Revista Historia

Monarquía Hispánica

Por Alma2061

Monarquía Hispánica

Monarquía Hispánica

Alegoría de la monarquía

La historia de España ha estado ligada, casi por completo, a la forma de gobierno monárquica. Durante los siglos XVI y XVII, la Casa de Habsburgo (también denominada de Austria) gobernó un conglomerado territorial que la historiografía ha tendido a denominar Monarquía Hispánica. El italiano Luca Giordano (conocido en España también como Lucas Jordán) reprodujo en estos frescos, realizados en 1699, una alegoría de la monarquía (Historia del Toisón de Oro). El techo que los contiene es el de uno de los salones del palacio del Buen Retiro (Madrid), el cual en la actualidad se encuentra en uno de los sectores que todavía quedan en pie de dicho edificio regio (incendiado en diciembre de 1734): el casón del Buen Retiro.

Monarquía Hispánica, entidad política formada por el conjunto de los territorios pertenecientes a los soberanos españoles de la Casa de Habsburgo, cuya existencia se prolongó desde 1516 hasta 1700. Llamada asimismo Monarquía de los Austrias (por ser éste el nombre con el que se conoce también a los Habsburgo españoles), Católica, Castellana y de España o Española.

2 ÁMBITO TERRITORIAL

Monarquía Hispánica

Imperio de Carlos V

Sus orígenes se hallan en el reinado de los Reyes Católicos, que dio comienzo en lo que se refiere a Castilla en 1474, en tanto que su final definitivo suele ser puesto en relación con la firma de los Tratados de Utrecht, acordados entre 1713 y 1715, cuando ya la Casa de Borbón había sucedido a la de Habsburgo en el trono hispano. El matrimonio en 1469 de Isabel y Fernando, futuros reyes de Castilla y Aragón, sentó las bases para que las dos grandes coronas —o conjuntos de reinos, esto es la Corona de Castilla y la Corona de Aragón— de la entidad política que habría de denominarse España pasaran a manos de un único rey, el heredero de ambos, que recibiría también los reinos y territorios conquistados o adquiridos por ellos: Granada, Nápoles y Navarra, además de las islas Canarias, una serie de plazas en el norte de África y los amplios espacios americanos avistados desde 1492 por Cristóbal Colón, la mayor parte de los cuales estaba aún por descubrir y conquistar

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Imperio de Felipe II

En estos mapas pueden observarse los distintos espacios geográficos que estuvieron bajo la soberanía del rey Felipe II. Configuraron un auténtico imperio territorial, que marcó el momento de mayor apogeo de la Monarquía Hispánica, así como de la propia rama española de la Casa de Habsburgo.

La Monarquía Hispánica se convirtió en un formidable conjunto territorial como consecuencia de la confluencia, en parte fortuita, en la persona del emperador Carlos V (Carlos I de España) de cuatro grandes líneas dinásticas: la castellana con las Indias (heredada de su abuela materna, Isabel I la Católica), la aragonesa con sus posesiones mediterráneas (proveniente de su abuelo materno, Fernando II el Católico), la de Borgoña y los Países Bajos (de su abuela paterna, María de Borgoña), y la de la Casa de Habsburgo con el Sacro Imperio Romano Germánico (herencia de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I, título imperial al que Carlos accedió por elección en 1519). Otro gran incremento territorial, añadido al que en 1540 supuso la anexión del Milanesado efectuada por el Emperador, se produjo en 1580, cuando el hijo de Carlos V, Felipe II, incorporó Portugal y su Imperio ultramarino, que permanecieron en el seno de la Monarquía hasta mediados del siglo XVII.

3 CARACTERÍSTICAS

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Primera edición del Quijote

Obra cumbre de la creación literaria universal, en 1605 (durante el reinado del monarca español Felipe III) apareció esta primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. En el frontispicio del emblema se lee Spero lucem pos tenepras ('Espero la luz después de las tinieblas'), que ciertamente era el lema del impresor pero que parece pintiparado para el caso de Cervantes ya que, gracias a esta obra, pasó de la más oscura existencia a la fama más absoluta.

Se constituyó así una realidad política que no sólo se asentaba sobre amplias zonas de Europa, sino que tenía a su vez súbditos en varios continentes. Sin embargo, tal como ocurriera con los Reyes Católicos, y de acuerdo con la tradición política federal de la Corona de Aragón, cada uno de los reinos y territorios mantuvo sus instituciones, leyes y privilegios así como su moneda y aduanas. No se produjo, por tanto, ningún proceso de integración o fusión dentro del conglomerado que fue dado en llamar Imperio español.

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Conflictos durante el reinado de Felipe II

El reinado de Felipe II (1556-1598) estuvo marcado por una serie de claves de carácter global, pero con unos referentes concretos ineludibles. Por un lado, el enfrentamiento con el Imperio otomano en el mar Mediterráneo, al cual pueden ser adscritos, de forma general, los ataques piráticos lanzados sobre las costas hispánicas desde el norte de África, así como el episodio local de la sublevación de los moriscos de Las Alpujarras (1568-1571). El punto álgido de este frente se alcanzó en 1571 con la batalla de Lepanto. Por otra parte, el enfrentamiento con Inglaterra, con el dominio del océano Atlántico como trasfondo subyacente, cuyo hito crucial se produjo en 1588 con la fracasada acción de la Armada Invencible. Con anterioridad, en 1566, había surgido otro foco que terminaría por convertirse en escenario de conflicto permanente para el Rey Prudente: los Países Bajos, rebelados contra la Corona por cuestiones políticas (búsqueda de la independencia), económicas (la zona era un eje básico del comercio de la época) y religiosas (abrazo del calvinismo frente al catolicismo que representaba la Monarquía Hispánica). Los principales enemigos de Felipe II fueron pues, musulmanes y protestantes (anglicanos ingleses y calvinistas flamencos), un reflejo, no casual, del papel de máximo defensor del catolicismo en que el soberano se erigió. En el plano teológico, este aspecto tuvo su máxima expresión en el Concilio de Trento.
Pese a que el título imperial no llegó a ser heredado por los sucesores españoles de Carlos V, la Monarquía Hispánica fue, por sus características, un auténtico Imperio, en el que, sin embargo, la autoridad superior del soberano apenas fue mas allá de la que se le reconoció en cada uno de los reinos y territorios.

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Batalla naval de Lepanto

El 7 de octubre de 1571, en las aguas del golfo de Lepanto, tuvo lugar el combate entre las respectivas escuadras del Imperio otomano, comandada por Alí Bajá, y de la Liga Santa, integrada por las fuerzas coligadas de Génova, Venecia, Roma y la Monarquía Hispánica, y al frente de la cual estuvo Juan de Austria (hijo natural del emperador Carlos V y hermano, por tanto, del soberano español Felipe II). Las naves cristianas obtuvieron una clara victoria. Aunque el sultán Selim II recompuso pronto su flota y consolidó los territorios bajo su dominio, la derrota de Lepanto marcó un punto de inflexión en la historia del Imperio otomano, al mismo tiempo que, para la Monarquía Hispánica de Felipe II, significó uno de los momentos de mayor exaltación.

La naturaleza de las relaciones entre el monarca y sus súbditos era enormemente heterogénea. En la Corona de Castilla, la capacidad de acción de la instancia real era muy superior a la que el rey tenía en cada uno de los territorios integrantes de la Corona de Aragón, en Navarra, los territorios italianos o Flandes, en la mayoría de los cuales el modelo político se basaba en un pactismo entre el rey y los estamentos del reino, que limitaba fuertemente la autoridad real.

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Expulsión de los moriscos

El pintor florentino Vicente Carducho (Vicencio Carducci), afincado en España desde 1585, realizó este dibujo hacia 1627 (conservado en el madrileño Museo del Prado), quizás la representación más conocida de la expulsión de la población morisca de los reinos españoles. Desde 1609, año en el que se decretó su destierro, hasta 1614, cuando se consideró finalizado el proceso, salieron de los territorios peninsulares de la Monarquía Hispánica cerca de 275.000 moriscos. La región valenciana tardaría un siglo en volver a sus índices poblacionales anteriores a 1609.

En la Monarquía coexistían diferentes naciones, múltiples tradiciones políticas y varias lenguas. La lealtad al rey era, en principio, el único elemento de cohesión. Por ello, se hizo necesario dotar a la Monarquía de un sustrato ideológico que le proporcionase una mayor unidad y que le identificara, y este elemento no fue otro que la religión católica.

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Conflictos durante el reinado de Felipe IV

Durante el reinado de Felipe IV (1621-1665), la Monarquía Hispánica vivió un notable proceso de decadencia. En buena medida como consecuencia de la política de su valido, el conde-duque de Olivares, fueron múltiples las secesiones y sublevaciones de los distintos territorios que se encontraban bajo su cetro. Entre ellas, la guerra de Separación de Portugal, la rebelión de Cataluña (ambos conflictos iniciados en 1640), la conspiración de Andalucía (1641) y los distintos incidentes acaecidos en Navarra, Nápoles y Sicilia a finales de la década de 1640. A estos hechos se sumaban los distintos frentes extrapeninsulares: la guerra de los Países Bajos (reanudada en 1621 tras expirar la Tregua de los Doce Años) y la guerra de los Treinta Años. A su vez, el enfrentamiento con Francia en esta última (desde 1635) quedó conectado con el problema catalán.

Mas allá del hecho dinástico, el catolicismo permitió entroncar con la tradición de la Reconquista medieval y con la idea imperial. Carlos V, al igual que sus antecesores en el Sacro Imperio, actuó como el brazo armado de la cristiandad, pero también como el defensor de la ortodoxia católica frente a la ruptura de la Iglesia a partir de la Reforma protestante. La Monarquía iniciaba así un camino hacia la ideologización católica que se completó en tiempos de Felipe II, después del Concilio de Trento (1545-1563), y que la alejaba de la vía iniciada por Fernando II el Católico hacia un modelo de Estado nacional, similar a otros estados europeos de comienzos de la edad moderna.La Monarquía, denominada Hispánica por tener su centro en España, resultó ser, en realidad, mucho mas castellana que hispana. La mayor riqueza demográfica y económica de la Corona de Castilla, y la fuerza en ella de la autoridad regia la convirtieron, ya desde la monarquía dual de los Reyes Católicos, en la base territorial, el núcleo desde el que se gobernaba, y en el que se creaba la ideología, pero también la principal fuente material (de dinero y de recursos humanos) para la política conjunta. Los cargos, honores y puestos políticos y administrativos recayeron preferentemente en manos de castellanos, lo que contribuyó a que las clases dirigentes de otros territorios hispánicos —y no sólo en la península Ibérica— vieran en ocasiones a la Monarquía como algo ajeno. Tal fenómeno de extrañamiento, que no fue exclusivo de las clases dirigentes, se vio reforzado por hechos como la progresiva expansión del castellano como lengua dominante, o el avance del absolutismo monárquico, que provocaron roces y tensiones constitucionales.A pesar de todas estas dificultades, la organización burocrático-administrativa de esta realidad política tan compleja resultó modélica. Los consejos que con carácter consultivo actuaron en la corte en apoyo regio fueron la manifestación visible de la compleja maquinaria política utilizada por la Casa de Habsburgo hispana. Pero el gran problema de la Monarquía era su difícil viabilidad en un mundo en el que el ideal de cruzada y la idea imperial se iban debilitando lentamente en favor de unos estados que tendían a identificarse con el hecho nacional. El fracaso del Imperio hispano de los Austrias y el cuño claramente castellano de la idea de España desarrollada durante los siglos XVI y XVII dieron paso a un siglo XVIII en el que, perdidas todas las posesiones europeas exteriores a la península Ibérica, tras la firma de los Tratados de Utrecht (que comenzaron a acordarse en 1713), no se había resuelto aún la cuestión básica de la vertebración política de España. La solución centralista y uniformadora, impuesta por la nueva dinastía de la Casa de Borbón, no serviría más que para aplazar y enconar los problemas.Los reyes que se sucedieron hereditariamente para gobernar la Monarquía Hispánica fueron: Carlos I, que lo hizo desde que en 1516 su entronización supusiera el relevo de la Casa de Trastámara por la nueva Casa de Habsburgo hasta que en 1556 abdicó en su hijo, Felipe II, quien reinó a partir de ese año y hasta su fallecimiento, acaecido en 1598; Felipe III, durante cuya estancia en el trono (1598-1621) comenzó la pérdida de la hegemonía europea de España y se produjo la introducción de la figura del valido; Felipe IV, el cual asistió entre 1621 y 1665 a la más evidente decadencia del poder de su dinastía, con el inicio en 1640 de la separación del reino de Portugal y la definitiva pérdida de las Provincias Unidas en los Países Bajos tras la firma del Tratado de Münster en 1648; y Carlos II, el último de los Austrias, cuyo fallecimiento en 1700 sin descendencia originó la guerra de Sucesión española y la sustitución de la Casa de Habsburgo por la Casa de Borbón en el trono hispano.




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