Otra tarde, otro día más y siempre en todas partes. Aunque es peor durante las noches, cuando todo se magnifica ante el silencio, la oscuridad y el brillo trémulo de las estrellas errantes. Tal vez sea la nostalgia por aquello que nunca viví o la pena inundando los adoquines. Una pena que la nostalgia tiñe de ocre, allá donde miro.
Me ocurre en cualquier lugar, en cualquier sitio, en cualquier momento, delante de quien quiera que esté. Vea lo que vea, haga lo que haga, hable con quien hable, siempre aparece, siempre te veo. Es tu cara la que veo.
Nunca supe quién eras, me ocurrió antes de conocerte, de saber quién eras o lo que eras. Estaba enamorada de tu idea, de lo que representabas, de lo que quería encontrar.
Empezó como empiezan estas cosas, sin darme cuenta, disfrazada de casualidad. No recuerdo cómo fue, pero sí recuerdo la sensación de andar por la calle, perdida en mi nube de nostalgia, la mirada errante… vagabunda sentimental. Lo que habría sido un día como cualquier otro, hasta que te oí.
Fue un instante, apenas un latido pero sin duda eras tú. Estabas en una risa. Un sonido musical, provocador, pervertido, único, tentador. Me giré totalmente confundida. Vi a un grupo de jóvenes estudiantes de arte que andaban bromeando, riendo. Y tú estabas en esa risa. Te desvaneciste tan rápido como llegaste. Confundida, lo atribuí a nervios o a una mala imaginación. Debería aprender a escuchar a mi instinto.
Continué calle abajo con los restos del eco de esa risa todavía resonando en mis manos. El cosquilleo que notaba era algo muy extraño, nunca me había pasado. Abrí y cerré los ojos tratando de alejarte. ¿Qué era aquello? En aquel momento no lo sabía, pero después averigüé que era la sensación que siempre me has dado y que yo te doy. Era la necesidad que tenía de acariciarte y los restos que dejabas en mi piel cuando pasabas cerca.
Pasaron varios días y ya había olvidado aquella risa lujuriosa, la de un verdadero cabrón. Era lo mejor. Nunca tuve el alma para distracciones. Los pasos reverberaban en las paredes opacas de una ciudad de nombre incierto. Siempre estaba en el extremo equivocado de una mirada perdida. Deambulando en mis ensoñaciones me dio un vuelco el corazón cuando levanté la vista y te encontré observándome.
Ahí estabas, en la parte trasera del cartel de un concierto. No me fijé en el nombre, del grupo, ni la fecha, ni los rostros. No había nada más que tus ojos, grandes y luminosos. Ni siquiera eras parte del grupo, sino de unas personas que estaban viéndolo. Y ahí estaban tus ojos. Una mirada libre, ensoñadora, apasionada, fuerte. Lo que me terminó de destrozar era que no mirabas al escenario, sino a la cámara, al infinito… sabía que me estabas mirando a mí. Temblé, mientras arrancaba los carteles con rabia. No podía verte, no podía soportar esa mirada atravesando mis sentidos. No podía permitirme esa debilidad.
Tal vez fue por el momento o por otros motivos pero, en esta ocasión, la sensación de cosquilleo no me atacó las manos, sin embargo, me temblaban sin parar. Me clavé las uñas en las palmas, tratando de recuperar el aliento, furiosa. No quería pensar en el cosquilleo en mi cara. Ni siquiera en toda la cara, sino en surcos, como si me hubieran acariciado, rasgando mi coraza emocional. Me apoyé en la pared, resoplando, agotada. Odiándome, odiándote por demostrar mi debilidad de una forma tan evidente.
–No soy así. No soy así. Fingí de nuevo.
Levante la mirada para encontrar el único cartel que no había arrancado. Alcé mi mano para arreglar ese olvido. Y no pude. Me quedé con ella, a medio camino, en el aire.
Llevé mis dedos hacia esa mirada, a ese mínimo punto dentro del cartel. ¿Por qué? ¿Por qué me atraía tanto? Lo odiaba y lo amaba a partes iguales. Mis dedos se deslizaron por el contorno de esa mirada. El cosquilleo me ocupó todo el cuerpo, haciéndome vibrar.
Fue un segundo, ese momento cuando la sensación se mezcló con la noche para marcharse tal como vino. Bajé la mano y salí de aquel callejón. ¿Había olvidado arrancar ese cartel o lo había dejado adrede? Estaba convencida de que no lo había olvidado. Entonces, ¿Por qué quería que estuvieras ahí, haciendo trizas mi mundo? Apreté los dientes llena de rencor hacia mi, hacia el destino…
Durante un tiempo, anduve con cuidado por las calles, tratando de no encontrarte y, al mismo tiempo, deseando con los restos que quedaban de mi alma corrupta volver a notar esa sensación. Sólo una vez más, sólo una. Pero ni oí tu risa ni me crucé con tu mirada, ni en grupos de hombres, ni en fotos en escaparates. Te habías ido, me habías dejado sola en el mundo. De haber podido me habría abofeteado por mi propia debilidad, por sentir esa absoluta necesidad de ti.
–No necesito a nadie, dije a nadie en particular. Ese siempre ha sido mi dogma.
Poco a poco volvía a mi vida loca de instantes efímeros, en donde me encuentro a gusto y a salvo. Y casi lo había conseguido gracias a uno de esos amores baratos que encuentras cualquier noche en un bar. A pesar de la predisposición que me daba aquel hombre anónimo, una pequeña voz dentro de mí protestaba, pero la acallé con Gin tonics, bien cargados de nostalgia.
Tal vez fue un error, pero me encontré comparándote. Aquel hombre era muy guapo, pero no reía como tú. No miraba como tú. ¿Y qué?, pensé pragmática. No estaba ahí más que para darme una ración de sexo amnésico. Del que me ayuda a olvidar. ¿Acaso era la primera vez? Lo parecía, porque no permití que me acariciara. No le hizo gracia, pero no me importó. Era como si te traicionase, como si nadie tuviera derecho a acariciarme salvo tú.
Entre las sábanas revueltas fumaba distraída, no había ni rastro de ti. Sonreí por haberte dejado atrás. Era lo mejor para todos. Entre calada y calada me giré hacia el cuerpo dormido a mi lado y apareciste como siempre lo haces sin pedir permiso. ¿Qué hacías oculto ahí, censurándome?
Di un salto para observarte con más calma, deseando huir e incapaz de hacerlo. Con la mano temblorosa aparté la sábana que no me dejaba apreciar tu malditos ojos. Apenas fue un destello, un momento fugaz. Te escabulliste tan rápido como viniste. Los ojos mostraban mis nervios. Habías aparecido y te habías marchado ¿Por qué te ibas? ¿Por qué no podías quedarte conmigo? ¿Por qué te veía en todos lados? Tenía que salir de allí. Si no estabas, era absurdo quedarme. Al marchar no me molesté ni en dejar una nota.
Caminaba por la calle, sumida en una encrucijada de sensaciones. Algo estaba ocurriendo, aparecías y desaparecías de mi vida como por arte de magia. Pero ¿quién eras? ¿Por qué venías? ¿Por qué no podía verte cuando yo quisiera?
Supuse que esa habilidad es parte de tu encanto, tu actitud caprichoso, dominante. Vienes y vas cuando quieres. Siempre que quieres, sin pedir permiso, sin pedir perdón. Tampoco te habría querido de otra forma. Me sorprendí a mí misma en ese pensamiento. ¿Querer? ¿Cómo podía alguien como yo sentir algo así? El amor está reservado para la gente que lo merece y yo estaba muy cómoda en mi mundo sin sentido.
Tal vez no fuera querer. Tal vez sólo era una fascinación por un ideal, por un sentimiento engrandecido por algo que no comprendía. Cavilaba sobre ello cuando torcías por la esquina, desapareciendo como el rayo de luna de un viejo poema. Sorprendida y sin pedir autorización, mis piernas salieron corriendo detrás de ti.
Llegué a la esquina con el corazón desbocada. No había nadie, no había nada a la vista. Y sin embargo estabas allí. Te noté a mi altura. Era tu olor. Tu perfume. Esta vez lo sentía asfixiándome. Me senté en el suelo con la espalda apoyada mientras dejaba que mi vida fuera tras de ti. Me adormecí para juntar las diferentes partes que me habías regalado. En esa ocasión no noté un cosquilleo en los labios. Eran tus manos acariciándome. Y, por fin, pude ver tu imagen completa a través de mis párpados cerrados.
–Ven decías con lujuria.
No quería despertar. Quería quedarme, quería tenerte, sentirte. Y tuve miedo. Abrí los ojos y todo tú desapareciste tal como habías llegado. Agarré mi cabeza con fuerza llena de odio por la vida. Grité hasta quedarme afónica.
Cuando por fin decidí enfrentarme a lo que fuera que me ocurría temblaba de miedo e impotencia. En mi resaca mental levanté la vista del suelo para ver tu reflejo en el cristal de un autobús. ¿Fue mi imaginación o habías sonreído? ¿Quería que sonrieras?
¿Quería que me sonrieras?
Empecé a entender. Tenía algo pendiente, algo que debía hacer, pero no por mí. Decidí algo que cambió mi vida. Decidí aceptar lo que sentía, sentir lo que veía, oía, olía. Aceptar que estabas en alguna parte.
Y que, por encima de todo, debía encontrarte.
Busqué en muchas calles durante muchas noches. A veces te veía en el reflejo de una ventana o en la mirada de una turista despistado. Otras veces te oía reír en cualquier bar, o gritar en un portal. Pero donde me acostumbré a encontrarte fue tomando café en una terraza. Siempre el mismo día, a la misma hora, en la misma silla.
Frente a aquella jarra de café pasaron 1.000 caras y ninguna se parecía a la anterior. Y sin embargo tú estabas en todas ellas. A veces sonreías, otras parecías triste. Un par de veces te vi encabronado y también encantador. Pero siempre eras tú. Siempre estabas detrás de cualquier cara que se cruzaba delante de mí.
–¿Dónde estás? te preguntaba a cada rostro que veía.
Después me levantaba preguntándome qué estarías haciendo.
Conocí a muchos hombres y en todos encontré una mínima parte de ti, a todos los quise a mi manera porque era imposible no amar una pequeña parte de lo que eras. No somos nadie y sin embargo lo somos todo.
Necesitaba verte andando, riendo. Necesitaba verte en una sonrisa, en un susurro.
En una mirada
En un beso.
En un abrazo.
En unos labios.
Y seguía, y seguiré, buscándote siempre entre 1.000 rostros anónimos. Tuya.
Visita el perfil de @reinaamora
