Sí, también las montañas se arrugan, y esperan inconscientes el momento de deshacerse. Los relojes, mientras, sincronizan, fijan, regulan, desechan, hasta que ya no pueden dar la hora.
Revista Filosofía
Saber escuchar las piedras, sus quejidos, su belleza. ¿Podría alguien vivir de esa sabiduría? ¿Podría alguien acampar en ella y librarse de la historia? Andantes las visitan, quizá para recordarse que todavía son mortales. O las escalan, para sentirse más próximos a ellas, como quien recorre el cuerpo de la amada para cerciorarse de su pasión. Montaña amada, y abrazada.
Sí, también las montañas se arrugan, y esperan inconscientes el momento de deshacerse. Los relojes, mientras, sincronizan, fijan, regulan, desechan, hasta que ya no pueden dar la hora.
Sí, también las montañas se arrugan, y esperan inconscientes el momento de deshacerse. Los relojes, mientras, sincronizan, fijan, regulan, desechan, hasta que ya no pueden dar la hora.
