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National Geographic, manipulación mediática y prostitución intelectual

Por Georgeosdiazmontexano @GeorgeosDiaz

National Geographic, manipulación mediática y prostitución intelectual 28 de abril de 2011

Posted by Georgeos Díaz-Montexano in Antiguas Civilizaciones, Arqueología, Artículos, Atlantis, Atlantología, Atlantologia Histórica, Atlántida, Buscando la Atlántida, Crítica de las Fuentes, Crítica Interpretativa, Critias, Disertaciones, Documentales, Escriptología, Filología Clásica, Filosofía, Fuentes primarias y secundarias, Nationa Geographic Society, Noticias, Paleografía, Platón, Plato, Plato's Atlantis, Timeo, Tradición manuscrita, Traducción metafrástica (semántica, léxica), Tsunamis.
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National Geographic, manipulación mediática y prostitución intelectual

Por el Dr. César Guarde

Tuve el placer de conocer a Georgeos Díaz–Montexano el 21 de febrero de 2003 con motivo de su ponencia “La única ubicación posible de la Atlántida. La manipulación de los textos de Platón: cuestiones filosóficas”, una excelente e iluminadora discusión que se extendió durante cerca de dos horas, y que tuvo lugar en el Salón de Grados de la antigua Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona. Desde entonces nuestra relación, tanto a nivel académico como personal, fluctuó entre lo puntual y el frecuente intercambio de e–mails o llamadas telefónicas con motivo de sus cada vez más numerosos avances en el estudio de las fuentes antiguas, especialmente platónicas, relacionas con la Atlántida. El motivo de esta afinidad no se encontraba tanto en el interés común de ambos por el mundo heleno y, en general, por la historia y el pensamiento antiguo, como en la admiración que su fuerte personalidad y su certera metodología transmitían a quien, durante aquellas dos horas –demasiado breves–, seguía con fascinación a este Hermes de la lengua griega, palabra a palabra, llevándonos tímidamente desde la narración platónica contenida en el proemio del Timeo hasta ese póstumo fragmento que, a todas luces, representa su Critias.

Pero si algo quedó de su disertación, tan amena como erudita –cualidad única conservada por esos buenos comunicadores que rechazaron identificarse con la escuela educadora de John Dewey–, fue por encima de todo ese proceder meticuloso y científico que sirvió de vacuna a varios años de sombría carrera universitaria. En una disciplina tal como la Filosofía, con milenios de historia en Occidente y grandes logros intelectuales –piénsese, por un momento, en lo que seríamos sin un Copérnico y su transmisor, Giordano Bruno–, uno espera ante todo encontrarse inmerso en cierto caldo de cultivo primigenio, en donde el espíritu crítico se acicala con montañas de vetustos volúmenes en griego o latín, anotaciones rápidamente garabateadas sobre su aparato crítico, y todo ese falso encanto que rodea como un aura a ciertas materias humanísticas. No obstante, aquello que debería servir de base a todo ello, el motor ejecutor de toda filosofía, es precisamente despreciado por el alumnado y el profesorado a favor de unos más simplistas maniqueísmos marxistas y menosprecios hermenéuticos a la obra de Platón: la lógica formal –una fina línea invisible, de hecho, separa pasillo y despachos de los “lógicos” del “resto”, de “los otros”–. El desdén es mutuo, y no sin razón, pues mientras ciertas personalidades tienden a despreciar con resentimiento aquello para lo que no están capacitadas, otras, sin embargo, más nobles, buscan no ensuciarse con los hedores de la mediocridad y la prostitución intelectual de aquéllas. En un ámbito universitario en el que Carmen de Mairena es capaz de llenar varias salas con su inefable presencia y su verborrea pseudo–liberal, en el que se considera más importante aumentar el número de sillas y mesas de una biblioteca que su fondo bibliográfico, o en el que cualquier pastiche pseudocientífico es permisible siempre y cuando sea presentado en la lengua autonómica, la frescura y profundidad metodológica de aquella ya lejana ponencia de Georgeos sirvió como antídoto a todo ello, y su minuciosidad, su ir directamente a los manuscritos originales, a las fuentes, de autor en autor hasta transcender las barreras del mero texto, reclamando una genealogía filológica del mismo y de sus interpretaciones e interpretadores posteriores, dejó en los presentes una huella indeleble que nada tiene que ver con las mezquinas aspiraciones del ámbito humanístico universitario contemporáneo, español, pero también europeo.


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