Revista Cultura y Ocio

Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I)

Publicado el 29 marzo 2013 por Kovua

Matar al padre de Amélie Nothomb
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I) ISBN 978-84-339-7860-8 PVP con IVA 19.90 € Nº de páginas 400 Colección  Panorama de narrativas Traducción Richard Gross
Nothomb nos sumerge en el universo de la magia a través de dos figuras: Norman Terence, un mago célebre, y Joe Whip, que se presenta en la puerta de su casa buscando un mentor y encontrará un padre adoptivo. Y, como dicta el mandato edípico del título, entre padre e hijo se establecerá una relación que oscila entre la fascinación y la rivalidad, acrecentada por la presencia de la seductora Christina, una malabarista. ¿No es también la literatura una forma de magia, y el escritor un generoso prestidigitador que mantiene lo real en suspenso mientras dura la fábula? Pero los magos siempre guardan algún que otro truco bajo su chistera, y la historia de Joe y Norman desvelará al lector un desenlace inesperado, sorprendente. «Un hábil juego de espejos en una novela enigmática y muy noir (Rolling Stone). «Un libro cruel, que es también portador de ese humor puramente nothombiano» (François Busnel, L’Express). «La escritura es depurada e incisiva, el tono vivo e inteligente, los temas son originales y sorprendentes, los personajes singulares y desconcertantes» (Joëlle Smets, Le Soir).
Ficha del libro
Se instauró en la casa una especie de rutina. Por la mañana, después del desayuno, Norman le enseñaba su arte a su alumno. Había, por supuesto,  un  importante  lado  técnico,  no  tan  importante, sin embargo, como el lado espiritual. El profesor percibió esta necesidad al ver hasta qué punto al chico le extasiaba su propio virtuosismo. –¿Por qué quieres ser mago? –le preguntó. Silencio. Joe estaba desconcertado. –¿Para  demostrar  que  eres  el  mejor?  –prosiguió Norman–. ¿Para ser una estrella? Mutismo elocuente. –¿Cuál es el objetivo de la magia? –retomó el adulto. Después de un silencio, él mismo respondió a su pregunta: –El objetivo de la magia es lograr que otro llegue a dudar de la realidad. Joe asintió. –Así pues –continuó  Norman–,  la  magia  es para los demás, no para uno mismo. –Pero a mí me produce mucha satisfacción –dijo el adolescente. –No es contradictorio. Cuando haces las cosas como se deben hacer, a la fuerza sientes una gran satisfacción. Pero eso no significa que ése sea el objetivo. Joe miró a Norman con cierto desprecio. El profesor notó que el chico estaba pensando «menudo pelma» y reprimió sus ganas de reír. Por la tarde, Norman echaba una siesta en el sofá del salón. Joe ayudaba a Christina a hacer las compras o a limpiar. Por la noche, ella le enseñaba a cocinar. Joe admiraba al mago, pero experimentaba cierto  malestar  en  su  compañía.  Emanaba  de  él una impresionante dignidad. Y, además, era una celebridad. Él no le daba ninguna importancia, nunca hablaba de ello, y, sin embargo, era un hecho  irrefutable.  El  correo  rebosaba  de  invitaciones  a  escenarios  prestigiosos,  incluso  en  círculos extranjeros de renombre. Norman ya casi no actuaba en Reno. Muy de vez en cuando, hacía una gira por varias grandes ciudades; tampoco hablaba de ello, había que arrancarle la información a la fuerza. Cuando se marchaba, le dejaba instrucciones a Joe, cómo trabajar determinado movimiento: aunque sabía que era inútil, el alumno era serio. Sus consignas servían más bien para darle confianza al chico sobre la permanencia de sus enseñanzas. En ausencia de Norman, Joe entrenaba solo, igual que antes. Durante horas, se observaba manipulando las cartas o los objetos en el espejo. Desde que se había convertido en el alumno de Norman, su visión de sí mismo había cambiado: era como si su reflejo hubiera incorporado el juicio del maestro. Al mediodía, Christina le llamaba para el almuerzo. Y luego estaban juntos hasta la noche. Le encantaba su compañía. Hablaba tan poco como Norman, pero eso no le provocaba ninguna incomodidad. Cassandra, en cambio, hablaba constantemente, sin duda porque el silencio la crispaba. Siempre la comparaba con su madre y le dolía hacerlo: «Es que no conozco a ninguna otra mujer», pensaba. Christina le parecía todo lo contrario de Cassandra: distinguida, callada, nunca levantaba el tono de voz y su belleza no resultaba escandalosa. Ésa fue la razón por la cual Joe tardó en percibirla. Pero cuando se dio cuenta de que era guapa, se sintió doblemente impactado.
En tiempos de luz menguante (Novela de una familia) de Eugen Ruge
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I) ISBN 978-84-339-7860-8 PVP con IVA 19.90 € Nº de páginas 400 Colección  Panorama de narrativas Traducción Richard Gross
Esta saga familiar se centra en tres generaciones de una familia de la República Democrática Alemana: los abuelos, comunistas acérrimos que participan en la construcción de la nueva república; su hijo, huido de joven a Moscú y más tarde deportado a un campo siberiano, quien inicia su viaje en el extremo opuesto, los Urales, para volver, junto con su mujer rusa, a una república de pequeños burgueses en cuya transformabilidad sigue creyendo; y, por último, el nieto, que se pasa al Oeste el mismo día en que el patriarca cumple noventa años. Medio siglo de historia vivida, una novela sobre Alemania llena de sorprendentes giros y detalles, grande por su madurez humana, su precisión y su humor. «Un libro amplio, ambicioso. Un gran libro» (Astrid Éliard, Le Figaro). «Una de las mejores novelas, posiblemente la mejor, sobre la RDA. Un autor al que descubrir sin duda alguna» (Paris-Berlin). «Soberbia» (F.-G. Lorrain, Le Soir).
Ficha del libro
–Tienes el tenedor al revés –repitió Alexander. Lo dijo sin énfasis, sin ningún dejo admonitorio, para comprobar el efecto que los meros conceptos provocaban en Kurt. Efecto nulo. Cero. ¿Qué pasaba en esa cabeza, en ese espacio todavía demarcado frente al mundo por un cráneo y que seguía conteniendo una especie de yo? ¿Qué sentía Kurt, qué pensaba mientras caminaba, a pasos cortos y torpes, por la habitación o, sentado a su escritorio por las mañanas, fijaba durante horas la vista en el periódico, según decían las cuidadoras? ¿Qué pensaba? ¿Pensaba siquiera? ¿Cómo era pensar sin palabras?  Por fin, logró poner el trocito de gulasch sobre la punta del cuchillo y, haciendo equilibrios a la vez que temblando de gula, se lo acercó a la boca. Se le cayó. Segundo intento. En realidad, tenía gracia que el deterioro de Kurt comenzara por el habla, pensó Alexander. Kurt, el orador. El gran narrador. Aquella manera de posar en su famoso sillón..., ¡el sillón de Kurt! Y todo el mundo pendiente de sus labios cuando el señor catedrático contaba sus historietas. Sus anécdotas. Porque lo curioso era que en boca de Kurt cualquier tema se transmutaba en anécdota. Daba igual lo que contara –incluso los episodios del campo de trabajo que estuvieron a punto de costarle la vida–, siempre tenía ingenio, siempre tenía gracia. Mejor dicho, tuvo. Pasado concluso. La última frase coherente que acertó a pronunciar fue: He perdido el habla. No estaba mal. Comparado con su repertorio de hoy, todo un número de acrobacia verbal. Pero desde entonces habían pasado dos años. He perdido el habla... Y la gente pensó de verdad que, bueno, la había perdido, sí, pero que por lo demás... Por lo demás, parecía estar razonablemente bien. Sonreía, asentía. Hacía muecas que de alguna manera resultaban coherentes. Disimulaba astutamente. Sólo de vez en cuando le sucedían cosas extrañas. Como la de servirse vino tinto en la taza del café o de no saber qué hacer con el corcho en la mano..., para finalmente guardarlo en la estantería de los libros. Balance lamentable: por el momento sólo había podido con un trozo de carne. Ahora se puso manos a la obra: empleando los dedos. Y, cual criatura que prueba la reacción de sus padres, miró a Alexander desde abajo, de reojo. Luego se metió el trozo en la boca. Luego otro. Y masticó.  Mientras masticaba, levantaba los dedos sucios como en ademán de juramento.  –Si tú supieras –dijo Alexander. Kurt no reaccionó. Por fin había encontrado un método: la solución del problema del gulasch. Se lo metía en la boca y masticaba. Un hilillo de salsa se le escurría por la barbilla.
Furores íntimos de Charlotte Roche
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I) ISBN 978-84-339-7862-2 PVP con IVA 19.90 € Nº de páginas 288 Colección  Panorama de narrativas Traducción J. R. Pérez Müller
De día y con las ventanas cerradas, por los vecinos. Es así como más le gusta a Elizabeth. Ella introduce la mano en el pantalón de yoga tamaño XXL de Georg, su marido, y a partir de ahí traiciona a su madre, que trataba de enseñarle que el sexo era algo malo. Enseñanza fallida, porque sólo durante el sexo se siente realmente libre y no piensa en los sinsabores de su existencia. Por ejemplo, la boda con su exnovio que nunca tuvo lugar. Tras aquel accidente, Georg compró a Elizabeth como quien compra un camello en el bazar. Desde entonces ella se desvive por lograr una meta: no separarse nunca de él. Furores íntimos habla del matrimonio y la familia en un tono sin precedentes, a la vez que explora, con audacia y humor feroz, cada resquicio del alma de una joven desorientada. «Un libro que nos mueve y conmueve mucho más allá de la lectura» (Frankfurter Allgemeine Zeitung). «Nos hace contener el aliento porque ahonda en los fríos abismos de la moderna existencia humana» (Handelsblatt). «El excelente retrato de una joven mujer» (Deutsche Presse-Agentur).
Ficha del libro
MARTES Como siempre antes del sexo, hemos encendido los dos calientacamas con media hora de antelación. Mi marido los compró de alta calidad y llegan por ambas partes desde la cabecera hasta los pies. Para mí, con estos artilugios toda inversión es poca. Tengo un miedo horroroso a que después de conciliar el sueño esos chismes se pongan al rojo vivo y me achicharren en cuerpo y alma o me asfixien con el humo. Nuestros calientacamas se apagan solos al cabo de una hora. Nos tumbamos en el lecho de cuarenta grados de temperatura y miramos al techo. El cuerpo se relaja con el calor. Comienzo a respirar hondo y sonrío para mí, excitada por el placer que me espera. Luego me doy la vuelta y le beso, mi mano se introduce en su pantalón de yoga tamaño XXL. No tiene cremallera ni nada por el estilo, donde el vello o el prepucio pudieran engancharse. Al principio no le toco la polla, sino que me deslizo, siempre dentro del pantalón, hacia los huevos. Los empuño como una bolsita de oro y los sopeso suavemente con la mano. A partir de ahí engaño a mi andrófoba madre, que trató de enseñarme que el sexo era algo malo. Se ve que en mí la lección no ha calado. Inspirar y espirar hondo. Es el único momento del día en que respiro correctamente. Durante el resto del tiempo tengo la respiración plana y boqueante. Estoy siempre al acecho, siempre controlada, siempre preparada para lo peor. Cuando tengo sexo, cambio por completo de personalidad. Mi terapeuta, la señora Drescher, dice que inconscientemente me escindo porque mi madre me educaba para que fuera un ser asexual. Y que sólo por no traicionarla tengo que convertirme en otra en la cama. Funciona de maravilla. Me libero totalmente. Nada me corta. Soy la cachondez con patas. En esos instantes no me siento persona, sino más bien animal. Olvido todos los deberes y problemas, soy sólo cuerpo y dejo de ser mi mente agotadora. Poco a poco voy deslizando la cara hacia su entrepierna. Noto su olor a macho, que no me parece tan distinto al de hembra. Cuando no se ha duchado inmediatamente antes del sexo –y cuando llevas tanto tiempo juntos como llevamos nosotros ya no se hace– alguna que otra gota de orina ha empezado a fermentar entre el capullo y el prepucio. Huele como en la cocina de mi abuela los días que había frito pescado en el horno de gas. A cerrar los ojos y tirarse a la piscina. Confieso que me da un poco de asco, pero al mismo tiempo ese asco me excita. Lo limpio con cuatro lametazos y ya no huele. Hago como la vaca que limpia a la ternera con la lengua. Hundo la cara olfateando en el blando escroto y rozo la mejilla a lo largo de la verga empalmada que ya se le había puesto dura mientras lo besaba en la boca. Mi marido, Georg, es mucho mayor que yo, a ver cuánto tiempo le funciona todavía la erección. Le beso la ingle o como se llame, esa zona donde las piernas se unen al tronco. Es en ese momento, como muy tarde, cuando lo oigo gemir levemente y pedirme más. Por lo pronto sólo se trata de atenderlo. Medito en detalle el ritmo que he de dar a cada movimiento para hacerlo enloquecer. Primero basta con la provocación. Detenerse en las ingles, seguir apresando firmemente los huevos con la mano. Pasar poco a poco de los besos al lameteo. Hago fuertes chasquidos con la boca para que no sólo sienta sino también oiga lo que estoy haciendo. Bajo el escroto palpo la prolongación del tejido eréctil que llega hasta el perineo. Por cierto, ¿se llama perineo lo que tiene el hombre? Ahí se aprecia una línea parecida a unos labios de vulva pegados uno a otro..., pues sí, todo igual. En el fondo le doy satisfacción como me gusta que me la den a mí, imaginándome que tiene vagina. Pero alargada y salida, ¡muy salida! Aprieto el escroto con más fuerza y le masajeo el tejido eréctil que hay debajo.
En la orilla de Rafael Chirbes
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I) ISBN 978-84-339-9759-3 PVP con IVA 19.90 € Nº de páginas 440 Colección  Narrativas hispánicas
El hallazgo de un cadáver en el pantano de Olba pone en marcha la narración. Su protagonista, Esteban, se ha visto obligado a cerrar la carpintería de la que era dueño, dejando en el paro a los que trabajaban para él. Mientras se encarga de cuidar a su padre, enfermo en fase terminal, Esteban indaga en los motivos de una ruina que asume en su doble papel de víctima y de verdugo, y entre cuyos escombros encontramos los valores que han regido una sociedad, un mundo  y un tiempo. La novela nos obliga a mirar hacia ese espacio fangoso que siempre estuvo ahí, aunque durante años nadie parecía estar dispuesto a asumirlo, a la vez lugar de uso y abismo donde se han ocultado delitos y se han lavado conciencias privadas y públicas. Heredero de la mejor tradición del realismo, el estilo de En la orilla se sostiene por un lenguaje directo y un tono obsesivo que atrapa al lector desde la primera línea volviéndolo cómplice. «La cara oculta, el patio trasero y sórdido de Crematorio, que siempre estuvo ahí pero al que nadie miraba. Desde allí, desde las aguas podridas del pantano ha escrito Rafael Chirbes En la orilla… Una historia llena de vidas derrotadas, de sueños rotos, de la mejor literatura… La novela es de una densidad literaria y una carga simbólica apabullantes. Retumban las voces desde el estercolero, y en ese patio trasero que teníamos olvidado todo son sueños rotos. … El que mejor definió a Rafael Chirbes fue Vázquez Montalbán, con el que tenía tantas afinidades. “Chirbes, una isla que se esfuerza por serlo”, escribió. Ciertamente Chirbes es un solitario, ajeno a modas y generaciones» (Blanca Berasátegui, El Cultural, El Mundo). «La gran novela de la crisis. La corrosiva voz de Rafael Chirbes retrata en su obra En la orilla un universo de paro y desilusión… En el fondo, una es la cara B de la otra. Si Crematorio era el pelotazo y la burbuja inmobiliaria pilotados por un arquitecto valenciano que cambió ideales políticos por corrupción política, En la orilla es el largo y resacoso invierno que sigue a aquella fiesta. Y que todavía dura… Reich-Ranicki proclamó en su programa de televisión que La larga marcha, su quinta novela, era “el libro que necesitaba Europa”» (Javier Rodríguez Marcos, El País). «Sirviéndose de la primera y la tercera persona, el estilo indirecto libre y el monólogo, además de diversas voces que van tomando la palabra, nos ofrece un fresco variado y completo: un microcosmos representativo del conjunto del país… El lector avezado que es Chirbes reutiliza con sagacidad nuestra tradición literaria, haciéndola suya, sobre todo el motivo calderoniano de la existencia como representación teatral; y en el logrado desenlace, el tema del ubi sunt, remedando las coplas de Jorge Manrique. La obra, por lo que se refiere al tratamiento del cuerpo, a su envejecimiento y podredumbre, se nutre también de la pintura de Francis Bacon y Lucien Freud, como en su anterior obra… De cómo el mundo aparece gobernado por los pecados capitales: la avaricia, la ira, la lujuria y la gula sobre todo. Por ello, podría emparentarse la narración con la pintura de El Bosco o con algunas obras de Brecht y Kurt Weill…Una gran novela que no deberían dejar de leer quienes quieran entender mejor el terrorífico arranque del siglo XXI, un tiempo sin dioses, plagado de trepas y seres corruptos, en el que el capitalismo financiero, con la complicidad de los Gobiernos conservadores y la pasividad de los socialdemócratas, ha ido acabando con el Estado de bienestar» (Fernando Valls, El País). «Hay libros que se leen como purgas, como latigazos que le conmueven a uno hasta lo más hondo y este es uno de ellos… Chirbes, como tantos grandes novelistas desde Balzac a Faulkner, viene escribiendo el mismo libro –o la misma “comedia humana”– desde hace muchos libros, y en En la orilla volvemos a encontrarnos con todos sus temas: desde las ilusiones (colectivas) perdidas a los engaños (individuales) aceptados, desde los meteóricos ascensos a las más fulminantes derrotas y abandonos, desde los mecanismos nada sutiles de la explotación a la angustia universal de la irreversibilidad del tiempo… Para mi gusto, la mejor novela española acerca de la crisis y, en todo caso, una de las cuatro o cinco más importantes del último lustro» (Manuel Rodríguez Rivero, El País). «Ahondando en el carácter depredador de la condición humana, el valor resolutivo del dinero o la decrepitud de la vejez, esta novela, de lectura torrencial e imprescindible, nos sumerge en un derrumbe social de imprevisibles consecuencias morales. Con un inmejorable desarrollo psicológico de los personajes, esa desazonante intriga anclada en la oscura posguerra y una muy lograda atmósfera asfixiante, estas páginas impresionan en la honesta dignidad de una crítica social planteada sin prejuicios ni maniqueísmos. Pero ésta no es sólo una novela sobre la crisis, porque aborda también algunos lacerantes aspectos de nuestra desorientada época, como la explotadora globalidad comercial o una tiránica telefonía móvil, síntomas aquí de una moderna, árida, deshumanización del presente. Llevando hasta el límite el mejor realismo crítico, Chirbes acierta plenamente con esta impresionante historia de fracasos y rencores» (Jesús Ferrer, La Razón). «Chirbes muestra su pesimismo más radical haciendo emerger del fango una sociedad que es a la vez víctima e inductora de la crisis moral… En estas páginas el documento ha sido sustituido por una indagación de la naturaleza humana… En esta poderosísima novela Chirbes llega a la más alta expresión del realismo» (J.A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia). «Si con Crematorio se metió en el tuétano del pelotazo inmobiliario, aborda ahora la metástasis de aquel cáncer, su turbadora resaca tras la explosión de una burbuja de ladrillos y millones. Unos fuegos de artificio que solo dejaron desolación. Recorre el paisaje después de la batalla para contar cómo el bosque de grúas de su anterior novela –Premio de la Crítica– se transforma en un cementerio de esqueletos de hormigón, esperanzas y dignidades quebradas» (Miguel Lorenci, Sur). «No se toma la palabra para ejercer una catarsis, sino para sacar la desolación a la plaza pública y que esa desolación sea un acto. Chirbes se inscribe en la olvidada estética de los Max Aub del mundo y comparte, de algún modo, el marxismo, poético y cruel, de los que vivieron la guerra en primera persona: generación de la derrota y la bilis, pero también de esa lucidez del aguafiestas que tanto incomoda a los de las burbujas y la pechuga envuelta en papel film… La lucidez del aguafiestas se clava como astilla en la córnea del lector que busque amabilidades en la literatura. Esta lectura no es amable, sino imprescindible» (Marta Sanz, El Mercurio). «Las cosas que verdaderamente más me ilusionan a mí, en las que deposito mis esperanzas y la seguridad de que mi tiempo se sentirá colmado durante los próximos días, es el venturoso anuncio de que ese demoledor, bronco y extraordinario escritor español llamado Rafael Chirbes publica nueva novela titulada En la orilla, que tras excesivos años de silencio David Bowie saca el anhelado disco The next day, […] Las 50 páginas que he leído de la novela me parecen extraordinarias… Un escritor impresionante. Crematorio es la novela española que más me ha conmovido en muchos años» (Carlos Boyero, El País). «Las voces de los personajes levantan una radiografía del fracaso. Nos cuentan por qué han acabado sus ilusiones rotas. Nos dicen lo que está pasando hoy en la calle. En la orilla es la anatomía de la crisis. Refleja con maestría un mundo de derrotados que viven en una sociedad triste, movidos por las pulsiones del poder, el sexo y el dinero» (J.L. Martín Nogales, Diario de Navarra). «La literatura, como decía Adorno, es un reloj que adelanta. Pero también la mejor herramienta para comprender el mundo cuando la realidad se hace trizas. Ambas reglas se cumplen a rajatabla con los grandes autores. Y Rafael Chirbes lo es… Más de un lustro después de Crematorio, Chirbes regresa con la secuela de aquella memorable novela: En la orilla» (Matías Néspolo , El Mundo). «Rafael Chirbes, ha tardado décadas en abandonar su estatus de escritor secreto hasta llegar a esta consideración general de maestro que se ha ganado a golpe de rigor literario. No porque lo que hiciera antes no fuera excelente, sino porque se ha mantenido empecinadamente al margen de modas y capillitas» (Elena Hevia, El Periódico). «Apabullante… El arte de Chirbes para representar la realidad en sus aspectos más turbios y pantanosos es admirable… Libros como este explican el sentido que aún hoy tiene escribir literatura» (Domingo Ródenas, El Periódico).
Ficha del libro
Se aleja a toda prisa, aunque no puede reprimir la tentación de volverse un par de veces a mirar hacia el pedazo de carne corrompida, tendones y huesos con los que el perro negro juguetea otra vez entretenido en su tarea ante la mirada del pastor alemán, que ha regresado de su breve escapada y lo observa a un par de metros de distancia. Ahmed mira, sobre todo, los bultos oscuros y cubiertos de barro semihundidos en la charca. En su nerviosa escapada, aún tiene tiempo de descubrir, detrás de una de las dunas y ocultos por la maleza, los restos calcinados de un vehículo, cuya presencia amplifica el aire siniestro que, de pronto, ha adquirido el lugar. Se le corta la respiración. Se ahoga, nota los apresurados latidos en el pecho, en las sienes, en los pulsos, un zumbido en la cabeza. En alguna ocasión, Esteban le ha contado que los delincuentes utilizan las espesas aguas del pantano para arrojar armas utilizadas para cometer algún delito. Camina y mira, pero no consigue controlar los movimientos de los ojos, que parecen haber adquirido autonomía y moverse sin que él pueda elegir la dirección del foco: se vuelven de uno a otro lado, obligan a que vuelva hacia atrás la cabeza. Mira a pesar suyo, aunque ahora ya no se ocupa la mirada de los bultos, ni de los perros, sino de las sombras que parecen atisbar tras las cañas, en los repliegues del camino, en las irregularidades de los médanos. Lo confunde a cada paso el juego de sombras y contraluces, toma formas que le parecen presencias humanas. Se siente vigilado. Desde las dunas, desde el camino, desde los cañaverales situados al otro lado de la charca, incluso desde las laderas de las lejanas montañas, le parece que hay gente que contempla la escena. Sospecha que, esta mañana, mientras caminaba junto a la nacional, se ha convertido en objeto de atención de los chóferes con los que se ha cruzado, de las putas que lo han visto meterse por el camino del marjal, de los niños que jugaban ante las chabolas frente a las que ha cruzado al final de la avenida de La Marina, y en ese instante en el que querría borrarse de la mirada de todos ellos, se acuerda de que, con la precipitación, se ha dejado calzada entre las piedras la caña de pescar y la red hundida en el agua de la laguna y la cesta en la orilla, sobre la hierba. No puede abandonar sus pertenencias allí, sería fácil para un investigador identificar caña y red; sobre todo, la caña de pescar, que muy probablemente tiene aún pegada la etiqueta de la tienda de deportes de Misent en que la compró hace siete u ocho meses cuando empezó a venir a pescar con Esteban, así que corre entre los cañaverales de vuelta al sitio que acaba de abandonar (ahora sí, ahora está asustado de verdad, le tiembla todo el cuerpo), las hojas de las cañas le golpean con su filo cortante la cara, las mejillas, los párpados, le hacen daño. Cuando aparta las hojas, siente su filo en la palma de la mano. Piensa que, en cuanto rescate la caña de pescar, tiene que volver al punto de la carretera en que se ha citado con su amigo, pero sería una estupidez quedarse allí sentado junto a la cuneta, aguardando como de costumbre a la salida del camino, sembrando pistas en su contra, porque ya piensa así, pistas, como si asumiera una parte de culpabilidad. Decide que no puede quedarse allí esperando, pero que tampoco puede marcharse y que su amigo acabe metiéndose por el camino para buscarlo, y cualquiera pueda reconocer más adelante el coche, cuando se inicien las investigaciones que acabarán llegando (no, no, cálmate, pueden pasar meses antes de que alguien pise este rincón escondido, se dice), e identifiquen el viejo Ford Mondeo de más de quince años de antigüedad: llaman la atención su lamentable estado de mantenimiento, sus puertas abolladas y la pintura roída, los alambres que sostienen el parachoques trasero. Además, está el vehículo carbonizado, bastante a la vista, en la ladera del médano, y alguien denunciará las desapariciones, se harán rastreos, aunque vete a saber de quiénes serán esos cuerpos. Probablemente, emigrantes como él mismo, gente de paso, mafiosos que han caído víctimas de un ajuste de cuentas: marroquíes, colombianos, rusos, ucranianos, rumanos. Quizá un par de putas degolladas por sus proxenetas por las que nadie se moleste en preguntar.  Decide ponerse a caminar por la carretera, de vuelta a La Marina, y confiar en que Rachid lo vea desde el coche. Aunque quisiera, no podría estarse quieto. Da algunos pasos en dirección a Misent, para desandarlos precipitadamente, mira con ansiedad los coches que pasan junto a él, y espera nervioso el de Rachid como si meterse en el coche de su amigo fuera entrar en un refugio, desvanecerse sentado, los brazos extendidos, la respiración controlada, apoyada la cabeza en el reposacabezas, o la mejilla rozando el vidrio frío de la ventanilla, relajarse hasta desaparecer: utiliza ese mecanismo psicológico que consigue que los niños se crean invisibles cuando se ponen la mano ante los ojos: si no ves, no eres visto. Acomodarse junto al conductor en el asiento del Mondeo es la prueba de que él nada tiene que ver con aquella mano corrompida, con los bultos apestosos hundidos en el barro, con los hierros del coche carbonizado; después de relajarse hasta desaparecer en el asiento del Mondeo de Rachid, un par de kilómetros más adelante, en el cruce de la avenida de La Marina, bajará el cristal, y asomado a la ventanilla, el cortante aire crepuscular golpeándole el rostro, tendrá la seguridad de que no ha visto nada. Será un pasajero más de los miles que circulan cada día por la nacional 332, gente que se concentra unos instantes en ese tramo superpoblado y luego se pierde por los capilares del tráfico en dirección a cualquiera de las pequeñas poblaciones vecinas o que sigue su recorrido hasta cualquier rincón de Europa. En esos momentos, lo único que piensa es que no tiene que contarle a nadie lo que ha visto (¿ni siquiera a Rachid, que, en cuanto lo tenga al lado, se dará cuenta de que algo le ha ocurrido?: ¿por qué no me has esperado en el camino? Te veo preocupado, ¿ha ocurrido algo?), y, sin embargo, necesita contárselo cuanto antes a alguien; porque hasta que no se lo cuente a alguien, no podrá quedarse tranquilo: sólo compartiendo el miedo llegará a despegarlo de sí. Se acerca a la salida del camino, disminuye la velocidad de la carrera hasta convertirla en un paso normal. Se detiene un momento para abrir la cesta y tirar a la cuneta los peces que ha capturado y le repugnan. Los imagina mordiendo con sus bocas ávidas la carroña. Tiene ganas de vomitar. La laguna, que cuando él llegó parecía una colada de acero al blanco, ahora muestra una delicada suavidad, reflejos de oro viejo. Destila brillante cobre en las puntas de agua que levanta el viento.
La universidad cercada de Álvaro Delgado-Gal, Jesús Hernández y Xavier Pericay
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I)ISBN 978-84-339-6352-9 PVP con IVA 19.90 € Nº de páginas 392 Colección  Argumentos
¿Qué le pasa a nuestra universidad? Se habla de cómo incidirá en ella el Plan Bolonia. Se establecen incluso distinciones pertinentes entre lo que este plan se proponía y la aplicación que de él hacen nuestras universidades. Se destaca, con razón, que la crisis proyectará al extranjero a muchos profesionales en cuya formación se han invertido cantidades ingentes de tiempo y recursos. Pero a nuestra universidad le ocurría ya algo antes de que estas novedades vinieran a complicar un cuadro complejo, más bien sombrío. Y ahora está cercada por diversos peligros, que se perfilan cada día. Este libro, coordinado por Jesús Hernández con la colaboración de Álvaro Delgado-Gal y Xavier Pericay, es producto de una insólita y reciente constatación: muchos catedráticos eminentes desde el punto de vista académico, y con notable presencia en la vida cultural española, se habían acogido a las jubilaciones anticipadas que las universidades ofrecían. Esto sólo podía explicarse a partir de dos supuestos: una profunda insatisfacción con el régimen interno de la institución y la existencia de serias dudas sobre lo que ahora significa la universidad para el resto de la sociedad. El volumen recoge los testimonios y reflexiones personales de algunos de esos catedráticos, y también de otros que han seguido en activo. Se propuso a los autores que escribieran sus textos con libertad, poniendo énfasis, si lo consideraban oportuno, en sus experiencias biográficas. El hecho de que se aprecie una convergencia notable entre los diagnósticos resulta tanto más revelador puesto que no se impuso un guión ni, por supuesto, un veredicto. Los autores son: Miguel Ángel Alario y Franco, Roberto L. Blanco Valdés, Francesc de Carreras, Fernando Checa Cremades, Antonio Fernández-Rañada, Carlos García Gual, Francisco García Olmedo, Román Gubern, Emilio Lamo de Espinosa, Amable Liñán, Jordi Llovet, Miguel Morey, José Luis Pardo, Víctor Pérez-Díaz, Manuel Pérez Ledesma, Leonardo Romero Tobar, Francisco Sosa Wagner y Gabriel Tortella. En conjunto, La universidad cercada viene a enriquecer una línea de pensamiento crítico que se remonta a Giner de los Ríos, pasa por Ortega y alcanza una síntesis ulterior en los escritos de Latorre. A partir de ahí tienen la palabra nuestros autores. 
Ficha del libro
5. HASTA HOY Cuando pedimos estos artículos la situación era, en la sociedad y en la universidad, mucho más satisfactoria que la de hoy. Desde entonces se ha acentuado sobremanera la llamada crisis y el gobierno (?) del PSOE ha sido sustituido por un gobierno (?) del PP. La investigación, que llevaba muchos años bailando entre ministerios que a su vez cambiaban de nombre, ha terminado por ser un apéndice con aire secundario. No hace falta mucha agudeza para adivinar que iremos a peor, quizá a mucho peor, no tanto porque vayan a desaparecer grupos de investigación sólidos, con muchos recursos e inercia, como porque muchos investigadores todavía jóvenes y de buen nivel que habían conseguido un modus vivendi aceptable (con los Ramón y Cajal, por ejemplo) se marchan ante la falta de perspectivas. Y además, dicho vulgarmente, la moral está por los suelos con las rebajas de sueldo, los despidos y las manifestaciones varias de un costumbrismo que, sin haberse ido del todo, vuelve con fuerza. Este último aspecto, el del tono vital, ha sido siempre importante en la educación en general, y en la universidad. Decía Giner que «En su aspecto general, de 1868 a 1874, presenta nuestra vida universitaria un comienzo de desarrollo interno que maravilla por lo rápido, y al cual no ha vuelto, ni con mucho, todavía».49 Un buen momento fue, qué duda cabe, el de la Segunda República, sobre todo con las experiencias de autonomía en las universidades Central de Madrid y Autónoma de Barcelona, evocadas por Latorre, en las que cristaliza en cierto modo el Madrid de los años veinte (Ortega, Revista de Occidente, la Residencia de Estudiantes) y otras análogas en Barcelona. Hay que  acordarse,  también,  de  los  estupendos  maestros  (¡y  maestras!) que formó la República en los cursillos del año 33. Tal vez el mejor momento para la universidad, después de la guerra civil, fuera, tras lalenta y tortuosa recuperación de tantas cosas elementales en los sesenta y setenta, la llegada al ministerio, tras la victoria por mayoría absoluta del PSOE en 1982, de un equipo intelectualmente solvente, encabezado por Jose María Maravall, que introdujo mejoras sustanciales y creó un ambiente esperanzador. De cómo han ido las cosas desde entonces hablan nuestros autores. La enseñanza secundaria ha sufrido cambios muy grandes en los últimos decenios, no sólo en España, con efectos muy visibles, pero muy discutidos, con autoelogios de los patrocinadores y denuncias de quienes han conseguido conservar el sentido común y el decoro intelectual. No es éste lugar para análisis pormenorizados, y remitimos a los libros de Savater,50 Moreno Castillo,51 y Pericay,52 pero sí queremos señalar que el proceso que tiene lugar en la universidad española es hasta  cierto punto semejante, y que el llamado Plan Bolonia, y su versión castiza (lo que Sosa llama Chamberí), es su signo más notorio. Con respecto a la primera, un profesor de filosofía francés, Jean-Claude Michéa, ha escrito un libro53 del que se han hecho eco entre nosotros Fernando Savater y José Luis Pardo. En él se analiza lo sucedido en términos de la evolución del capitalismo global en su camino hacia el siglo XXI y de la «escuela de la ignorancia» que a éste parece convenir y trata de desarrollar e imponer. No hay que compartir todos los análisis de Michéa para aceptar que puede haber algo (o mucho) de verdad en lo que dice y que sus argumentos pueden extenderse, con las modificaciones que sean del caso, a nuestra universidad y al Plan Bolonia (y Chamberí).
La eliminación de Rithy Panh y Christophe Bataille
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I) ISBN 978-84-339-2599-2 PVP con IVA 18.90 € Nº de páginas 224 Colección  Crónicas Traducción Joan Riambau
«A los trece años –dice Rithy Panh–, perdí a toda mi familia en pocas semanas... Todos ellos barridos por la crueldad y la locura de los jemeres rojos. Me quedé sin familia. Me quedé sin nombre. Me quedé sin rostro. Y fue así como seguí con vida, porque me había quedado sin nada.» Treinta años después del fin del régimen de Pol Pot, que causó la muerte de 1.7000.000 personas, el niño se ha convertido en un cineasta de prestigio. Decide entrevistar a uno de los grandes responsables de ese genocidio: Duch. La eliminación es el relato de esta confrontación fuera de lo común. Un gran libro que ha recibido el Premio Joseph Kessel, el Grand Prix de SGDL de l’Essai, el Premio Essai France Télévisions y el Premio Aujourd’hui. «Hay que leer La eliminación no como un deber sino como la necesidad absoluta de ponerle palabras a lo innombrable. » (H. Aubron, Le Magazine Littéraire). «En la línea de un Primo Levi o un Solzhenitsyn, el cineasta franco-camboyano Rithy Panh publica un testimonio excepcional» (Jean Christophe Buisson, Le Figaro). «Un gran libro. Un testimonio capital» (F. Busnel, L’Express).
Ficha del libro
Si hoy cierro los ojos, me acuerdo de todo. Los arrozales secos. La carretera que cruza el pueblo, cerca de Battambang. Hombres de negro contra el horizonte en llamas. Tengo trece años. Estoy solo. Si mantengo los ojos cerrados, veo el camino. Sé dónde se halla la fosa común, detrás del hospital de Mong, no tengo más que extender la mano: la fosa está justo delante de mí. Sin embargo, abro los ojos a tiempo. No veré esa nueva mañana, ni la tierra acabada de arar, ni la tela amarillenta con la que envolvemos los cuerpos. He visto muchos rostros, inmóviles, con muecas. He enterrado a muchos hombres con el vientre hinchado y la boca abierta. Dicen que sus almas errarán por toda la tierra. Yo también soy un hombre. Estoy lejos. Estoy vivo. Ya no conozco los nombres ni las fechas. El tan temido jefe que cabalgaba por la comarca; la mujer casada a la fuerza; los cuchitriles en los que dormí; los altavoces que vociferaban de buena mañana. Ya no sé nada. Lo que hiere carece de nombre. Hoy ya no busco la verdad sino la palabra. Quiero que Duch hable y se explique –sobre todo él–; que cuente la verdad; su trayectoria; lo que fue, lo que quiso o creyó ser, puesto que al fin y al cabo vivió, vive, fue un hombre e incluso fue un niño. Que al responder así, el hijo de comerciante incompetente y endeudado, el estudiante brillante, el profesor de matemáticas respetado por sus alumnos, el revolucionario capaz de citar a Balzac y Vigny, el dialéctico, el verdugo principal, el maestro en torturas, se encamine hacia la humanidad.
Una mujer desnuda de Lola Beccaria
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I) ISBN 978-84-339-7714-4 PVP con IVA 7.90 € Nº de páginas 216 Colección Compactos
¿Cuál es el precio del afecto y en qué moneda hay que pagarlo? ¿Qué pesa más, una caricia o el haber tenido que vaciarnos para conseguirla? A la larga, es inevitable descubrir que algunas monedas pesan mucho más de lo que nos han dado a cambio de ellas. Perder en el cambio y acostumbrarse a esa pérdida es la lección que Martina Iranco, la protagonista de esta novela, aprende desde la infancia. Esta novela valiente habla de nuestra urgencia vital por conseguir el afecto, de cómo aprendemos a ganarlo; habla de la piel como lugar en el que se escribe el propio desarraigo, de darse cuenta al fin de que jugar a esconderse es un forma de vivir con las manos vacías. «Una de las mejores muestras de erotismo que he leído» (José María Pozuelo Yvancos, ABC). «Hermosamente perverso, transgresivo e inteligente» (L’Hebdo).
Ficha del libro
El adversario de Emmanuele Carrère
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I) ISBN 978-84-339-7715-1 PVP con IVA 7.90 € Nº de páginas 176 Colección  Compactos Traducción Jaime Zulaika
El 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mató a su mujer, sus hijos, sus padres e intentó, sin éxito, darse muerte. La investigación reveló que no era médico, tal como pretendía y, cosa aún más difícil de creer, tampoco era otra cosa. Mentía desde los dieciocho años. A punto de verse descubierto, prefirió suprimir a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar. Fue condenado a cadena perpetua. Este libro narra esta escalofriante historia real que es un viaje al corazón del horror. El resultado es una obra excepcional que ha sido comparada con A sangre fría de Truman Capote. «Excelente» (Soledad Puértolas). «Novela apasionante y reflexión de escalofrío» (David Trueba). «Un texto poderosísimo que sume al lector en el espanto» (Juana Salabert, La Razón).
Ficha del libro

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