Revista Cultura y Ocio

No entres dócilmente en esa noche quieta - Ricardo Menéndez Salmón

Publicado el 02 septiembre 2020 por Elpajaroverde
«And you, my father, there on the sad height,
curse, bless me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light. 
O bien 
Y tú, padre mío, allá en la amarga cima,
maldice, bendíceme ahora con tus fieras lágrimas, te suplico.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz».
  

«Después de que Han Gan, artista de la dinastía Tang que vivió entre los años 706 y 783, pintara el retrato de un caballo de los establos imperiales, el animal empezó a cojear. Se descubrió entonces que Han Gan había olvidado pintar uno de sus cascos. Como en la anécdota, deberíamos escribir libros que fueran capaces de conjurar la realidad».

No entres dócilmente en esa noche quieta, leo. Pero entro. Dócilmente, eso sí. Obediente. Porque para mí ese no entres dócilmente es una invitación, casi una exhortación, a entrar, y esa noche quieta se me antoja un oscuro mar turbulento bajo la superficie calma.
Hace tiempo que quería leer algo de mi paisano Ricardo Menéndez Salmón. Me ocurría con él lo que me pasa con tantos otros autores que tengo en el punto de mira pero cuyas obras son para mí eternas futuribles lecturas: me faltaba hallar ese libro que me dijera léeme. En este caso me encontré con un título que me dijo: entra, suavemente, déjate llevar. Un título-velo que me envolvió y me hizo traspasarlo como si fuera presa de una ensoñación.
El título es un verso de un poema de Dylan Thomas con cuyos versos doy inicio a esta entrada. La traducción, según nos indica el propio Menéndez Salmón, es de Jaime Priede. No conocía poeta ni poema pero no me sorprende el descubrimiento. El título para mí ya era poesía antes de conocer su origen.
Leo la sinopsis y me entero de que en el libro el autor nos habla sobre su padre fallecido y su relación con él. La editorial lo compara con Patrimonio de Philip Roth, Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz y Desgracia impeorable de Peter Handke. Solo he leído el segundo de ellos pero mi instinto y mi suspicacia me hacen recelar: aunque se pudieran comparar ambos libros (que en mi opinión no se puede) en cuanto al retrato de los progenitores, ignorar el contexto en el que se desarrolla la novela autobiográfica del israelí y reducirla solo a la relación paternofilial (y también maternofilial) por muy maravillosa, literariamente hablando, que esta sea, casi me parece un sacrilegio. Son otros dos libros los que acuden a mi mente, sin embargo; otros dos autores y sus padres: Luis Landero, que nos habla del suyo, entre otras cosas, en El balcón en invierno, y Fernando Marías, que dedica La isla del padre al propio. Y, con el recuerdo de estas dos lecturas, el velo se sella definitivamente tras de mí y ya no demoro más en montarme a lomos de ese caballo blanco de la portada que no se me antoja dócil precisamente, ese caballo-metáfora del intento de Ricardo Menéndez Salmón de conjurar a través de la escritura, como hiciera el artista chino en la anécdota que os he dejado a continuación de los versos de Thomas y que Menéndez Salmón nos cuenta antes de comenzar su libro, la realidad de lo que fue la relación con su padre.
«No me atrevo a defender que mi padre fuera un hombre bueno sin matices. Que mi padre fuera un hombre malvado sin matices. Que mi padre fuera un hombre noble sin matices. Que mi padre fuera un hombre indigno sin matices. Lo fue todo sin solución de continuidad, como lo es cualquiera de nosotros, que es humano gracias a los matices, que transcurre en esas zonas intermedias y en esos espacios ambiguos, que se justifica en ese tiempo un tanto irreal en que el flujo de las aguas cambia y durante unos minutos hace que no sepamos si la marea está subiendo o bajando».
No entres dócilmente en esa noche quieta - Ricardo Menéndez SalmónNo entres dócilmente en esa noche quieta es el intento de Ricardo Menéndez Salmón de conjurar la realidad de lo que fue su relación con su padre. Aunque tal vez sería más apropiado decir que es el intento de conjurar la realidad de lo que fue su relación con su padre enfermo, pues, tal y como cuenta el propio autor, «en mi experiencia el adjetivo enfermo acabó por canibalizar al sustantivo padre».
El gijonés tiene once años cuando la salud de su padre «se trastorna, su equilibrio se rompe y su existencia comienza un larguísimo naufragio que sólo llegará a las aguas abiertas de la muerte treinta y tres años más tarde». Nos cuenta que no guarda ningún recuerdo compartido con su progenitor antes de esa edad, como si el recuerdo paterno naciera en el momento en que la enfermedad se instala en su casa, su padre se convierte en enfermo, su madre en cuidadora y a él le finiquitan la infancia al robarle la inocencia de contemplar la muerte como algo lejano que de pronto amenaza con convertirse en tangible y al sembrarle el germen de una culpabilidad de la que tardará años en despojarse.
«Lo que egoísta pero humanamente supe entonces, si bien sólo ahora alcanzo a explicarlo, es que cuando un hombre pierde a sus padres, cuando un hombre deja de ser hijo, descubre que ya sólo cabe pensar en la muerte como una entidad tangible, efectiva, sólida como un muro: como una cosa que te sucederá a ti. Lo que la muerte del padre supone para cada hombre es, en definitiva, el paso de lo velado a lo desnudo. Entre uno mismo y la muerte ya no hay nadie, ya no hay nada, salvo el cuerpo exiguo, el tiempo medido, la certeza innegociable de la mortalidad».
He definido este libro como un intento y para mí en cierta medida lo es. Me ha faltado feeling, me ha faltado piel. El velo que me envuelve al principio, que me roza y activa la alerta de mi sensibilidad se desvanece al poco y me deja en un sitio aséptico. Las expectativas juegan malas pasadas pero en este caso las expectativas me las creé yo sola: ignoré las buenas palabras de la sinopsis facilitada por la editorial, no busqué opiniones de otros lectores, fui una amazona armada con un velo que se quedó desarmada y con una montura desorientada. Hay lecturas en las que me adentro a ciegas sin saber lo que me van a deparar y hay otras a las que llego buscando algo en concreto. De esta me voy sin hallar lo buscado pero en cambio me llevo mis alforjas llenas. Entono el mea culpa si he disipado parte de mi atención añorando lo esperado privándome a mí misma de disfrutar plenamente lo que me estaban dando.
Ricardo Menéndez Salmón es un buenísimo escritor, sobre eso no me ha quedado ninguna duda. Tal vez el intimista no sea el registro más adecuado para él pero es innegable que tiene una precisión y un dominio del lenguaje admirables, ostenta un amplísimo vocabulario (tal vez en ocasiones demasiado rebuscado para mi gusto) y hace gala también de una gran lucidez. «La lucidez es una categoría del espanto», nos dirá, y en verdad nos deja en este corto libro un puñado de reflexiones para nada despreciables.
«La bondad es más provechosa que la verdad. Un hombre que hace el bien es más necesario que uno que persigue la verdad. La edad me ha hecho desconfiar de la verdad, por excluyente y dogmática, y me ha hecho abrazar la bondad, por frágil y escasa. No me interesan demasiado las personas que hablan en nombre de la verdad, ni siquiera cuando esa verdad apela a mis convicciones más íntimas. En cambio me conmueven las personas capaces de ejecutar la bondad».

No entres dócilmente en esa noche quieta - Ricardo Menéndez Salmón

Maurice Ronet, fotografía de Gawain78


«En literatura, si hay que ser sincero, se escribe para saber de qué se escribe». Así, Ricardo Menéndez Salmón comienza a escribir sobre su relación con su padre y termina por saber que en realidad está escribiendo sobre sí mismo, sobre su particular hecatombe familiar, sobre su huida de la misma, sobre la racionalización de las experiencias pasadas. Me hubiera gustado quizás menos racionalización, que me contara el relato de su familia (tan parecido a la de cualquiera de las nuestras y a la vez tan singular), ser yo la que sacara las reflexiones. Me hubiera gustado saber del padre más allá del enfermo por mucho que el segundo fagocitara al primero. Me hubiera gustado conocer no solo a Ricardo Menéndez hijo sino también a Ricardo Menéndez padre, pero tal vez ni siquiera el hijo conocía al padre.
«Las conversaciones importantes no se tienen a tiempo. Eso es algo que sólo sucede en la literatura o en el cine. En la vida real, en la vida espantosa hecha de tedio, facturas y declive, en la vida gozosa hecha de momentos de júbilo, del misterio del mar y de la bondad de ciertos hombres y mujeres, el silencio es la norma. Un silencio educado; un silencio castrante; un silencio que tarde o temprano acabamos por pagar».
Me hubiera gustado saber de los silencios.
No quisiera que os fuerais con la sensación de que este libro es un trampantojo, de que la poesía de su título y el diáfano diseño de su portada son un artificio embaucador, de que el velo me ha cegado ante la realidad conjurada por su autor, pues salgo de él igual que he entrado: envuelta por un velo pero trenzado esta vez con las palabras de Ricardo Salmón. Es el velo de la bruma que envuelve la sierra del Sueve ligada a la infancia del escritor, el de la era antes de enfermedad, el de los recuerdos felices sin el recuerdo del padre. Es el velo con olor a salitre y algas de nuestro Cantábrico: el mío, el suyo y, más que de ninguno de los dos, el de Ricardo Menéndez padre.
«Tumbas. Cuántas. Aunque mi padre carece de ella. No tengo un lugar donde recordarlo, al que acudir, frente al que recogerme. O sí, por supuesto que lo tengo. Porque mi padre reposa en una tumba abierta, en el mar, frente a la bahía en la que creció y en la que fue feliz, en ese paisaje que amó más que ningún otro.
[...]
Vacié la urna con los restos de mi padre y mi madre arrojó dos claveles que flotaron en la orilla unos segundos, antes de que el mar se los llevara sin violencia. Y luego mi madre dijo: «Te quiero, Ricardo». Nada más. Con la voz un poco rota, pero no crispada. Con una elegancia que logró emocionarme. Y yo entonces, en aquel sosiego, recordé los versos de Dylan Thomas acerca del adiós de un padre y la rebeldía de su hijo contra el imperio de la muerte. Y sentí que el mar, ese cosmos dentro del cosmos, ajeno a la impertinencia de los hombres y al Oriente intraducible, abría sus fauces sosegadas y se llevaba con su suave resplandor la vida de mi padre contenida en las palabras de su esposa, sentí que el mar mecía la memoria paterna vuelta ceniza y hueso para abrazarla hacia lo hondo, hacia su corazón frío y sonámbulo».

No entres dócilmente en esa noche quieta - Ricardo Menéndez Salmón

Esperando la ola, fotografía de David Álvarez López


Ya que he abierto la reseña de igual modo que Ricardo Menéndez Salmón abre su libro, no me resisto a cerrarla del mismo modo en que él pone el broche de oro al suyo:
«Duque de Albania: ¿Cómo has conocido las miserias de tu padre?
Edgar: Asistiéndolas, mi señor».

WILLIAM SHAKESPEARE, El rey Lear

Ficha del libro:
Título: No entres dócilmente en esa noche quieta
Autor: Ricardo Menéndez Salmón
Editorial: Seix Barral
Año de publicación: 2020

ISBN: 978-84-322-3612-9
Nº de páginas: 192
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