Revista Cultura y Ocio

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #10, Liliana Herrero

Publicado el 17 marzo 2015 por Tucho
Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #10, Liliana Herrero
Por Patricio Féminis
Periodista de cultura, espectáculos y música popular de raíz folkórica (Caras y Caretas, Clarín, Hecho en Buenos Aires, Sudestada)
LA VOZ QUE INTERROGA
Ella trae a los ausentes y los presentes. A los idos, a los que volverán, a los que traman nuevos sentidos en las orillas caminadas: en las venideras. En memorias y en identidades aquí delante: Liliana Herrero, la entrerriana nacida en Villaguay en 1948, comparte y reúne en su voz un caudal de melodías, ritmos e interrogaciones acerca de la cultura argentina hecha sonoridad, silencios, necesidades de cambios. Ella, la que se radicó en Rosario en 1966 y se desafió a sí misma en cada uno de sus discos. La que trazó una forma inquieta y liberadora, también incómoda, para reapropiar las músicas argentinas en nuevos oídos. Retomar legados, poéticas, formas del decir de provincias; desnudar retóricas de tradición congelada; desarmar discursos sobre lo propio y lo ajeno; contener en la voz a las voces de los que no están y celebrarlas como huellas de vanguardias de otros años. Hacia un futuro pendiente.
Con diversas formas de cantar, Herrero siempre fue a buscar aquello otro de sí misma en cada proyecto, cada estela de lo que imaginó desde aquel primer disco de “folklore supermoderno”, como se lo definió entonces: Liliana Herrero (1987). El disparador de una larga cadena de discos (y voces) que influyeron, con ella como artista central, en los nuevos exponentes del folklore de esta década. Muchos públicos también se formaron con su voz: sus desafíos en cada reinterpretación de clásicos del cancionero folklórico, y la inquietud siguió fue reflotada en los discos que vinieron: Esa fulanita (1989), el segundo con producción de su amigo Fito Páez. Ya en plenos '90, desacomodada -otra vez- de los sonidos imperantes, hizo el tercer disco, Isla del Tesoro; dos años después, en 1996 sacó El diablo me anda buscando (grabado en vivo en La Plata); luego El tiempo quizás (compilación de los dos primeros discos); Recuerdos de provincia (1999) y Leguizamón-Castilla (2000). Ya en 2003, habiendo sobrevenido la crisis y el corte de época, presentó Confesión del viento; en 2004, Falú-Dávalos.
El otro universo de Herrero, el de los ríos, llegó con el disco doble de 2005, Litoral, uno de ellos dedicado al Paraná y el otro al Uruguay. Se enciman los recuerdos, las canciones, las interpretaciones, y la enumeración se detiene en momentos puntuales del disco de 2008, Igual a mi corazón, en el que versionó al tucumano Juan Quintero y al chaqueño Coqui Ortiz. También volvió sobre Fernando Cabrera, el cantautor uruguayo que ella ayudó a hacer conocer en la Argentina, ahora con “La casa de al lado”. Pero hay más razones que hicieron de Igual mi corazón un trabajo central: entre ellas, haber grabado junto a Mercedes Sosa la “Zamba del arribeño”, además de “Brillantina de agua”, de la uruguaya Ana Prada (con Marcelo Moguilevsky, Lisandro Aristimuño y Liliana Vitale), “Sonko querido” (con Lilián Saba en piano y arreglos), “Canto labriego”, de Teresa Parodi, con ella misma recitando y cantando…
Mucho podrá decirse de cada detalle pensado y concretado por Herrero en sus nuevas obras (versionar es apropiar; desarmar es recomponer) y desde los territorios del país que acercó a quienes desconocían de qué otras formas puede pensarse la música popular argentina sin clichés. Sin festejos solemnes. Así se había pensado, también, para editar su primer DVD en 2009, llamado Todos estos años de gente, con recuerdos de años, melodías y compañeros que colaboraron en sus discos previos. Liliana Herrero siempre fue un puente.
Sus últimos discos, a la fecha, son Este tiempo, de 2011, y Maldigo, de 2013: allá por marzo de este año, inquieta por encontrar la forma de expresar lo que quería, conectó con quienes fueron parte de sus tramas productivas. “Para Maldigo lo convoqué a Lisandro Aristimuño a hacer una coproducción, como he convocado a tantos otros: Diego Rolón hizo la coproducción artística de Litoral, un disco fundamental para mí, y Fernando Cabrera fue coproductor consultante. Los primeros fueron coproducidos con Fito Páez: Liliana Herrero, Esa fulanita, Isla del tesoro. No sólo artísticamente: Fito los bancó económicamente y después me los regaló. Un gesto enorme que no olvidaré jamás. Por eso, cuando me dieron el premio a la trayectoria en la música en el Fondo Nacional de las Artes, yo dije: ‘Esto que ustedes llaman la trayectoria no se me ocurrió a mí, sino a aquel señor que está parado allá y que se llama Rodolfo Páez”.

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