Ayer vi Naza(2026) en el cine PostModernissimo de Perugia. Cuando vine a esta ciudad por primera vez, viví muy cerca, y no podía imaginarme que, en aquellas calles estrechas y entrecruzadas, con casas y locales de fachadas tan exiguas, hubiese un cine de varias salas. Tiene tres, dos con apellidos de directores italianos, Caligari y Visconti; y otra con el de la familia fundadora y propietaria, Donati. El documental de los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor fue en la primera, la Caligari, de casi ciento sesenta butacas, porque las otras se habrían quedado pequeñas para acoger a las seis decenas de espectadores que estuvimos en el único pase —a las tres de la tarde— de estos primeros siete días de octubre en que está programado. Todos salimos de allí en un profundo silencio, no vi a nadie que hablase con su acompañante, no hubo ni un solo comentario hasta la calle, en donde unas jóvenes nos dieron un pasquín que anunciaba una manifestación sin convocante, aquí, en la Piazza IV Novembre, para el próximo sábado 10, contra el genocidio, el sionismo y la complicidad. El público se había quedado sin palabras después de haber asistido al testimonio de más de una veintena de miembros del ejército de Israel a los que se ha distorsionado la voz y se ha disfrazado para evitar su identificación —aunque dudo de que no sea reconocible alguno. Todos son entrevistados por Yuval Abraham —a quien ya vimos en la oscarizadaNo Other Land(2024),junto al palestino Basel Adra— por la noche, en terrazas de edificios, sin luces, frente a las viviendas iluminadas de otros bloques cercanos de Tel Aviv que ofrecen casi un único fondo —hay otros cortes de imágenes históricas, de imágenes presentes del Tel Aviv cotidiano, de capturas de la televisión israelí…— altamente expresivo de la vida de gente corriente tan vulnerable como la que muere en Gaza por la masacre del pueblo palestino. «Naza» es el acrónimo de un término hebreo que vendría a ser el «daño colateral» que hay que asumir en la lucha contra los integrantes de Hamas. En realidad, es una unidad de medida que no distingue entre niños pequeños, mujeres adultas o ancianos, y que puede llegar a las trescientas víctimastolerablespor cada terrorista muerto. Los testimonios son brutales y aportan todo tipo de detalles —con croquis de las operaciones incluidos— sobre acciones de lucha antiterrorista llevadas a cabo con tecnología muy avanzada y con unos resultados devastadores para la población civil. La materia es sobrada para mantener la atención, peroNazaenvuelve y sobrecoge desde el principio al espectador en una atmósfera de clandestinidad que aporta la nocturnidad de las entrevistas, con un primer plano en sombra que dibuja la silueta del terror sobreimpresionada sobre ese fondo que tiene la poderosa sugerencia de mostrarnos las vidas privadas más o menos apacibles de los habitantes de Tel Aviv. Una gran ventana indiscreta —que preserva con cuidado la identidad de las personas— que tendrá un contrapunto trágico en las únicas imágenes de Gaza que se dan al final, con las víctimas bajo los escombros un instante después de haber estado en el interior de sus casas preparando la cena, conversando en el sofá o mirando los anuncios en el televisor. Ayer también publicabaLa Repubblicaun artículo de Massimo Giannini titulado «Naza, il riscatto della realtà», en el que, además de valorar la película, se preguntaba por qué después de tres años de hipnosis colectiva, sin reaccionar ante denuncias incluso del propio director Yuval Abraham sobre las prácticas del ejército israelí, es el cine el que nos pone delante la cruda realidad y por qué la mayoría de los países europeos continúan teniendo actitudes hipócritas y ambiguas ante atrocidades que nos han mostrado en todos los medios. Cuando se estrenóNaza en el Festival de Venecia los veinticinco minutos de aplausos que recibió llenaron todas las noticias como un récord. Ayer me dio la sensación de que el silencio fue igual de atronador.
Revista Cultura y Ocio
Ayer vi Naza(2026) en el cine PostModernissimo de Perugia. Cuando vine a esta ciudad por primera vez, viví muy cerca, y no podía imaginarme que, en aquellas calles estrechas y entrecruzadas, con casas y locales de fachadas tan exiguas, hubiese un cine de varias salas. Tiene tres, dos con apellidos de directores italianos, Caligari y Visconti; y otra con el de la familia fundadora y propietaria, Donati. El documental de los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor fue en la primera, la Caligari, de casi ciento sesenta butacas, porque las otras se habrían quedado pequeñas para acoger a las seis decenas de espectadores que estuvimos en el único pase —a las tres de la tarde— de estos primeros siete días de octubre en que está programado. Todos salimos de allí en un profundo silencio, no vi a nadie que hablase con su acompañante, no hubo ni un solo comentario hasta la calle, en donde unas jóvenes nos dieron un pasquín que anunciaba una manifestación sin convocante, aquí, en la Piazza IV Novembre, para el próximo sábado 10, contra el genocidio, el sionismo y la complicidad. El público se había quedado sin palabras después de haber asistido al testimonio de más de una veintena de miembros del ejército de Israel a los que se ha distorsionado la voz y se ha disfrazado para evitar su identificación —aunque dudo de que no sea reconocible alguno. Todos son entrevistados por Yuval Abraham —a quien ya vimos en la oscarizadaNo Other Land(2024),junto al palestino Basel Adra— por la noche, en terrazas de edificios, sin luces, frente a las viviendas iluminadas de otros bloques cercanos de Tel Aviv que ofrecen casi un único fondo —hay otros cortes de imágenes históricas, de imágenes presentes del Tel Aviv cotidiano, de capturas de la televisión israelí…— altamente expresivo de la vida de gente corriente tan vulnerable como la que muere en Gaza por la masacre del pueblo palestino. «Naza» es el acrónimo de un término hebreo que vendría a ser el «daño colateral» que hay que asumir en la lucha contra los integrantes de Hamas. En realidad, es una unidad de medida que no distingue entre niños pequeños, mujeres adultas o ancianos, y que puede llegar a las trescientas víctimastolerablespor cada terrorista muerto. Los testimonios son brutales y aportan todo tipo de detalles —con croquis de las operaciones incluidos— sobre acciones de lucha antiterrorista llevadas a cabo con tecnología muy avanzada y con unos resultados devastadores para la población civil. La materia es sobrada para mantener la atención, peroNazaenvuelve y sobrecoge desde el principio al espectador en una atmósfera de clandestinidad que aporta la nocturnidad de las entrevistas, con un primer plano en sombra que dibuja la silueta del terror sobreimpresionada sobre ese fondo que tiene la poderosa sugerencia de mostrarnos las vidas privadas más o menos apacibles de los habitantes de Tel Aviv. Una gran ventana indiscreta —que preserva con cuidado la identidad de las personas— que tendrá un contrapunto trágico en las únicas imágenes de Gaza que se dan al final, con las víctimas bajo los escombros un instante después de haber estado en el interior de sus casas preparando la cena, conversando en el sofá o mirando los anuncios en el televisor. Ayer también publicabaLa Repubblicaun artículo de Massimo Giannini titulado «Naza, il riscatto della realtà», en el que, además de valorar la película, se preguntaba por qué después de tres años de hipnosis colectiva, sin reaccionar ante denuncias incluso del propio director Yuval Abraham sobre las prácticas del ejército israelí, es el cine el que nos pone delante la cruda realidad y por qué la mayoría de los países europeos continúan teniendo actitudes hipócritas y ambiguas ante atrocidades que nos han mostrado en todos los medios. Cuando se estrenóNaza en el Festival de Venecia los veinticinco minutos de aplausos que recibió llenaron todas las noticias como un récord. Ayer me dio la sensación de que el silencio fue igual de atronador.
