Material de archivo del libro Por el camino de Newmark y otros poemasEscrito por Hebaristo Sauce
Me duele el ser que vive y lo único que he podido hacer es agarrar un libro de mi cajón. Porque no tengo una biblioteca, por ahora tengo un solo cajón con las novedades que he podido leer en los últimos meses. Toda mi biblioteca está en cajas en la azotea de la casa de mi abuela materna. El único lugar que puedo confío es estable. Porque todo dentro mío es inestable mientras el Fujimorismo se acerca al poder total.
Me duele el ser que siente y lo único que he podido hacer es caminar por una ciudad que en un mismo día me da sol, garúa, cielo abierto y unos ojos cada vez más cerrados.
Me duele el ser que lee y lo único que he podido hacer es conversar con Martha Ferro. Leer a una persona muerta es conocer a alguien que respira agitadamente mientras las palabras se arremolinan con pie de tropa en su máquina de escribir. Leer a una persona muerta, como si sentir que estás conversando con un ser vivo. Una persona que realmente vivió. Pero esta nota no es para hablar de la vida de Martha Ferro, eso se lo dejo a los especialistas.
Martha escribía como quien no encontraba otra forma de mantenerse respirando. No ordenaba el mundo: lo atravesaba. Sus cartas no parecen escritas para ser leídas medio siglo después. Parecen escritas para sobrevivir al día siguiente. Hay frases que no buscan belleza; buscan no morirse. Y tal vez por eso son tan bellas.
31 de mayo de 1969
Ana.
Aunque sea lerda como los sapos en una siesta, llego por el camino de esta máquina de escribir a decirte hola.
recuperada en los fondos y en las afueras pero siempre con cautelas y siempre con pasos a veces inseguros estoy,
decidí volver, el plazo un año y medio o dos. me
darás cátedra en ese entonces.
vuelvo por una sola cosa. REVOLUCION.
Hoy he sentido una tristeza que no tiene fondo visible, pero sé que tiene orillas. No porque el dolor sea pequeño, sino porque he aprendido que ninguna pena consigue quedarse para siempre. Hay días en que uno solo puede obedecer a la gravedad del corazón y dejarse caer un poco. Sin hacer espectáculo. Sin escribir para convencer a nadie de que está sufriendo. Solo aceptar que hay una parte de uno que ha empezado a despedirse antes de entender de qué.
Mientras leía a Martha encontré una carta donde enumera hechos mínimos: come arroz, fuma, hace semanas que no toma ácido. "Esos son datos", escribe. "No significan nada". Me conmovió esa manera de registrar la vida cuando el alma ya no puede explicar lo que ocurre. Porque eso hacemos cuando el lenguaje se rompe: contamos las migas. Hoy caminé. Fumé. Tomé café. Leí unas páginas. Miré demasiado tiempo por la ventana. Esos también son datos. No significan nada. Y, sin embargo, sostuvieron el día.
Hay una violencia silenciosa en enamorarse. Una forma de entregar herramientas para que otro pueda construirte o demolerte sin darse cuenta. Después llega el trabajo lento de volver a levantar los escombros con las mismas manos con las que antes acariciábamos. Nadie enseña esa arquitectura.
20 de diciembre de 1968
East Village
Hola ana
Miro la ventana y todo está como siempre. se ven
las casas solo hay algo que cambia todo los días y
es el sol y es el cielo. no sé lo que quiero decirte con
todo esto.
Ana aquí te mando una dirección para que mandes tus poesías.
Martha atropellaba su propio corazón con palabras. No para castigarlo, tan solo impidiendo que se pudriera en silencio. Escribía como si cada frase pudiera llegar a tiempo para acompañar una parte de sí misma. Algunas llegaron demasiado tarde para ella. Pero llegaron hasta mí. Y hoy, mientras la leía, tuve la extraña sensación de que alguien que murió hace años entendía mejor este día que muchas personas vivas.
Olor de perejil
Desde mi ventana y desde mi corazón lleno de
alegría empiezo a mirarme en tu nombrecomo
si hubiera estado años y estaciones sin saberlo.
Entonces empiezo oliendo tus tazas de café con
leche cerca de mis cuadernos donde yo hacía
cosas tan complicadas como ponerle colores a los
ríos y a los vientos.
y busco tu lengua llena de historias de putas
y policías
llenándolo todo de lepras y de crímenes,
imáginandote siempre que en el campo solitario
los hombres y los animales se deseaban y que
las mujeres locas amaban a sus perros...
"hombres-
lobo... mujeres con orejas de perro ladrando en
luna llena"... todo eso veías y creías y me lo
contabas,
yo también lo empecé a creer y empezaron mis
versos como lobos gritando
en cualquier luna
redonda y blanca.
Mientras busco el esqueleto de tu orín, busco
tu olor que es el mío antes y después de
mi nombre.
busco mi bautismo con chocolate y mi comunión
donde hubo peleas y gritos.
busco tus recuerdos por el piano del cine donde las
películas mudas te hacían creer menos en el amor
de roidolfo valentino y mirar tus zapatos
marrones
Después de leer sus cartas y sus poemas entendí que escribir no evita que alguien se vaya. No detiene el desgaste de los vínculos. No vuelve más amable la pérdida. Apenas deja un registro de que estuvimos aquí, intentando amar con las herramientas equivocadas. Con la nariz encendida de aromas cítricos y dulces que embriagaban cada noche al amor. Porque como Martha, yo también olí demasiado.
Hoy me duele el ser que vive. Mañana probablemente también. Y dentro de algunos meses este dolor será otro, con otro nombre, otra respiración, otro cuerpo. Pero esta noche solo existe esta ciudad que cambia de cielo a cada hora, un cajón con libros, una tristeza que todavía no sabe en qué va a convertirse y una mujer muerta que, desde hace cincuenta años, sigue escribiendo como si las palabras fueran lo único que se puede escapar de ese cielo que nunca es el mismo.
S/T
Si me sacaras el nombre con que ando en la vida
y de pronto como si fuera un árbol
me contrara desnuda y haciendo gestos de
invierno por el viento
si me dejaras caminar cuando quiero naufragar
en los puertos
o hundirme en el vino que me suelta las manos
si adivinaras que la luna me escupió la cara
porque me vio silbando en una madrugada
si te dejaras de llorar por vos
y te internaras en mis lágrimas
en esta rebelión de vida que siento
al descubrir que las estrellas son todavía
estrellas
o que el mundo dentro de poco va a ser
maravilloso
si te callaras cuando quiero el silencio profundo
de tu cara
si me golpearas cuando quiero despertar
o morirme
porque el niño más triste del mundo
se me fue de las manos
y se perdió en un tren vendiendo chocolate
si supieras que me siento inmortal
y conteniendo a todas las palabras
a todo el amor a todos los árboles
y que amo de una forma increíble a dios y a
una cucaracha
si me dejaras perder una calle
para besar al tiempo que la gastó de pasos
si supieras que no me alcanzará la murte
aunque quisiera morir en una tarde
si te llegaras a asombrar porque tu amor
se me metió en los huesos y vos también gritás
en mis palabras.
Hay poemas de Martha que decidí transcribir y compartir en esta breve nota, pero uno en particular, el más hermoso, se me hizo imposible de poner en este abismo blanco de la virtualidad. Si leerlo abrazó mis penas tan fuerte, escribirlo tal vez me rompiera aun más.
Martha escribía para quienes el mundo dejaba fuera del cuadro. Para quienes vivían en los extramuros de la ciudad, donde la vergüenza ajena reemplaza a la compasión. Escribe para los marginados. Leyéndola entendí por qué me dolía tanto. Yo también conozco ese territorio. He vivido con el peso de las malas decisiones, de los impulsos, de las miradas que creen saber quién eres por el peor momento de tu vida. He sentido lo que es ofrecer todo lo que uno es y descubrir que no alcanza. He conocido la humillación de esperar que alguien decida si puede amar la mochila que cargas.
El poema se llama El jorobado de Notre Dame. No quise copiarlo aquí. Hay textos que pertenecen al papel, al silencio y al temblor de unas manos que pasan la página. Si se atreven, búsquenlo. Y si no lo encuentran, búsquenme.
