otro efecto de este peso acumulado que vale la pena nombrar: la parálisis. Cuando sentimos tanta responsabilidad sobre el bienestar ajeno, y tanto miedo de «cargarlos» con nuestras propias necesidades, a veces terminamos sin actuar en absoluto, ni por ellos ni por nosotros. Es una forma de congelarnos frente al conflicto, casi como aprendimos alguna vez que era más seguro no moverse que arriesgarse a incomodar.

Otras veces ocurre lo contrario: asumimos riesgos enormes, retos que ni siquiera nos corresponden, solo para intentar aliviar a alguien más, aunque eso implique agotarnos por completo. Es esa versión de nosotras que se apresura a resolver el malestar ajeno antes incluso de que nos lo pidan, porque en algún momento aprendimos que la calma de otros dependía de nuestra capacidad de anticiparnos.

Ambos extremos —la parálisis y el sobreesfuerzo— vienen del mismo lugar: la necesidad de aliviar el peso ajeno, sin darnos permiso de reconocer el propio.

Aliviar sin desaparecer

No se trata de dejar de cuidar a quienes amamos, ni de volvernos indiferentes ante su dolor. Se trata de entender que aliviar a otro no requiere que nosotras desaparezcamos en el proceso.

Podemos acompañar sin cargar. Podemos sostener sin absorber. Podemos estar presentes para alguien que sufre, sin que eso signifique tomar decisiones basadas únicamente en su bienestar y nunca en el nuestro.

Esto empieza con preguntas pequeñas, casi incómodas al principio, porque no estamos acostumbradas a hacérnoslas: ¿Esta decisión que estoy tomando, la estoy tomando porque yo la necesito, o porque creo que así evito incomodar a alguien más? ¿Este peso que siento en el pecho, es mío, o es un peso que decidí cargar porque no sabía qué otra cosa hacer con mi impotencia?

Devolver las mochilas que no son nuestras

No siempre es fácil identificar qué mochilas cargamos que no nos corresponden, porque llevamos tanto tiempo con ellas puestas que ya se sienten parte de nuestro propio peso, casi como una segunda piel aprendida desde niñas. Pero el primer paso es simplemente empezar a notarlo: notar cuándo estamos decidiendo desde el miedo a incomodar, en lugar de decidir desde lo que realmente necesitamos.

No hace falta soltar todas las mochilas de golpe, ni tampoco culparnos por haberlas cargado durante tanto tiempo; después de todo, en algún momento de nuestra historia esa forma de cuidar tuvo sentido. Basta con empezar a preguntarnos, cada vez con más frecuencia, de quién es realmente el peso que estamos cargando, y permitirnos, aunque sea de a poco, empezar a hacer espacio para el nuestro.

Porque cuidar a los demás desde el agotamiento y la desaparición propia no es sostenible. Y la verdadera forma de aliviar a quienes amamos, muchas veces, empieza por asegurarnos de que nosotras también estemos de pie.

Si quieres profundizar un poco más

Este patrón tiene nombre en psicología, y conocerlo puede ayudar a mirarlo con más comprensión y menos autocrítica:

  • Parentificación: cuando en la infancia se asumen roles emocionales que le corresponderían a un adulto, como mediar conflictos o sostener el ánimo familiar.
  • Codependencia: cuando la autoestima depende de sentirse necesaria para otros, dificultando tomar decisiones propias sin medir antes el impacto ajeno.
  • Respuesta de complacencia (fawn response): una de las respuestas del cuerpo frente al estrés, junto a lucha, huida y congelamiento, basada en anticipar y satisfacer las necesidades de otros como forma de protegerse.
  • El rol de Rescatador (dentro del Triángulo Dramático de Karpman): ayudar no siempre desde la generosidad pura, sino desde la incomodidad de ver sufrir a otro sin intervenir.
  • Esquema de autosacrificio (Terapia de Esquemas): un patrón aprendido en la infancia donde las necesidades ajenas se anteponen de forma excesiva a las propias.

Ninguno de estos términos busca poner una etiqueta definitiva sobre quiénes somos. Solo ayudan a entender que este peso que cargamos tiene una historia, y que reconocerlo es el primer paso para empezar a soltarlo.

La entrada Mochilas ajenas: se publicó primero en Coaching para Mamás.

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