Revista Espiritualidad

Mutando a vieja

Por Ane


La foto es de Muiso (click y a su flickr)
Mutando a vieja

Estoy mutando a vieja. Aquí es donde casi todo el mundo dice: '¡qué va! ¡Si tienes una pinta de joven!'. Eso, tengo pinta de lo que les dé la gana, pero no soy la pinta que tengo y además no comprendo por qué semejante comentario tendría que 'animarme' negando la evidencia de una edad que me ha costado cincuenta y tres años conseguir. 

No sé dónde pone que lo bueno sea ser siempre joven o parecerlo (esto último penoso, penoso). Que pienso yo que más bien a lo mejor lo bueno es ser joven cuando se es joven y viejo cuando se arriba a viejo. Que resulta que hay cosas de las que disfruto ahora y de las que no podía disfrutar cuando tenía treinta y dos o veintiuno. Es verdad, como diría Reverte, que a veces uno sabe más cosas de las que quisiera saber... bueno él añade palabras que no me gusta pronunciar ni aunque sean ciertas, a saber: en esta puta vida. Y eso, también, sucede según se van acumulando años..

Lo de estar empezando a ser vieja tiene múltiples ventajas. Por ejemplo puedo decir lo que pienso-siento sin miedo. Puedo adular a un joven guapo sin que se piense que me lo quiero llevar a la cama. Resulta que con la vejez comienzo por fin a ser libre.

He aprendido que no es necesario tener marido, cosa que suponía imprescindible. Que no tengo la obligación de ser alguien porque 'ser alguien' no hace falta para ser. Lo de ser viene de fábrica según uno nace. Lo de ser vieja enseña en propias carnes (que es tanto como decir que lo sabido encarna, nivel bien distinto del saber a secas) que un hermano vale de poco si no es un compañero del que te puedes fiar; que es posible decir no sin perder el derecho ni a la vida ni al aprecio; que no hace falta ir deprisa para llegar donde quiero y que incluso no llegar también vale; que por hacer lo que puedo ya se puede dar el buen dios por contento y si no que me hubiera hecho ángel o dios menor...

Estoy mutando a vieja y lo sé porque es el momento en que empiezo a darme cuenta de que soy otra cosa distinta de la que parezco (y dicen los que saben que “nosotros, los espíritus, somos más de lo que parecemos ser"). El cuerpo que habito se desmorona despacio y tiernamente. Se arruga, se descuelga buscando sin prisa la tierra de la que está hecho. Sin embargo lo que soy en serio y en el fondo (en ese fondo del que todavía no he conseguido enseñorearme) continúa sin tener edad ni tiempo, y el espíritu vuela cada vez más alto, cada vez más comprensivo, más y más menos severo. En todo caso va siendo lo que ya era desde el principio. Eso me alegra.  


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